El siniestro anunciante de Intereconomía

Entre las múltiples acepciones que el Diccionario de la Real Academia de la Lengua da a la palabra siniestro, se encuentran dos que no dejan de

Entre las múltiples acepciones que el Diccionario de la Real Academia de la Lengua da a la palabra siniestro, se encuentran dos que no dejan de ser el haz y el envés de una misma moneda pues hacen referencia a la intención que motiva un acto, aviesa y malintencionada, por una parte, y a las consecuencias de esa misma acción o de una distinta, infeliz, funesta, aciaga, por otra. Pues bien, ciñéndonos a ésta última, así ha devenido para muchos empresarios lo que tenía que ser un gesto salvífico que facultara la continuidad del negocio y de sus plantillas y el repago a sus acreedores: su venta a compañías especializadas en la compra de sociedades en apuros. Confiados en la aparente respetabilidad que otorga la proyección pública de estas firmas, pagada religiosamente en medios de postín, se abandonan a unos pactos que, por lo general, son ignorados. No sólo eso, la poco ortodoxa praxis del comprador les enemista, precisamente, con aquellos a los que quieren salvar. Es lo que ocurre con Gutsen & Vergelsa o Grup GV, cliente habitual de El Gato al Agua de Intereconomía, entre otros muchos soportes.

Resulta sospechoso ya de por sí que una firma que en su web figura como activa desde 1992, se encuentre, según de los datos recogidos en el Registro Mercantil, en fase de constitución. Cuando uno trata de encontrar más datos de lo que hay detrás de lo que pretende ser una boutique especializada en restructuraciones corporativas se encuentra con la opacidad más absoluta. Sin embargo, en Avenida Diagonal 460, que es dónde, según el site de Informa, tiene su sucursal en Barcelona la compañía, aparecen domiciliadas una pléyade de sociedades administradas, en su mayor parte, por una misma persona física: Esteban Roig Pedrosa, confirmado por algunos empresarios enajenantes como su interlocutor en las negociaciones junto con Jaime Roca Busquets. Ambos figuran como gestores en cerca de 45 firmas distintas, en distintas localidades. A raíz de ese dato se comprueba que el vehículo principal para acometer adquisiciones en los últimos tres años ha sido Anypo División y Servicios Industriales, S.L.

Por lo que respecta a su operativa, parece que son de su especial interés aquellas firmas que cuenten con un activo atractivo, más allá del importe del pasivo que lleven aparejado. Les atraen con particular afán los abultados saldos de clientes, los bienes inmuebles y la maquinaria industrial, elementos todos ellos que, adquiridos a precio de saldo, como suele ser el caso, cobran un valor innegable si se consigue su monetización... y se olvidan el resto de las obligaciones emanadas del contrato de compra venta. Así se desprende de algunos casos que han terminado en los Tribunales, resueltos por cierto en su contra. 

De hecho, en la demanda ganada por Alfons Rodergás -que fuera titular de Printing Suria, sociedad que vendió a GV-, en rebeldía procesal de Anypo y de Esteban Roig, se condena a estos últimos por cosas tan nimias como el no abono de los sueldos acordados, la no sustitución en los avales otorgados por los anteriores dueños, el impago de los pagarés emitidos (que no se pudieron hacer efectivos) y, oh sorpresa, la obligación de entregar a la compañía de arrendamiento financiero titular de los mismos los bienes en leasing que figuraban en el balance de la vendida, cosa que sólo se puede justificar por impago de cuotas o desaparición física del bien. 600.000 euros de sanción. Otros vendedores han acudido a la vía civil o penal (caso de Asensi Mazzolari) con base en argumentos similares. Junto al potencial daño económico se encuentra el moral, al aparecer los vendedores como los responsables del incumplimiento de los adquirentes. Es el caso de los antiguos propietarios de la textil Creaciones Toypes, sociedad textil de Lalín, Pontevedra, que tienen el pueblo encima al ser acusados de hacer una venta encubierta para liquidar la empresa.

Muchos de estos pequeños empresarios acudieron a la llamada de solvencia que se supone esconde la presencia de un anuncio en un soporte respetable; confiaron en la capacidad del mismo para hacer un primer filtrado a la respetabilidad de sus anunciantes; advirtieron a sus responsables de la escasa ortodoxia de aquellos que les contrataban publicidad; se cobijaron en la posibilidad de que el propio medio se hiciera eco de su caso si se producía un incumplimiento; Y todo ha resultado ser un fiasco que añade una gota más al descrédito generalizado de los medios. Sin embargo, el debate va más allá de una compañía concreta o una cadena determinada. Alcanza de pleno al dilema entre la necesidad de obtener ingresos y el contenido publicitario asociado a los mismos. La capacidad de sacrificio frente al olor del beneficio. Y ahí todos, de un modo u otro, no dejamos de ser culpables, por acción o por omisión, silentes ante lo denunciable. ¿Será la de hoy voz que clama en el desierto? Ustedes opinan.

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