La legitimidad de la Unión, de nuevo en peligro por la segunda ola

Se ha abierto el debate acerca de si continuar o frenar la normalización de la actividad, algo que determinará que esta crisis tenga efectos permanentes en Europa

Foto: Banderas de la Unión Europea
Banderas de la Unión Europea

Muchos países europeos se enfrentan a un mismo temor: la creciente evidencia de que la segunda ola está ahí. Los datos de nuevos casos (incluso corregidos por el mayor volumen de testeo) se parecen cada vez más a los que registramos en marzo tanto en España como Francia o Alemania. La excepción italiana hace de los primeros algo aún más llamativo. Pero, incluso en esta ocasión, se ha abierto el debate acerca de si continuar o frenar la normalización de la actividad, algo que determinará que esta crisis tenga efectos permanentes en Europa.

De hecho, antes del verano me mostré tajante en este sentido (último Informe Panorama de MAPFRE Economics). El riesgo de rebrote de la pandemia era alto y las economías no se pueden permitir nuevos cierres totales; en cualquier caso, podrían optar por confinamientos selectivos y cierres parciales. Pero es que cada vez se están dando más factores que nos pueden llevar a un escenario mucho más negativo o estresado: aquel en el que la crisis tendría efectos no solo en el desempeño económico de corto plazo, sino también en la capacidad de crecimiento de largo plazo, aquel en el que la demanda interna se tambalearía a medida que se introduzcan nuevas restricciones para terminar cayendo incluso por debajo de los niveles de actividad producidos por la primera ola. El daño financiero debilitaría los balances de las familias y empresas impidiendo una recuperación del consumo, el cual se mantendría persistentemente por debajo de 2019 a lo largo del horizonte previsible, al estilo de lo que lo hizo durante la crisis de Lehman. En este contexto de mayor estrés, la salida de la recesión sería compleja y larga, no llegando a los niveles del producto interior bruto de 2019, sino al menos hasta el año 2023.

Más allá del renovado pesimismo acerca de la situación sanitaria, de nuevo aparecen los fantasmas de una falta de una respuesta coordinada, una debilidad siempre presente a la que hemos evitado mirar hasta que se ha vuelto la vulnerabilidad que nos define. La implicación de una política monetaria acomodaticia implementada por el Banco Central Europeo, acompañada por la coordinación de una política fiscal expansiva (fruto de los avances de la Comisión Europea), supuso un paso importante desde la perspectiva tanto de la futura recuperación como de la bienvenida convergencia hacia una integración estructural de la zona Euro. En este sentido, el compromiso de establecer mecanismos comunes efectivos renovó la confianza en la zona Euro en un momento de elevada incertidumbre económica. Pero este avance se puede ver lastrado por una falta de coordinación a nivel local y que será clave en esta segunda ola.

Aunque miembros de la UE trabajan en esa respuesta coordinada con el fin de tratar de evitar nuevos cierres de fronteras, a veces las medidas no funcionan, en especial si el problema es doméstico y las fronteras se cierran dentro de los países. Los funcionarios locales chocan con los gobiernos centrales dejando poco sitio para la coordinación con los funcionarios de la Unión. Todos los países europeos están tratando de evitar nuevos cierres por temor a más dificultades económicas y disturbios sociales, pero la única respuesta global proviene de las organizaciones supranacionales, como la Comisión y fundamentalmente el BCE, dejando poco sitio para una política de consenso regional más allá de las medidas de estímulo monetario.

En lo único que poco a poco nos ponemos de acuerdo es que es mucho más fácil cerrar economías enteras que reabrirlas. Y, en esta situación de pauperización paulatina por las consecuencias que conlleva esta medida tan extrema, los gobiernos podrían empezar a buscar responsabilidades en el país vecino, sobre todo cuando se vea que a algunas economías les va mejor que a otras. De nuevo, esto podría llevar a deslegitimar el propio sentido de la Unión.

Tribuna Mercados
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