El peligroso jardín de Jaime Botín

Parece que el estudiante de la Escuela de Filosofía Jaime Botín –bonita forma de situarse fuera del sistema para censurarlo; ahora que Bárcenas se matricule en

Parece que el estudiante de la Escuela de Filosofía Jaime Botín –bonita forma de situarse fuera del sistema para censurarlo; ahora que Bárcenas se matricule en Políticas y nos dé lecciones a todos de estructura de los partidos– no ha entendido muy bien cuál es el argumento principal de la crítica que, al menos desde El Confidencial, se ha hecho a su artículo publicado el pasado 19 de septiembre en El País bajo el título de "La moral católica". Tan listo para los polinomios y tan torpe para los recaos.

Nadie discute su derecho a opinar lo que quiera, sino su legitimidad para defender posiciones morales que son exactamente las opuestas a las por él practicadas en el pasado. Puede el ladrón defender la propiedad privada, pero no es creíble. Ha ocultado dinero al fisco y sólo lo ha regularizado cuando Hacienda le ha apretado (la coincidencia temporal con las circulares mandadas por la inspección en aquellas fechas a determinados contribuyentes es, cuando menos, sospechosa). Esa es la realidad. Un insoportable mal ejemplo para sus empleados que, vaya por Dios (ups, perdón), no ha venido acompañado de asunción de responsabilidad alguna, precisamente lo que él reclamaba en su pieza. Esa y no la moral católica sí que es hipocresía en grado sumo.

No se trata nuestra censura, por tanto, de un ‘y tú más’, como erróneamente señala con posterioridad en su réplica a este diario, en tanto que no hay por nuestra parte "una defensa de las denuncias denunciando (sic) los pecados del otro", sino más bien de un "y tú qué", una suerte de castizo "cómo le puedes echar tanto morro a la vida". Más cuando, aun pudiendo, el bancario autor se cuida muy mucho de concretar cómo los medios nos podemos dar por aludidos a su ‘denuncia denunciada’ de doble rasero ético.

Sin embargo, el debate de las palabras se agota en sí mismo y lo que importa son los hechos. Esos son los que condenan a Jaime Botín, no sólo de forma efectiva (las decenas de millones de euros que ha tenido que pagar a Hacienda para regularizar su situación o la sanción grave recientemente impuesta por la CNMV son realidades objetivas que amparan el ‘y tú qué’), sino potencial.

Porque, en la medida en que uno esconde a la Administración Tributaria, a los inversores y al público en general una participación en una empresa y un patrimonio heredado –y no tributado en Sucesiones pese a la obligación legal de hacerlo– del tamaño del que estamos hablando, por mucho que los aflore víctima de un súbito ataque de patriotismo toda su actuación queda bajo la larga sombra de la sospecha. Y no es malévolo, sino hasta razonable, ponerse en el escenario peor. Quien incurre en pecado mortal, ¿acaso le importa el venial?

Podría uno llegar a pensar, de hecho, que en la privilegiada situación de poder en la que se desenvolvió el expresidente, consejo arriba, consejo abajo, horas de barcos y escopeta, pudo tener acceso a mucha información con la que engordar aún más su abultada posición financiera no declarada, ajeno a cualquier sujeción a las prolíficas directivas de transparencia e igualdad de oportunidades en mercado que en Europa existen. Seguro que no fue así... ¿o no? Se está metiendo él solito en un peligroso jardín.

Es verdad que Jaime Botín, forzado o no, ha reconocido la falta. Pero lo ha hecho sabedor de lo liviano de la penitencia (pago de sanción sobre rentas obtenidas y no sobre importe total, inhabilitación cuando la vida ya por sí sola le va inhabilitando). Así no vale. Si quiere que su discurso moralizante, censor de la ranciedad católica –viva el calvinismo–, tenga legitimidad –que, insisto, es de lo que estamos hablando– que se desnude financieramente y ponga todas las cartas sobre la mesa –especialmente por lo que a su actuación con las acciones no declaradas de Bankinter respecta: ¿las prestó?, ¿se puso alguna vez corto?, ¿cumplió con los periodos de blackout coincidentes con la publicación de sus resultados?–. Que revele, en definitiva, lo que de verdad ha hecho con su dinero escondido durante todos estos años. Sólo así podrá mirar de frente a los que ahora denunciamos su conducta.

En el alero del estudiante de la Escuela de Filosofía, esa que queda tan mal parada a resultas de la pobreza intelectual del discurso de su alumno, se sitúa esta pelota.

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