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¿Es deseable tener superabundancia de bienes y servicios?
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Carlos Rodríguez

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¿Es deseable tener superabundancia de bienes y servicios?

El auge tecnológico acerca recursos casi ilimitados y jornadas reducidas, pero plantea riesgos: ocio masivo, consumismo pasivo y pérdida de propósito exigen repensar identidad, ética y sentido colectivo en la nueva abundancia

Foto: Una mujer en un supermercado. (EFE/Ismael Herrero)
Una mujer en un supermercado. (EFE/Ismael Herrero)

Hay una creencia ampliamente extendida según la cual la satisfacción de todas nuestras necesidades materiales, aunque no garantice la felicidad no nos aleja de alcanzarla. La superabundancia de bienes y servicios a precios muy reducidos permitiría no solo aumentar sustancialmente nuestro nivel de consumo, sino también trabajar mucho menos. Esto implicaría un aumento sustancial del tiempo disponible para el ocio que podría dedicarse a actividades asociadas a la realización personal, intelectual, espiritual o afectiva. Ahora bien, esta superabundancia puede tener también efectos nocivos. Un exceso de tiempo libre plantea interrogantes fundamentales. No es casual que ya en la tradición bíblica se advirtiera de que las manos ociosas son terreno fértil para el mal. ¿Qué haremos con tanto tiempo libre? ¿Puede producir efectos psicológicos o sociales indeseables?

¿Es una utopía la superabundancia? ¿Es deseable alcanzarla? La Real Academia Española de la Lengua define "utopía" como una "ficción ideal de imposible realización". Centrémonos en las dos palabras clave: "ideal" e "imposible". En primer lugar, ¿es realmente imposible la superabundancia? En segundo lugar, ¿es ideal?

Conviene, antes de avanzar, distinguir tres conceptos que a menudo se confunden: placer, bienestar y sentido. El placer se asocia normalmente al consumo, al entretenimiento o a la gratificación sensorial; es intenso, pero transitorio. El bienestar supone seguridad material y confort. La superabundancia llevaría a maximizar ambos. El tercer concepto, el sentido, hace referencia a la percepción de que la propia vida tiene propósito, dirección y valor, incluso cuando no está asociada al placer inmediato ni al máximo confort. Una vida exigente puede ser profundamente significativa. Victor Frankl ha señalado que "quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier como". Este conocido psiquiatra austríaco, superviviente de campos de concentración nazis, defiende que lo que la historia sugiere es que es el sentido lo que posibilita una vida psicológicamente sana.

¿Es alcanzable la superabundancia?

Nadie se atreve a fijar una fecha concreta, pero cada vez son más los científicos y economistas que sostienen que estamos cerca de conseguirlo. El factor decisivo es el extraordinario avance tecnológico, en particular el desarrollo de la inteligencia artificial.

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Desde hace décadas, la tecnología permite que robots y máquinas sustituyan al ser humano en la producción de bienes. Basta observar una planta embotelladora, por ejemplo, en la que miles de botellas entran vacías y diferentes máquinas las rellenan de agua, las cierran con un tapón, les pegan una etiqueta y las almacenan en cajas. Este proceso se desarrolla sin intervención humana directa salvo una supervisión mínima. En un futuro no muy lejano incluso esas tareas de control podrían ser realizadas por sistemas automáticos.

En la producción de bienes complejos, actividades que antes requerían mano de obra altamente especializada hoy pueden realizarse mediante tecnologías como la impresión 3D, que permite producir fácilmente piezas de gran precisión a partir de un diseño digital.

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Algunos desarrollos recientes habrían parecido ciencia ficción hace apenas unos años. Empresas como Varde Space Industries experimentan con la producción de vacunas en satélites no tripulados a gravedad cero. La tecnología va a permitir incluso superar la posible escasez de recursos naturales. La empresa Astro Forge, por ejemplo, tiene planes concretos de extraer platino, iridio y paladio de diferentes asteroides.

Las máquinas no solo han desplazado trabajo humano en la producción de bienes, sino que han abaratado sustancialmente su coste. Sin embargo, en los servicios el proceso ha sido más lento, pero también significativo. Es técnicamente posible que un avión comercial despegue, vuele y aterrice en su destino sin intervención directa del piloto. También que un cirujano realice una intervención quirúrgica a cientos de kilómetros a distancia mediante sistemas robóticos.

Con Inteligencia Artificial (IA) la productividad puede aumentar exponencialmente, tanto en tareas poco sofisticadas —atención telefónica al cliente, por ejemplo— como en trabajos más complejos. Ya hay tutores virtuales para estudiantes que se adaptan más fácil y rápidamente al nivel educativo que requieren sus pupilos; y, además, son mucho más económicos que una persona física. Bufetes de abogados están usando programas de IA para recopilar sentencias y dictámenes de forma mucho más rápida y con menos fallos que lo haría un abogado junior. Incluso hay start-ups que están comercializando programas de IA para dar conversación a personas que padecen de soledad. La IA permite incluso prestar servicios sin intervención humana, como los robotaxis que circulan sin conductor de forma experimental por bastantes ciudades chinas y algunas de Estados Unidos.

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La consecuencia de estos avances es que con la misma cantidad de trabajo humano se pueden producir muchos más bienes y servicios, o incluso prescindir completamente de la intervención humana. Esto se traduce en una reducción sustancial de los costes y, tal y como predice la teoría económica, de los precios. Es decir, una persona podrá bien consumir mucho más, bien mantener su nivel de consumo trabajando muchas menos horas.

Volvamos a la definición de utopía que enunciamos al principio: "ficción ideal de imposible realización". Podemos afirmar que la superabundancia no es una utopía sino una realidad porque es posible alcanzarla. La cuestión decisiva es si puede considerarse ideal.

La superabundancia: más tiempo libre para el ocio

Actualmente, la jornada laboral estándar en Europa ronda las 40 horas semanales, mientras que el tiempo dedicado al ocio se sitúa entre 25 y 30 horas. Si la superabundancia reduce de forma significativa la necesidad de trabajo humano, la jornada podría acortarse de manera drástica. Esto supondría una transformación profunda en cómo concebimos el trabajo y el ocio.

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Históricamente, la reducción de la jornada laboral ha ido de la mano del progreso tecnológico. A finales del siglo XIX, las jornadas superaban las 60 horas semanales. Con ello se podía obtener poco más que alimento, vestido y alojamiento. A finales del siglo XX, con 40 horas era posible no solo cubrir esas tres necesidades básicas, sino también disfrutar de un mes de vacaciones pagadas, vehículo propio, cobertura sanitaria, educación básica y universitaria gratuita, e incluso una pensión de jubilación. En España en el año 2024 la media real trabajada era de 38 horas semanales (sin tener en cuenta el absentismo laboral) y para los funcionarios 35, aunque con la extensión de teletrabajo el tiempo real de trabajo es inferior, especialmente entre los servidores públicos.

Además, el tiempo libre aumentará no solo por la reducción de las horas de trabajo remunerado, sino también por la automatización de tareas domésticas y cotidianas. Actividades como la limpieza del hogar empiezan a realizarla pequeños robots; las compras se pueden hacer por internet suprimiendo el tiempo dedicado a desplazamientos.

A esto se suma el aumento de la esperanza de vida. En el año 1900 la esperanza de vida en países de nuestro entorno era de 45 años; en el 2000 sobrepasaba los 80. No es descartable que se superen los 100 o 120 años dentro de poco, gracias a los avances de la medicina. Además, no parece que la edad de jubilación en general vaya a retrasarse a mucho más de los 70-75 años.

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¿En qué se ocupará este muy considerable incremento del tiempo libre para el ocio? Algunos sostienen que facilitará la realización personal, intelectual y emotiva. Se habla, como ejemplo de actividad satisfactoria, de la crianza de hijos, pero en todos los países la natalidad cae con el aumento de la renta per cápita. Muchas de las actividades que se citan como fuente de satisfacción requieren exclusividad. Cuando se masifican, pierden gran parte de su atractivo. El turismo de masas ofrece ejemplos claros de esta paradoja. Además, un ocio mal gestionado suele derivar en consumismo pasivo —series televisivas, videojuegos, redes sociales— que fomenta tanto la desconexión interpersonal como la cultura de la gratificación instantánea. En última instancia, la sociedad pierde impulso creativo y capacidad de innovación si sus integrantes no sienten la necesidad de contribuir con proyectos significativos; con sentido.

El trabajo no es solo una fuente de ingresos, sino también un elemento central de la identidad individual. Está reconocido como un derecho fundamental y asociado socialmente a la realización personal. La reducción drástica del tiempo de trabajo plantea, por tanto, un desafío cultural de gran alcance. ¿Deberíamos redefinir nuestra relación con el tiempo libre? Aristóteles ya sugería que el ocio no es simple descanso, sino el espacio donde se decide la calidad de la vida humana. Decía el filósofo griego que el problema no es disponer de tiempo libre, sino saber para qué emplearlo.

¿Es deseable la superabundancia o conviene que sea una utopía?

La superabundancia ya no es un sueño lejano, sino una posibilidad real. Cuando la alcancemos podremos distinguir dos modelos de existencia. Bien una vida confortable, orientada a minimizar el esfuerzo y maximizar la comodidad y el consumo. Sería una vida estable y protegida, pero también pasiva. O bien, una vida con sentido en la que el individuo se perciba a sí mismo como agente de algo que lo trasciende: un proyecto, una responsabilidad, una creación, un vínculo o una contribución. El propósito no elimina el esfuerzo ni el sacrificio, pero los integra en una narrativa personal coherente.

La cuestión central ya no es técnica, sino ética. Más bienes y más tiempo libre no garantizan una vida mejor porque pueden provocar vacío, apatía y consumismo pasivo. Un exceso de ocio puede erosionar el sentido del propósito, la autoestima y la cohesión social si no se canaliza adecuadamente. El trabajo, más allá de su función económica, proporciona estructura, disciplina y sentido. Si desaparece sin ser sustituido por actividades igualmente significativas, existe el riesgo de una profunda crisis individual y colectiva.

La superabundancia, por tanto, no es un regalo, sino un desafío. Exige no solo producir más, sino aprender a vivir usando el tiempo libre de otra manera. Será necesario que la sociedad que valore el propósito por encima del consumo. Solo así la superabundancia podrá convertirse en una oportunidad histórica para redefinir qué significa llevar una vida plenamente humana.

*Antonio Bonet Madurga, vocal consejo asesor, Escuela de Inteligencia Económica de la Universidad Autónoma de Madrid

Hay una creencia ampliamente extendida según la cual la satisfacción de todas nuestras necesidades materiales, aunque no garantice la felicidad no nos aleja de alcanzarla. La superabundancia de bienes y servicios a precios muy reducidos permitiría no solo aumentar sustancialmente nuestro nivel de consumo, sino también trabajar mucho menos. Esto implicaría un aumento sustancial del tiempo disponible para el ocio que podría dedicarse a actividades asociadas a la realización personal, intelectual, espiritual o afectiva. Ahora bien, esta superabundancia puede tener también efectos nocivos. Un exceso de tiempo libre plantea interrogantes fundamentales. No es casual que ya en la tradición bíblica se advirtiera de que las manos ociosas son terreno fértil para el mal. ¿Qué haremos con tanto tiempo libre? ¿Puede producir efectos psicológicos o sociales indeseables?

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