Obama leyó 'The Economist' y decidió cambiar el mundo

La noticia saltó en la madrugada de ayer. En su discurso sobre el Estado de la Unión, Barack Obama anunciaba la creación de una comisión mixta

La noticia saltó en la madrugada de ayer. En su discurso sobre el Estado de la Unión, Barack Obama anunciaba la creación de una comisión mixta Estados Unidos-Eurozona a fin de establecer entre las dos regiones un área de libre comercio en el plazo máximo de dos años. Una idea en la agenda de ambas superpotencias desde hace décadas que sólo el fracaso de las sucesivas Rondas de Doha, la amenaza de un nuevo proteccionismo cambiario y la desesperada necesidad de generar crecimiento y empleo a una y otra orilla del Atlántico han activado finalmente (FT, "EU and US announce trade deal talks", 13-02-2013). La decisión puede mover el eje mundial de nuevo hacia Occidente, siendo esa, posiblemente, la verdadera razón que subyace a tanta urgencia.

Se trata de un acuerdo no exento de complicaciones, no tanto en términos de tarifas, prácticamente desaparecidas en buena parte de sus relaciones de intercambio existentes en la actualidad, pero sí en la aprobación de estándares técnicos, armonización de regulaciones, tratamiento de las posibles ayudas de Estado (subsidios y bonificaciones), reacción de las otras contrapartidas comerciales, especialmente China e India, and so on and so forth. No estamos, por tanto y siguiendo con los anglicismos, ante de un deal done, ni mucho menos. Pero sí recoge una corriente de opinión que se ha ido imponiendo en los últimos meses y cuyo máximo defensor ha sido el semanario económico británico The Economist.

Una campaña que lanzó abiertamente en el número doble que caracteriza la edición navideña, impresionante en 2012 en su portada y desarrollo (The  Economist, "The gift that goes on giving", 22-12-2012). Desde la legitimidad que otorga a un medio defender desde 1843 el libre comercio, la revista propugnaba tres recetas para generar confianza y actividad en el ejercicio que entonces estaba a punto de comenzar: el TransPacific Partnership entre América y Asia-Pacífico, sede del 30% del comercio mundial; el pacto de USA-UE que se acaba de proclamar y que afecta a operaciones por valor de 750.000 millones de euros anuales; y el desarrollo final de un mercado único de servicios dentro de la propia Europa, sector que supone el 70% de su PIB. "Cada una de ellas incrementaría la prosperidad de los estados afectados. Tomadas en su conjunto, cambiarían la faz de las naciones desarrolladas", concluía.

De hecho, en ese mismo número, otras dos piezas ratificarían que estamos hablando no de una iniciativa deseable, sino de una necesidad palpable.

En efecto, el mundo es hoy menos globalizado que en 2007 de acuerdo con el DHL Global Connectedness Index, que analiza la exposición internacional de 140 países, importe y diversidad (The Economist, "Going Backwards", 22-12-2012). "Son con diferencia los líderes empresariales lo que se más se creen el camelo de la globalización. Probablemente esa sea la causa de que sus afanes expansionistas fracasen repetidamente", es el demoledor final de la pieza. Algo parecido escribimos por aquí hace un par de temporadas (V.A., "No se crean el camelo colectivo: el mundo es de todo menos global", 27-04-2011).

De hecho, frente a los intentos colectivos de apostar por el libre comercio, los pactos bilaterales o regionales son los que verdaderamente han hecho furor en los últimos años al pasar de más o menos 70 en 1990 a los más 300 en vigor a día de hoy. El último, en diciembre entre Europa y Singapur. Unos acuerdos que marcan empíricamente el camino en términos de eliminación de barreras, aceleración de procesos, aumento de las transacciones o fomento de la actividad financiera (Free Exchange, "Building Blocks", 22-12-2012). De ahí su conveniencia.

Centrándonos en la propuesta que hoy nos ocupa, frente a aquellos que le otorgamos un marcado carácter defensivo, The Economist defiende su consideración de punto de partida para futuras adhesiones, entre ellas, como primera y principal, la de la otra gran superpotencia planetaria: China. Está por ver la certidumbre o no de tanto buenismo. Lo que la historia ha demostrado es que, en acuerdos de este tipo, el 'ande yo caliente, ríase la gente' suele ser la motivación principal. Y el otro, que espabile. Time will say, my dear friends. Your turn.

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