Pescanova, o los agujeros sistémicos del Madoff español

No he podido evitar evocar a Bernie Madoff al calor de las sucesivas noticias que han ido aflorando sobre una Pescanova que amenaza con convertirse en

No he podido evitar evocar a Bernie Madoff al calor de las sucesivas noticias que han ido aflorando sobre una Pescanova que amenaza con convertirse en uno de los mayores escándalos de la historia bursátil española. La doble vida corporativa que llevaba la sociedad es digna de los mejores culebrones de la sobremesa televisiva nacional y supone un triste remedo local al escándalo que conmovió los cimientos de la industria financiera en Estados Unidos hace ahora cinco años. No aprenderemos.

Banca, inversores y autoridades habrían sido engañados sistemáticamente por Manuel Fernández Sousa, personaje capaz de presentar como fresca una realidad pesquera que se descomponía por momentos. Puro Ordenalfabetix íbero. Sin embargo, quedarse en la mayor o menor responsabilidad del hasta ahora presidente de la firma gallega nos impediría tirar por elevación a lo verdaderamente sustantivo: los agujeros de un sistema que ha permitido que se llegara a una situación como la que ahora ha estallado.

Porque estamos ante una crisis sistémica, si por tal entendemos el fallo de todos los agentes encargados de velar por la transparencia y la veracidad de las cuentas operativas y financieras de una empresa cotizada. La relación de hechos, y la ignorancia colectiva sobre los mismos, pone los pelos de punta. Pérdidas multimillonarias en la piscifactoría portuguesa, niveles de deuda muy por encima de los oficialmente declarados, uso de participadas para enmascarar financiación inter grupo, supuestas contabilidades B y facturas falsas, ventas de acciones sin notificar antes de que el escándalo saliera a la luz. Y así sucesivamente.

Algo que dice muy poco de los responsables más obvios a la hora de no denunciar el desaguisado: la auditora BDO o la propia CNMV. Si las cuentas reflejaban la imagen fiel de Pescanova, que venga Dios y lo vea. Nada más lejos de la realidad, como ha quedado demostrado. Si en un valor tan estrecho como este pueden pasar por alto, a los ojos del supervisor, ventas millonarias de acciones de uno de los accionistas de referencia a lo largo de tres meses, hasta un 7% en 46 operaciones, es como para hacérselo mirar. Tan tiquismiquis los chicos de Elvira para unas cosas y tan absurdamente ciegos para otras. No obstante, no son los únicos que han faltado a su deber de control.

En efecto, no salen mejor parados los bancos acreedores que han preferido, durante todo este tiempo, mirar hacia otro lado en vez de tratar de analizar la realidad subyacente de una compañía que, año tras año, incrementaba su exposición crediticia. O que incumplió en 2012 el pacto de destinar los fondos de su ampliación de capital a reducir el nivel de apalancamiento, algo que debería haber hecho saltar las alertas en los departamentos correspondientes. Tampoco parecen haber cumplido diligentemente con sus obligaciones, pese a ser los principales interesados, algunos de los socios con la suficiente experiencia en el sector agroalimentario como para que se la metan doblada, caso de Damm. Solo el lince Paramés de Bestinver pareció darse cuenta ya en la primavera de 2010, aunque no se atrevió a soltar todo el lastre pese al cúmulo de recomendaciones positivas de los analistas. Otros que tal bailan. Revelador.

De confirmarse todos estos extremos, se impone un castigo ejemplar para los gestores de la pesquera, pero también para aquellos que por error u omisión consintieron negligentemente sus desmanes. Poco consuelo será para unos los trabajadores angustiados o para esos minoritarios que se vuelven a ver abandonados a su suerte, con la cotización del valor congelada sine die a la espera de lo inevitable: la liquidación ordenada de la sociedad ante una falta de liquidez que ya estrangula su actividad corriente tanto en España como fuera de ella. Y es que se da la paradoja de que sin Sousa, Pescanova no existiría, pero, con su engaño masivo, la confianza en la empresa se ha quebrado por completo, perdón por la redundancia. La firma se ha situado, gracias a la pésima gestión de su crisis desde que comenzó, en un callejón sin salida. Mala pinta tiene el muerto.

No hay que olvidar, por último, el impacto que sobre la percepción de España como lugar para invertir y hacer negocios tienen noticias como esta. Puede que las grandes corporaciones, sujetas muchas de ellas a otros supervisores donde cotizan sus acciones o emiten sus bonos, se vean menos afectadas. Pero supone un enorme jarro de agua fría para ese mid market nacional tan necesitado de cobertura de analistas e inversión extranjera. Ya saben, la confianza es ese intangible que tarda años en conquistarse y se desvanece al menor contratiempo. Y la credibilidad de los supervisores españoles, tanto públicos como privados, ha quedado herida de muerte. De ahí que sea hora, si ha lugar, de demostrar la excepcionalidad del caso, salir a los mercados y defender la ortodoxia de las prácticas empresariales en nuestro país.

El daño está hecho, pero es reparable. Sistémico, pero reparable y, esperemos, ejemplarizante para quienes lo han causado. 

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