Movistar Fusión peta la portabilidad en España

Han coincidido en el tiempo dos estudios que ponen de manifiesto una verdad a medias: el mundo es definitivamente móvil.Los analistas de mercados de Ericsson (consejos

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    Han coincidido en el tiempo dos estudios que ponen de manifiesto una verdad a medias: el mundo es definitivamente móvil.

    Los analistas de mercados de Ericsson (consejos vendo y para mí no tengo) anticipan que en 2013 habrá más líneas de telefonía inalámbrica que habitantes en el planeta. A los 600 millones de nuevas altas previstas este ejercicio -que elevarán el número total a 6.600, incluidas las tarjetas SIM de múltiples dispositivos- añaden otras 900 en el que viene para alcanzar los 7.500 millones de líneas. Y no se detienen ahí: esperan que en 2018 se sitúen en 9.300. El estudio incluye interesantes datos sobre uso, consumo y accesibilidad.

    Por otro lado, Comscore ha publicado sus últimas estadísticas de smartphones y tabletas en Europa, en las que pone de manifiesto cómo los smartphones suponen ya un 53,7% de la penetración en las cinco principales naciones de la región y que, de sus usuarios, el 15,5%, además, posee una tableta. Sorprendentemente, o no, España es el segundo país en el que dicho porcentaje es mayor, solo por detrás de Reino Unido y por delante de Italia, Francia y Alemania. El sueño ilusorio de riqueza en todo su esplendor.

    Sin embargo, sin la necesaria contribución de la infraestructura fija, tal desarrollo habría devenido imposible. No en vano, la transmisión de datos a través de móvil se ha duplicado en los últimos doce meses gracias, en buena medida, al consumo de vídeo que permiten los nuevos aparatos. Pero no hay que olvidar que el 80% de dicho tráfico es soportado por las líneas tradicionales, a través de las cuales se canaliza el uso mediante conexión a redes wifi. Un elemento fundamental que, errare humanum est, servidor no ha incorporado en ocasiones a la ecuación de su análisis.

    La suma de ambos factores es una convergencia que da sentido a ofertas como la de Movistar Fusión, que sigue a la realizada por Ono con anterioridad y que ha provocado una RedVolución, como diría Vodafone, en la estructura de servicios de telefonía en España. Una iniciativa que, paradojas de la libre competencia, llega cuando el operador dominante así lo decide... porque los demás le han dado el tiempo necesario para preparar los sistemas para implantarla y compensar así sus menores ingresos con una reducción en los costes de retención y gestión de cliente.

    En un país como el nuestro, en el que nadie se pregunta el porqué no hasta ahora y prefiere abrazarse a un futuro más barato sin cuestionarse hasta qué punto le han tomado el pelo, la propuesta de Telefónica ha sido acogida ardorosamente por los usuarios hasta el punto de que la operadora ha bajado el pistón publicitario ante la incapacidad técnica de atender las solicitudes. No solo eso, la avalancha ha sido tal que el Centro de Portabilidad de la CMT ha petado, literalmente, lo que ha ocasionado notables retrasos a los interesados en el cambio de una compañía a otra.

    Un impasse que ha ayudado a los competidores a reaccionar, si bien el futuro se antoja desigual para muchos de ellos. Los que tienen masa crítica buscarán adecuar su estrategia comercial a la nueva realidad; los cableros, como Ono y las regionales, con una oferta posicionada en la alta velocidad de acceso, serán los que menos sufran puesto que su baza ya había sido una propuesta conjunta de fijo y móvil; los peor parados serán los actores de precio, sin una diferenciación vía nicho, caso de Jazztel o de las OMVs, operadoras móviles virtuales. Incluso dentro de estos, los que apuestan por un segmento de población determinado pueden sufrir. Que se lo digan a Lycamobile, que da servicio principalmente al colectivo rumano.

    Pero no son las únicas consecuencias. Es evidente que en la medida en que la estrategia de Movistar tenga éxito, los planes de la firma para ampliar su red de fibra en España tienen menos sentido, lo que, sin duda, afectará a aquellos participantes del mercado cuya propuesta de valor se construía sobre la infraestructura de la dominante. No solo eso, obligará a renegociar buena parte de los acuerdos actuales antes de que se complete el proceso de liberalización de los segmentos aún pendientes.

    Una auténtica revolución, no tanto por el lado del servicio al cliente,  que también, sino por la presión que mete al conjunto del sistema. No es de extrañar que los grandes demanden, los alternativos observen, los pequeños tiemblen y los ciudadanos disfruten con la deflación tarifaria. Seguirán en cualquier caso estos sin preguntarse qué ha cambiado y por qué los de siempre se han estado forrando a su costa hasta ayer mismo, como quien dice. No aprenderemos.

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