Mamá, qué miedo, viene la deflación

Miren por dónde. Mientras Trichet continúa con su discurso inflacionista, -este hombre morirá con las botas puestas abrazado a una cesta de la compra-, cada vez

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    Miren por dónde. Mientras Trichet continúa con su discurso inflacionista, -este hombre morirá con las botas puestas abrazado a una cesta de la compra-, cada vez más el convencimiento del mercado es que la única vía mediante la cual la presente situación se puede arreglar es, precisamente, a través del fenómeno contrario: una espiral deflacionista que permita ganar poder adquisitivo al ciudadano y estimular la demanda. Sé que esto no puede ser resultado sino de un proceso brusco de contracción económica, tanto en el mundo desarrollado como en los mercados emergentes, pero es que busco en los bolsillos más informados por si encuentro alguna receta más atractiva para salir del atolladero y no encuentro nada. Rien de rien. Es necesario un ajuste natural en el precio de los hinchados activos reales y financieros como punto de partida para que el ciclo se dé la vuelta. Parece inevitable. No se escapa a servidor que la consecuencia de un acontecimiento como ése va a ser que las tumbas empresariales se llenen de cadáveres, nichos llenos de los más apalancados del cementerio. Pero es lo que hay. ¿Factible? Puede que sí, puede que ¿también?. Si hasta Iturriaga en su Información Privilegiada de hoy habla de ello, que esa sí que es una opinión de enjundia. Veamos.

    En contra de que se concrete esta situación se encuentran, sin duda, los distintos ejemplos de aplicación del riesgo moral llevados a cabo por las autoridades norteamericanas en los últimos meses. Tratando de diferir lo inevitable, y estableciendo soportes -basados en la excepcionalidad- a la reducción en el valor de los bienes, no hacen sino añadir un factor de complicación adicional más que distorsiona, rebajando su contenido, el concepto de riesgo sistémico o peligro para la estabilidad del sistema. Está por ver su éxito, que sólo lo determinará el medio plazo. En el mismo campo de batalla se encontrarían los postuladores de que vamos a ver efectos inflacionarios de segunda ronda, fundamentalmente salarios, como consecuencia del proceso de alza generalizada de precios vivida por la economía mundial en la primera mitad de 2008. Quienes sostienen esta postura, incluido el propio Gobernador del BCE, obvian que la realidad económica internacional, de Estados Unidos a la propia España, invita a pensar que lo que se va a producir, de hecho lo que se está produciendo, es justamente lo contrario: una reducción generalizada del empleo que impide el repunte generalizado de las retribuciones salvo para nichos muy especializados.

    Es verdad, dirán algunos, que no está claro que el superciclo de materias primas haya llegado a su fin. Por supuesto. Les compro la mayor. De hecho, y pese a la caída reciente, voces muy respetables por su trayectoria profesional en el campo del petróleo siguen en su particular carrera por ver quién fija el precio más alto al que veremos el oro negro en pocos años, una visión sobre la que, no de forma tan extrema, no puedo estar más de acuerdo dada la finitud de la materia prima y el inevitable crecimiento de la demanda. Lean esta curiosidad que me hace llegar un lector: los 4.500 dólares no son descartables si extrapolamos lo que ocurriera en su día con el combustible al que sustituyó el crudo, el aceite de ballena. Me encantan esas comparaciones. Dicho esto, también es verdad que año electoral USA igual a dólar fuerte igual a respiro temporal en las commodities, algo que defienden los mismos alarmistas a los que nos acabamos de referir. Un factor primero al que se añade otro de similar relevancia: en la medida en que el deterioro global se generaliza, y entra en campos hasta ahora no explorados como el de la ralentización de las nuevas potencias económicas, el valor del dólar como moneda refugio aumenta, no sólo por la mayor flexibilidad de la economía norteamericana, sino como consecuencia, así mismo, de la vinculación al billete verde que tienen las alternativas a Estados Unidos en el liderazgo económico mundial.

    Por el contrario, la cuestión deflacionaria se deriva de un fenómeno que está en la génesis y, consecuentemente, en la solución de la crisis actual: el apalancamiento o endeudamiento excesivo de los distintos agentes que participan en la economía. Una realidad que, en contra de lo que podría parecer, no afecta sólo al mundo desarrollado sino también a los mercados emergentes donde, según informa el Banco Mundial, las entradas de capitales foráneos han superado en 15 veces sus superávits agregados por cuenta corriente. El endeudamiento produce, como hemos podido comprobar de forma sangrante en España, un fenómeno de anticipación del consumo al momento presente que, sin embargo, tiene como reverso de la moneda el que una vez llegado su vencimiento, las deudas hay que pagarlas, frena la demanda interna futura, salvo que haya habido una inflación adicional en el valor de los activos, que no parece el caso. El impacto a la baja en los precios resulta, entonces, inevitable. La generalización de este fenómeno encuentra su manifestación en el dato de IPC publicado por China ayer y que es poco menos de la mitad de la que sufría el país asiático en el mes de febrero (de acuerdo, cuidado con la fiabilidad de las estadísticas chinas, pero…). Mínimo de 14 meses justificado por una caída de las exportaciones que son consecuencia de la desaceleración global. Una tendencia que sólo parece poder frenar justo lo contrario de lo que Estados Unidos espera, una devaluación del yuan.

    Junto a este factor primero y principal, se encuentran otras dos tendencias que son evidentemente deflacionarias más a medio plazo, al menos en el mundo occidental, y que invitan a pensar en un proceso de “japanización” de la crisis actual. Por una parte, la reducción de la población que, intuitivamente, debería implicar menor demanda y precios. Por otra, el aumento de los programas de gasto público cuando éstos están financiados por nuevas emisiones de deuda estatal, pese a lo que, también de forma intuitiva, pudiera parecer: a más dinero en circulación, más consumo. Los países de la OCDE tienen un nivel de deuda sobre PIB equivalente al de Japón hace 20 años, alrededor del 280%. Pues bien, Japón está hoy día en niveles del 430% y la deflación sigue presidiendo su evolución de precios actual. Más allá de aquellos factores culturales a los que se pudiera aludir, lo cierto es que dicho estancamiento del coste de la vida es continuación de una crisis profunda del sistema financiero tras unos excesos que afectaron a la banca, las industrias y el sector inmobiliario. ¿Les suena? Un proceso que, sin embargo y en mi modesta opinión, -y pese a que Krugman en su último artículo del NYT apunta en esa dirección, lleguen hasta el final-, el proceso de globalización vivido por la economía desde entonces va a evitar que se reproduzca en la actualidad.

    Es evidente que lo que antes era una burbuja de liquidez real, esto es: no derivada del uso de la financiación ajena, no se ha evaporado de la noche a la mañana. Sigue habiendo dinero, mucho dinero en el sistema, y no hace falta irse demasiado lejos para encontrarlo. Aunque cierto es, en tendencia decreciente, la masa monetaria en circulación en Europa crecía a finales de julio al 9,3% año sobre año, casi el doble de los niveles de 2004, con un repunte muy fuerte de los componentes a corto plazo (+39% en julio frente al +19% de junio) y una moderada ralentización de los activos de mayor duración (+5,2% contra+ 5,7%). Si esto se da en la Vieja Europa qué no ocurrirá en las naciones cuya caja sigue haciendo cli-clín todos los días con los ingresos por venta de materias primas. Que esto implique un cambio de fuerzas a nivel global como consecuencia de ese nuevo poderío económico es objeto de otro debate, apasionante y que hemos abordado aquí en alguna que otra ocasión. Más allá de esas divagaciones, lo cierto es que si, para un bien del tipo que sea, hay comprador y no hay indicaciones de interés, que dirían los anglosajones, pese a todo el proceso de liquidación que se está produciendo a nivel global, el problema inequívocamente está en el precio ajustado al riesgo asociado, matiz este último que olvidan, muchas veces, los vendedores. Por tanto, sólo la reducción en el valor de los  activos puede hacer que el nuevo punto de equilibrio se alcance. Un proceso deflacionario no necesario, sino inevitable para que se empiece a ver la luz y que tendrá sus consecuencias en la política monetaria a aplicar por los Bancos Centrales. Las industrias que triunfan son las capaces de bajar los precios y ampliar su espectro de demanda. Una lección repetida hasta la saciedad a lo largo de la Historia. Puede que, en este cuento, el lobo de la deflación venga con un racimo de buenas noticias debajo del brazo. Todo dependerá del tiempo que quiera quedarse. Si viene de visita, bienvenido sea.

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