La política, no la economía, exige un papel internacional reforzado para el euro
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Alicia García Herrero

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La política, no la economía, exige un papel internacional reforzado para el euro

El euro ya es la segunda moneda más utilizada internacionalmente después del dólar, pero aún está rezagado en términos de algunas de las funciones clave del dinero internacional

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Desde la creación del euro, se ha debatido mucho sobre cuál debería ser su papel internacional. Los más europeístas subrayaban que debería haberse convertido en el rival para el dólar. Sin embargo, desde la Unión nunca se planteó explícitamente que destronar al dólar fuera uno de los objetivos de la unión monetaria. Se dejaría que las fuerzas del mercado decidieran su destino.

Dos décadas después, la geopolítica global y el papel de las monedas internacionales se ven de forma diferente. La creciente competencia estratégica entre China y Estados Unidos está obligando a los países a tomar partido. Y la Unión Europea está despertando a la realidad de una Alianza Transatlántica cada vez más débil y de una China cada vez más asertiva. Entre las herramientas que tiene la UE para proteger, y posiblemente recuperar parte de la soberanía económica perdida, fomentar el papel del euro como moneda internacional es una de las más obvias. Curiosamente, en la coyuntura actual, no es solo la UE la que necesita el euro para respaldar su autonomía estratégica. Lo mismo ocurre con el resto del mundo, en particular China y cualquier país que tema el uso que Estados Unidos puede hacer de dólar para conseguir objetivos geopolíticos. Esto implica que los fundamentos económicos podrían no ser el factor clave detrás del impulso para un mayor uso internacional del euro. La geopolítica ha pasado a un primer lugar.

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El euro ya es la segunda moneda más utilizada internacionalmente después del dólar, pero aún está rezagado en términos de algunas de las funciones clave del dinero internacional, como servir como referencia para uso privado y oficial. Tanto los mercados de commodities como los distintos países con monedas débiles, no eligen al euro como referencia para fijar sus precios. Además, el papel internacional del euro sufrió un retroceso durante la crisis de la deuda soberana europea hace una década, cuando la supervivencia de la moneda única estuvo en peligro. Se podría argumentar que esto respondía a las fuerzas del mercado: la ventaja del dólar por estar ya establecido y, especialmente, la menor participación de la zona del euro en la economía mundial. Además, Estados Unidos es un deudor internacional neto, y los no residentes poseen una gran cantidad de activos financieros líquidos. Ciertamente, este no es el caso de la zona del euro, que sigue siendo un acreedor externo neto y tiene mercados de capitales fragmentados.

Más allá de los factores económicos, el euro también ha carecido del apoyo político para convertirse en una moneda de reserva más arraigada, algo que se hizo muy evidente durante la crisis del euro. Pero las cosas han cambiado. La erosión del llamado orden económico liberal, el entorno internacional cada vez más hostil y el temor a que los países de la UE puedan tomar opciones diferentes en la competencia entre China y Estados Unidos, han alertado a los líderes del bloque sobre la urgente necesidad de impulsar la soberanía económica (y tecnológica). El euro es una de las bases sobre las que construirla. Esto significa que tener una moneda internacional ya no es un riesgo para la estabilidad de los precios, como podría haber pensado el Banco Central Europeo en el momento de la creación del euro, sino más bien una oportunidad para ejercer poder económico y monetario más allá de las fronteras.

El euro ya es la 2ª moneda más utilizada en el mundo después del dólar, pero aún está rezagado en términos de algunas de las funciones clave

La pregunta es si se están tomando acciones acordes con las necesidades internas y externas para que el euro adquiera un mayor protagonismo internacional. La respuesta es que sí en ambos frentes. Internamente, el BCE está reaccionando de forma mucho más agresiva a la pandemia de la COVID-19 en comparación con la crisis de la deuda soberana europea, proporcionando liquidez temporal ilimitada y un respaldo a la deuda pública. Además, también ha ampliado las líneas de swap a varios bancos centrales fuera de la zona del euro, siguiendo el ejemplo de la Reserva Federal de Estados Unidos. Por último, la Unión ha creado un activo libre de riesgo europeo, un embrión de eurobono, que servirá para financiar el fondo de recuperación de 750 000 millones de euros.

No hace falta decir que se necesitan más pasos para impulsar el euro como moneda internacional, pero es posible que no se trate tanto de avances económicos como de una política exterior más asertiva, unificada y coherente. Sólo así se avanzará en la autonomía estratégica y en la soberanía económica.

Por todo ello, podría haber llegado el momento de un euro más internacionalizado, algo que sería ventajoso tanto para la Unión como para otros países, que están cada vez más interesados en diversificar sus reservas y operaciones fuera del dólar ante la actitud cada vez más amenazante de Estados Unidos. El euro, una moneda huérfana en sus inicios, puede encontrar ahora más respaldo del que nunca hubiera imaginado.

*Federico Steinberg, investigador principal del Real Instituto Elcano y Alicia García-Herrero, economista jefe para Asia-Pacifico en Natixis e investigador senior en el think tank Bruegel

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