¿Deflación a la vista? Tiembla el Tesoro

Anda el patio revuelto con el Tesoro. Cosa de unos.Y es que ha gustado poco entre el sector financiero el que lance una mega campaña de

Anda el patio revuelto con el Tesoro. Cosa de unos.

Y es que ha gustado poco entre el sector financiero el que lance una megacampaña de publicidad dirigida al público minorista precisamente en la época en la que mayores vencimientos de depósitos afronta y cuando la demanda en mercado para los títulos soberanos españoles se mantiene muy elevada. "Éramos pocos y parió el crowding-out", afirman algunos de sus actores. Eso sí, de la forma en que el carry trade con esos mismos valores ha permitido maquillar el margen de intereses al sector, ni una palabra. Qué cosas.

Anda el patio revuelto con el Tesoro. Cosa de todos.

No son pocos los que se preguntan si hacer coincidir una acción como esta con el anuncio de que el volumen de deuda de la Administración española va a superar el 100% de nuestro lánguido producto interior bruto no es sino una provocación ya que ni la recaudación fiscal ha mejorado (ni, por tanto, la capacidad de repago no ya de los intereses, sino del principal); ni el coste de financiación –aún rebajado– se sitúa por debajo del crecimiento nominal de la economía, lo que provocará que la bola de endeudamiento siga engordando ‘orgánicamente’; ni la sensibilidad de los Presupuestos Generales a movimientos de los tipos de interés es menor, sino más bien lo contrario… en ambas direcciones. No se dejen engañar: cada día que pasa, las posibilidades de que le devuelvan lo aportado es menor salvo… que se lo confisquen vía impuestos y/o expropiaciones. Al final, pagamos los de siempre.

Anda el patio revuelto con el Tesoro. Cosa de tíos raros como McCoy. ¿De él sólo?

Y es que, si nos atenemos a la documentada información publicada ayer en este mismo soporte, la deflación, como Avon, llama a nuestra puerta. No estamos hablando, como sucedió durante meses, de una desinflación o reducción en el aumento del coste de la vida, sino de caídas de precios. Algo que ha marcado el siniestro destino económico, años de oscuridad estadística, de naciones como Japón. Un fenómeno que, como apuntaba nuestro director adjunto, Carlos Sánchez, no sólo afecta a las decisiones de inversión, posponiéndolas en el tiempo ante la creencia de que será más barato adquirir un bien o contratar un servicio mañana, sino también, y mucho, a la deuda pública.

¿Por qué? Es evidente que no hay un impacto en términos nominales. Si el Estado o las comunidades autónomas deben 100 euros, los deben a futuro –con sus intereses correspondientes– con independencia de lo que suceda con el nivel de precios.

Sin embargo, en términos reales, la realidad es otra. La inflación tiene un efecto beneficioso para el deudor ya que minora con el paso del tiempo el esfuerzo que tiene que realizar para abonar lo debido. Un euro hoy, si aumenta el coste de la vida, vale más que uno mañana (cuando con el mismo euro nominal podré adquirir menos producto). De ahí que, cuando hay una crisis de endeudamiento público, se hable de la inflación –de la hiperinflación más bien, con sus terribles consecuencias sociales y económicas– como una de las cuatro vías para solucionarla. Otras dos corresponden a la minimización del déficit que origina la deuda (consecución de crecimiento y/o imposición de austeridad) y la tercera a la aplicación de una quita que permita reducir el volumen total en circulación.

Por el contrario, la deflación produce el efecto inverso. Beneficia al acreedor y perjudica al que debe el dinero. Precisamente por las razones opuestas. El valor nominal de la deuda se mantiene, no dejo de deber 100 euros, sin embargo el real se multiplica ya que con el mismo euro podré adquirir más producto cuando me toque repagar el principal, con independencia de los intereses. Desde ese punto de vista, para una nación cada vez más endeudada como la nuestra, la deflación es una noticia terrible que mete presión adicional sobre la necesidad de generar recursos para devolver en el futuro lo recibido por esos incautos inversores a los que ahora se engatusa.

Anda el patio, efectivamente, revuelto con el Tesoro. Se quejan los bancos –viva José María Roldán–, se cuestionan la idoneidad de su planteamiento público los que tienen dos dedos de frente y hacen sus números y, sobre todo, ponen el grito en el cielo los que opinan, como un servidor, que si la deflación ha llegado para quedarse, que pudiera ser, cuidado con el servicio de la deuda, con el déficit y, vuelta la burra al trigo, con la sostenibilidad de nuestro Estado del bienestar. Porque, como le decían los peruanos a ese CEO bancario español que pisaba el país por primera vez a principios de los 90, "mire usted, señor mío, la macro va bien pero la micro…"

Pues eso.

 

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