La transcendental conexión entre capital y sociedad
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Ana Claver Gaviña

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La transcendental conexión entre capital y sociedad

La desigualdad social y la amenaza ambiental sobre nuestro planeta ponen en tela de juicio la idoneidad de nuestro sistema político y, lo que parece peor, del económico

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Molinos de Viento

Cuando tocaba a su fin el siglo XX, todo auguraba que los siguientes momentos transcendentales tardarían en llegar. Uno nunca sabe si quiere formar parte, o no, de esos períodos singulares pero lo cierto es que habitualmente no se puede elegir.

Y así ha ocurrido esta vez. Una sucesión global de crisis económicas, políticas y de valores nos hacen encontrarnos en un momento donde, la desigualdad social y la amenaza ambiental sobre nuestro planeta ponen en tela de juicio la idoneidad de nuestro sistema político y, lo que parece peor, del económico; un sistema de éxito, el capitalismo, que nos ha traído al mejor de los mundos conocidos pero que, a día de hoy, se le exige una cierta regeneración para contribuir a dar solución a los problemas actuales de la humanidad.

Una de los precursores de la necesidad de la transformación es Sir Ronald Cohen, presidente del Global Steering Group para la Inversión de Impacto, quien hablando del capitalismo señala que no se puede seguir trabajando en un sistema que no busque activamente generar un impacto positivo, mientras que a su vez crea consecuencias negativas que los gobiernos tienen que resolver gastando fortunas.

Foto: La Bolsa de Tokio reacciona al resultado de las elecciones estadounidenses. (EFE)
Ramón González Férriz Opinión

El capitalismo ha confiado su triunfo a “la mano invisible” de Smith, hipótesis que, aunque resultara egoísta por perseguir el propio interés, frecuentemente ha desembocado en un mejor beneficio para la sociedad. Con todo, hoy en día viene siendo habitual la crítica del beneficio económico, aun cuando se demuestra que, si éste busca el beneficio común, resulta la herramienta ideal para la sociedad. Como recientemente afirmó el CEO de Robeco, Gilbert Van Hassel, en una entrevista concedida al diario El País: “No se trata sólo de crear riqueza, sino también de generar bienestar”.

Con este objetivo, el inversor no debe limitarse únicamente a evitar un impacto negativo en nuestro entorno cuando invierte en una compañía, debería buscar el impacto positivo y medible con su capital, y la inversión de impacto no es más que eso.

A nuestro modo de ver se trata un tema crucial, el problema principal del capitalismo como sistema económico pasa por no haber integrado en el beneficio financiero de las compañías los costes sociales y ambientales incurridos durante su actividad. Y es que recordemos, naturaleza y economía lleva años comportándose como un matrimonio mal avenido.

El impacto ambiental de una empresa se ha convertido en una consideración central de la sociedad, afectando a la competitividad industrial y organizacional. Esto lo vemos reflejado en el creciente interés por medir los impactos, así como en la comunicación y la mayor transparencia de las actividades empresariales. Un reciente artículo en Harvard Business School sobre impacto ambiental, firmado por G. Serafeim como coautor, trataba de monetizar los aspectos ambientales no considerados, como emisiones de carbono, uso del agua, y otras emisiones. En su análisis, la media de este impacto sugiere un importante nivel de obligaciones ocultas, y por tanto riesgos potenciales de reducción de valor si se llegara a poner precio a estos diferentes impactos.

También G. Serafeim escribía este año, junto con R. Cohen que, de las 1.694 empresas con EBITDA positivo estudiadas en 2018, 252 de ellas (15%) verían su beneficio desaparecer a causa del daño ambiental provocado, mientras que otras 543 firmas (32%) reducirían su EBITDA en un 25% o más.

Esta realidad nos conduce a un cambio de paradigma. Se pretende dar un cambio brusco al concepto actual del beneficio empresarial con la aceptación de los verdaderos costes incurridos, pero sin menoscabar el sistema. Existen ya diversos trabajos al respecto sobre la mesa, como pueden ser el de la doble-entrada en contabilidad que reporte el “valor compartido”, o quizás una línea en los estados financieros que reflejara los impactos reales de la empresa sobre sus grupos de interés, medioambiente y la sociedad en general.

El círculo virtuoso se logrará, como afirmaban M. Porter y R. Cohen, cuando el inversor descubra la importancia de su propósito social. Para llegar a este punto, debemos ser capaces de medir el impacto de esas inversiones, evidenciando así el valor generado en la sociedad y celebrando las mayores rentas obtenidas al aumentarse las oportunidades.

Así, con el tiempo, se abandonarán aquellas estrategias de inversión donde únicamente se busque un beneficio a corto plazo que trate de ignorar el menoscabo que pueda producir en la sociedad.

El capitalismo ha demostrado ser el mejor de los sistemas económicos ensayados. Llevamos casi 250 años funcionando con el efecto de la mano invisible y, ni el laissez faire, ni el control estatal de la economía parecen resolver los graves problemas de desigualdad y deterioro de nuestro planeta. Es el momento de entender el cambio de época, y recuperar la conexión entre la inversión de capital y la mejora de la sociedad, y esto pasa necesariamente por la inversión de impacto. No sin recordar que “los beneficios salvarán al planeta”.

Ana Claver Gaviña, CFA, es Country Head de Robeco Iberia y Chile.
Luis de la Torre, Dr. Ingeniero, es consultor en sostenibilidad de Robeco.

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