La deuda convierte a España, S.A. en bono basura

Es curioso cómo se ha perdido en este país el respeto a los billones de las antiguas pesetas, casi dos de los cuales son los 11.000

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    Es curioso cómo se ha perdido en este país el respeto a los billones de las antiguas pesetas, casi dos de los cuales son los 11.000 millones de euros que el Gobierno ha prometido a las Comunidades Autónomas. Por qué será que teniendo tales fondos como teórica finalidad última sufragar las competencias transferidas, todo el mundo interpreta el movimiento en clave política de vencedores y vencidos. ¿Será que saben cuál es el destino final del dinero? Ummmm. Miseria de país, la verdad, que convierte la oportunidad que ofrece la crisis para racionalizar la absurda hipertrofia administrativa y sus terribles consecuencias para la productividad nacional, en la ratificación de un modelo que tantos problemas ha causado en el pasado reciente. Si la obligación del buen padre es educar en el no y la del buen administrador gestionar los recursos escasos, cuánto más se debe esperar de un Presidente del Gobierno. Pero ni lo uno ni lo otro, qué le vamos a hacer, pese a que Leyre Pajín se empeñe. Claro que la pólvora del Rey, con perdón para su Majestad que anda que no ha ganado predicamento tal expresión de la mano de la afición cinegética del monarca, es lo que tiene: que no cuesta… hasta que se acaba.

    Porque la realidad es que, si comparamos el endeudamiento público y privado patrio con el valor añadido que genera nuestra economía, España, S.A. es un emisor que respondería a lo que las denostadas agencias de rating califican como bono basura. Así al menos se desprende del documento elaborado un banquero, anónimo para algunos, que circula por los mentideros de la Villa y Corte. Para llegar a tal conclusión el autor realiza dos ejercicios previos. Uno, sumar la deuda de particulares, empresas y administración pública, sin incluir a las firmas financieras. El resultado es que nos encontramos en una situación similar a la de Estados Unidos que padece máximos de apalancamiento no vistos ni siquiera durante la Gran Depresión: 225%-250% del PIB. Dos, construir una cuenta de resultados agregada mediante la adición de las cifras individuales de cada una de las firmas españolas cotizadas, igualmente ex financieras, como muestra mejorada de la economía española. A partir de ella, y con objeto de hacer la comparativa homogénea, toma las Ventas como PIB en base 100 (Ventas=PIB=100). Adjunto el cuadro.

    Pues bien, las conclusiones a las que llega a partir de ese punto son demoledoras o, dicho con sus palabras, devastadoras. El nivel de endeudamiento neto de la economía española equivale a 2,2 veces las ventas (como hemos comentado en el párrafo anterior), 4,5 veces el margen bruto y 12 veces el EBITDA o beneficio antes de intereses, impuestos,  amortizaciones y depreciaciones, cifra que se incrementa hasta 13,5 si tenemos en cuenta la deuda bruta ex posiciones de tesorería y equivalentes. Casi 20 veces el EBIT y cerca de 35 el beneficio neto. Casi nada. Lleven ustedes estos ratios a cualquier inversor en el entorno actual y verán como, en el mejor de los casos, les sale por peteneras si es que no les manda directamente a preparar una fritura de espárragos de temporada. (Nota. Ojo con las cotizadas: ratio Deuda Neta/Ebitda agregado de 4,1, con mucho negocio regulado y concesional pero aún así...).

    El problema es que, tal y como apuntábamos ayer, la deuda permanece y hay que hacer frente a su principal e intereses salvo que seas sindicato, partido político o hayas entrado en una debacle económica tal que no le quede más remedio a tus acreedores que condonarte parte de lo debido, bajo la tutela de un organismo internacional que termina por imponer esas dolorosas recetas que ningún político local se atreve a implantar. De hecho, lo mejor que nos podría ocurrir es que el mercado nos financiara como hasta ahora, que está por ver. Virgencita, virgencita. Pero no ocurre lo mismo con el PIB al que el menor consumo, el exceso de capacidad y la caída de la productividad consecuencia de la acción pública pueden condenar a crecimientos más limitados que los experimentados en el pasado ya que el potencial económico se reduce. ¿Y entonces? Sólo queda, por tanto, buscar fórmulas que nos permitan aumentar nuestros ingresos (cambio de modelo productivo, hiperinflación de bienes o de activos) o reducir nuestros gastos (contención salarial, eficiencia energética y similares). Poco más: ya no somos dueños ni de nuestra política monetaria ni la de tipo de cambio.

    Alguno podrá argumentar, con razón, que se trata de un análisis superficial sujeto a mil matices. Estoy de acuerdo. Pero la ley de los grandes números no tiende a separarse demasiado en su concreción de la cifra pequeña, salvo errores de bulto que servidor no ha percibido de partida. En cualquier caso, no se pretende aquí ser exhaustivo sino reivindicativo: España puede enfrentarse a un problema real de repago de su deuda; por tanto es momento de utilizar la política fiscal, la única que nos queda junto con la inciativa privada, con una mentalidad económica de largo plazo y no política de corto; potenciando los ingresos a través del fomento de la actividad y no mediante el incremento de la tributación en tipos y actividades sujetas a gravamen; controlando el gasto mediante la sustitución del adjetivo mayor por mejor; persiguiendo el fraude; incentivando las deducciones que tengan por finalidad mejorar la productividad a través de la innovación y la investigación o el desarrollo de industrias nicho que permitan la especialización (pena de energía solar); favoreciendo las políticas de repatriación de capitales (sí, de nuevo la dichosa amnistía); simplificando los trámites burocráticos y todo lo que se les pueda ocurrir. No hay más sordo que el que no quiere oír. Bueno, hasta que el grito se haga clamor. Yo hoy ya he empezado.

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