Pero quién me manda a mí tener cinco hijos
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Pero quién me manda a mí tener cinco hijos

Coincidieron ayer en el tiempo dos informaciones que hablaban de lo mismo desde ópticas bien distintas.Por una parte, el WSJ se hacía eco del baby boom

Coincidieron ayer en el tiempo dos informaciones que hablaban de lo mismo desde ópticas bien distintas.

Por una parte, el WSJ se hacía eco del baby boom que está viviendo Francia. Su tasa de hijos por mujer en edad fértil se sitúa en 2,01, lo que la coloca en el segundo lugar en el escalafón europeo sólo por detrás de Irlanda. Mayor natalidad de la población inmigrante aparte, su justificación se encuentra en una intensa política de ayudas a la familia, que rozan el 4% del PIB nacional, casi el doble que el 2,2% de media de los Estados miembros de la OCDE (WSJ, "France struggles to pay for its baby boom", 26-11-2013).

Por otra parte, el Gobierno de España comenzaba a ponerse la venda antes de una herida que, seguramente, no se abrirá en su mandato: la de las pensiones públicas, modelo de reparto y no de capitalización absolutamente inviable en el entorno demográfico actual. Así, Luis de Guindos anticipó la creación de incentivos para fomentar la contratación de planes de pensiones privados por parte de los ciudadanos, actuando en primer lugar sobre unas comisiones de gestión que pretende reducir un 30%.

Ambas historias son distintas caras de la misma moneda. Al final, se usan todo tipo de subterfugios para evitar entrar en el meollo de la cuestión: el sistema actual de reparto no tiene futuro porque faltarán –si no faltan ya– contribuyentes y cotizantes para hacer frente a las prestaciones de una población que cada vez vive más –pensiones–, que, por ende, requiere de mayores cuidados durante más tiempo –sanidad– y que, precisamente por ello, es menos dinámica y emprendedora y, por tanto, menos capaz de generar riqueza, empleo e inversión. Este esquema Ponzi que recibe el nombre de Seguridad Social puede hacer agua más antes que después (VA, "La Seguridad Social, ese ingente fraude piramidal", 08-01-2009).

Es verdad que hay una circunstancia coyuntural que agrava el problema, que es el paro, con su doble efecto de falta de contribución (menos ingreso) y percepción de ayuda (más gasto). Pero aunque estuviéramos en una situación de pleno empleo, sin nacimientos, sin un fomento estratégico de la natalidad es imposible que este barco no se hunda irremisiblemente. Algo muy alejado del pensamiento de una parte sustancial de la sociedad española que contempla los cientos de miles de abortos que se producen en nuestro país al año como una conquista y no como una aberración no ya humana, que lo es, sino económica y social que condena nuestro futuro. En 2017 ya habrá menos nacimientos que muertes en la piel de toro, algo que sucede desde años en la población autóctona, no inmigrante.

Ha vuelto a poner el dedo en la llaga Alejandro Macarrón, al que siempre citamos al hablar de este tema por haber hecho del mismo, acertadamente, cruzada personal desde su Fundación Renacimiento Demográfico. Así, nos recuerda que, de acuerdo con las proyecciones del INE dadas a conocer la semana pasada, entre 2013 y 2023 el número de nacimientos en el territorio nacional caerá un 25%, al pasar de 456.000 a 340.000, cifras similares a las de finales del siglo XVIII, cuando el censo era un 80% inferior. Habrá más de 4,5 millones de ciudadanos menos en la franja entre los 25 y los 45 años, lo que supone una caída del 29%. El 22% tendrá más de 65 años, frente al 17% hoy día, y en muchas provincias la media de edad se acercará peligrosamente a los 50 tacos.

Son cifras ante las que permanecer indiferentes es suicida. De ahí que resulte más perentorio que nunca abordar esta cuestión, que no será urgente, pero sí la más importante, como recordamos tanto el año pasado como hace ya tres (VA, "España condena su futuro: no es lugar para niños", 02-07-2012 y "Dos noticias terribles que han pasado desapercibidas", 25-06-2010). En ambos posts propusimos numerosas líneas de actuación en términos de concepción, adopción, conciliación, ayudas, complementos y similares.

Como padre de cinco hijos, mi experiencia no puede ser más desalentadora. Los niños vienen con un pan espiritual debajo de un brazo, pero con un montón de facturas reales debajo del otro. Menos mal que ser familia numerosa es fruto de una convicción personal, porque todo está en contra. Los beneficios sociales, salvo honrosas excepciones, son escasos; las trabas numerosas (como, por ejemplo, gravar más a los coches más grandes cuando la normativa te obliga a llevarlos); y el reconocimiento social inexistente por más que nos hayamos convertido en la última esperanza para muchos que pondrán la mano mañana pese a quitar el cazo de su descendencia hoy, ahorro adicional del que ellos disfrutan para su jubilación.

Sólo una cierta concepción gremial permite ventajas privadas, mientras que las públicas brillan por su ausencia. El PP, como en tantas otras cosas, ha supuesto también en esta materia, al menos de momento, una enorme decepción. Está a tiempo de ponerse manos a la obra en un tema que es crucial. Se lo pido encarecidamente. No por interés personal, que también, sino por el de todos los españoles. El chiringuito no se sostiene y, cada día que pase sin que se apuntalen sus cimientos, va a ser peor.

Quedan avisados, el Ejecutivo y ustedes. Luego no se me quejen cuando no les llegue.

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