Tribuna Mercados
Por
El factor "Venezuela" en el tablero de los mercados financieros
Los recientes acontecimientos en torno a Venezuela, culminados con la captura de Nicolás Maduro y su traslado a Estados Unidos, han reabierto un debate que va mucho más allá del ámbito político
Tras los últimos acontecimientos en el país latinoamericano, para los inversores, la cuestión relevante no es el gesto simbólico ni la disputa diplomática, sino qué cambia (si es que cambia algo) en los fundamentos económicos, financieros y geopolíticos del país y cómo esos factores pueden influir en los mercados durante 2026.
Desde una perspectiva macroeconómica, conviene empezar por el tamaño del problema. El Fondo Monetario Internacional estimó en septiembre de 2025 el PIB venezolano en torno a 82.000 millones de dólares. Ajustado por tipo de cambio, hoy ronda los 60.000 millones, una magnitud similar a la de Camerún, Myanmar o Túnez. No se trata, por tanto, de una economía sistémica en términos de producción global. El interés de los mercados se concentra en tres vectores: deuda, energía y geopolítica.
La deuda sigue siendo el principal condicionante financiero. Las estimaciones sitúan el pasivo total en torno a 150.000 millones de dólares, con unos 100.000 millones correspondientes a deuda soberana y de PDVSA (la petrolera estatal), de los cuales aproximadamente 43.000 millones son intereses vencidos que continúan acumulándose. La estructura de acreedores es compleja: organismos multilaterales, China, grandes compañías energéticas estadounidenses y diversos procesos judiciales en curso, incluida la subasta de activos de Citgo y un arbitraje por 19.000 millones. Cualquier proceso de normalización financiera dependerá, en gran medida, de la disposición de China a cooperar, y la experiencia reciente sugiere que Pekín prefiere negociaciones bilaterales directas con el propio Gobierno.
El segundo eje es el petróleo. Venezuela alberga unas reservas probadas de 303.000 millones de barriles, pero la producción actual apenas alcanza los 900.000 barriles diarios, frente al máximo de 3,45 millones en 1997. Incluso con inversiones sustanciales, los escenarios más optimistas apuntan a 1,3–1,4 millones de barriles diarios en dos años. En un mercado global de aproximadamente 100 millones de barriles diarios, ese volumen no tendría un impacto significativo sobre los precios internacionales.
Además, la calidad del crudo venezolano condiciona su valor económico. Con una densidad de entre 8° y 16° API (la medida del Instituto Americano del Petróleo de la densidad del petróleo crudo o gravedad específica), se trata de un petróleo extremadamente pesado, costoso de extraer y refinar, que históricamente se ha vendido con descuento y rara vez ha superado los 45 dólares por barril, frente a los 65–72 dólares del crudo saudí. Desde el punto de vista del inversor, esto limita el potencial de recuperación de ingresos incluso en un entorno de mayor estabilidad política.
El tercer factor es geopolítico y, probablemente, el más relevante a medio plazo. Tras la salida de Maduro, el régimen permanece bajo el control de Delcy Rodríguez, y Washington ha descartado de forma explícita una transición inmediata apoyada en la oposición, pese a que observadores internacionales consideran que esta venció en las elecciones de 2024. La explicación más plausible es el cálculo pragmático: gestionar la continuidad resulta, por ahora, menos complejo que afrontar una transición en un país con múltiples actores armados y lealtades fragmentadas.
En este contexto, la presencia de potencias de fuera del hemisferio occidental adquiere una importancia estructural. Irán mantiene en Venezuela instalaciones de producción de drones, suministra misiles y lanchas rápidas, y opera a escasa distancia del territorio estadounidense. Hezbolá conserva actividad operativa. Rusia, por su parte, mantiene asesores militares, sistemas de defensa aérea, cazas Sukhoi y misiles antibuque, integrados en una misión que denomina "Equator Task Force" y que Moscú considera de alto valor estratégico. A ello se suman las actividades de guerrillas colombianas vinculadas al narcotráfico y la minería ilegal.
Finalmente, el elemento que más atención suscita en Washington es el de los minerales críticos. La One Big Beautiful Bill Act (2025) asigna 7.500 millones de dólares a asegurar su suministro, ante la dependencia estadounidense de importaciones y el control casi total de China sobre la cadena de valor global. Venezuela posee abundantes recursos de este tipo y, debido a las sanciones, empresas chinas han asumido de facto la gestión de la producción en el Arco Minero del Orinoco, canalizando los minerales a través de terceros países para su refinado y comercialización.
Para los mercados, este año será determinante no por la expectativa de una rápida normalización económica, sino por la evolución de estas tres variables: la viabilidad de una reestructuración de la deuda, los límites reales del sector petrolero y, sobre todo, la dirección que tome el equilibrio geopolítico en torno a los recursos estratégicos del país. En ese cruce de factores se definirá el papel que Venezuela desempeñe en el mapa financiero y estratégico de 2026.
*Kim Catechis, estratega jefe del Franklin Templeton Institute
Tras los últimos acontecimientos en el país latinoamericano, para los inversores, la cuestión relevante no es el gesto simbólico ni la disputa diplomática, sino qué cambia (si es que cambia algo) en los fundamentos económicos, financieros y geopolíticos del país y cómo esos factores pueden influir en los mercados durante 2026.