¿Se puede confiar en el euro?

Ahora el dinero es fiduciario. Esa palabra significa que los billetes ya no son canjeables por oro, pero siguen valiendo porque nos fiamos de quien ordena fabricarlos, el Banco de España

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Juan Gómez Bada

Cuando era niño le pregunté a mi padre ¿por qué los billetes valen dinero y otros papeles no? Déjame ponerme un café y ahora te lo explico, me contestó para ganar tiempo y pensar la respuesta. Al volver me dijo que hacía muchos años los billetes valían porque podías ir al banco y te los cambiaban por monedas de oro. Ahora el dinero es fiduciario. Esa palabra significa que los billetes ya no son canjeables por oro, pero siguen valiendo porque nos fiamos de quien ordena fabricarlos, el Banco de España. Entonces, ¿Por qué no fabrica más?, pregunté. Eso es mucho más complicado de explicar, contestó. Y cerró la conversación.

Años después aprendí por qué un banco central no puede imprimir todo lo que quiera y por qué debe ser independiente respecto al gobierno. No obstante, queda en el aire otra pregunta que no es tan sencilla de comprender ¿Por qué nos fiamos del banco central?

Confiamos en un banco central porque tiene un Estado que lo respalda, es decir una organización formada por conjunto de instituciones que crean unas reglas que no se puede saltar nadie ni de manera individual ni colectiva. Se puede seguir el procedimiento establecido para tratar de cambiar esas reglas pero, hasta entonces, hay que cumplirlas. Nos fiamos más si ese Estado gestiona un presupuesto público elevado, tiene capacidad establecer impuestos y recaudarlos, regula un mercado grande y es soberano e independiente para decidir lo que le conviene.

La Eurozona no tiene ni las instituciones necesarias, ni las reglas bien definidas. Utiliza instituciones y tratados que pertenecen a la Unión Europea, que es otra organización con distintos propósitos y países miembros. Por otro lado, las reglas de segundo nivel que se establecieron inicialmente, Pacto de Estabilidad y Crecimiento, ya no son vinculantes y se han demostrado ineficaces. En estas condiciones el euro debería haber descarrilado a las primeras de cambio, sin embargo la creatividad en la reinterpretación de los tratados ha permitido a la divisa sobrevivir hasta la fecha.

¿Qué hay que hacer entonces? Firmar y ratificar unos nuevos tratados que creen las instituciones que necesita la Eurozona (gobierno, parlamento, tesoro público, supervisores de los mercados e incluso agencia tributaria). Para ello los políticos de los países miembros deben hacer enormes cesiones de soberanía a las instituciones de la unión monetaria. Esto no es fácil y no va a salir de ellos si no hay necesidad imperiosa para hacerlo.

Afortunadamente, existen problemas serios para la estabilidad de la Unión Europea que les deben obligar a refundar la Eurozona más pronto que tarde. La dramática situación en Grecia y el referéndum británico nos ofrece la oportunidad a los europeos para repensar la conveniencia y condiciones necesarias que deben darse para que varios Estados compartan una divisa común. Si no se estuviese por la labor de cumplir esos requisitos lo mejor es abandonar el proyecto euro cuanto antes para evitar mayor incertidumbre y superiores costes de salida. Por el contrario, si se quiere apostar por la divisa común se deben acometer las reformas sin dilación.

¿Sería suficiente con esto? Se trataría de un gran acuerdo que generaría mucha confianza en la economía y su divisa, pero seguiría siendo difícil tener la certeza sobre su correcto funcionamiento sin una unión política y fiscal. Por muy bien que se diseñen las reglas y el reparto de poder en las instituciones, si cada país defiende sus intereses en vez de perseguir el bien común de los ciudadanos de la Eurozona es muy posible que a la larga haya que volver a reformar esas instituciones. Solamente alguien elegido directamente por todos podrá igualar en derechos a los habitantes de la unión monetaria.

¿A dónde nos lleva la crisis Griega? A tener que tomar decisiones definitivas de manera inmediata. Unas restricciones a los movimientos de capital como las que se están aplicando asfixian a cualquier economía. Digo soluciones definitivas porque no se puede levantar el corralito sin que los ciudadanos y los mercados entiendan que el problema está totalmente solventado. Si no fuese así, al finalizar los controles de capitales la retirada de depósitos de las entidades sería muy superior a la que hubo con anterioridad al cierre de los bancos.

La forma más rápida para que Grecia levante el corralito es salir del euro y volver a instaurar una divisa nacional. Si los bancos ya no te dan euros sino nuevos dracmas, nadie se apresurará a sacar la nueva divisa para guardarla en el calcetín. La economía se recuperaría rápidamente porque la devaluación del nuevo dracma mejoraría la competitividad del país y se recuperaría la confianza en el sistema. Por el contrario, perderían más los que más dependen del Estado, que suelen ser los que menos tienen. Las pensiones, subsidios sociales y salarios perderían mucho poder adquisitivo.

Si se opta porque Grecia se mantenga en el euro, el corralito durará meses e incluso años. Solamente un acuerdo de fuerte reestructuración de la deuda permitirá a los ciudadanos y mercados volver a confiar en esa economía y los controles de capitales se podrían levantar. Para aceptar ese acuerdo, el resto de socios de la Eurozona exigirá a Grecia unas dolorosas reformas económicas basadas en recortes sociales y en el retraso de la edad de jubilación. A largo plazo, tanto las reformas como la rebaja de la carga de la deuda mejorarán la competitividad y la confianza en economía.

En cualquiera de las dos alternativas, el mercado se hará la pregunta ¿quién es el siguiente? Para evitar esa desconfianza, algunos la llaman especulación o ataques de los mercados contra los países, sólo hay un remedio, firmar nuevos tratados para refundar el euro dotándole de unas instituciones más fuertes en las que poder confiar.

Juan Gómez Bada, asesor de Avantage Fund

Tribuna Mercados

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