Duro ataque del Banco de España a las agencias de rating

“El proceso de modificación de los ratings de la deuda soberana es extraordinariamente asimétrico: sus rebajas tienden a ser más rápidas y profundas que las mejoras”.

Foto: Vista exterior de las oficinas de Fitch Ratings en Nueva York. (EFE)
Vista exterior de las oficinas de Fitch Ratings en Nueva York. (EFE)

“El proceso de modificación de los ratings de la deuda soberana es extraordinariamente asimétrico: sus rebajas tienden a ser más rápidas y profundas que las mejoras”. De este modo resumen Carmen Broto y Luis Molina, del Servicio de Estudios del Banco de España, su paperSovereign ratings and their asymmetric response to fundamentals”, publicado a finales de 2014. En él dan un severo tirón de orejas a esas agencias de calificación para las que “los fundamentales favorables de una economía son tenidos en cuenta a la hora de suavizar o retrasar los downgrades, pero no se valoran cuando de acelerar los upgrades se trata”.

Dicho así, parecería que la cosa no tiene más recorrido. Sin embargo, a lo largo de sus páginas, el documento encierra varias cargas de profundidad contra los Moody´s, Fitch o Standard & Poor’s de turno. No en vano, ya en la introducción, subrayan los autores que “siguen sin suministrar detalles suficientes de qué afecta a las calificaciones y cuál es el procedimiento que emplean para fijarlas”. La cuestión enraíza de manera directa con la enorme crítica a sus escasos medios y dudosos resultados que tuvo lugar coincidiendo con el cénit de la actual crisis financiera y que, por desgracia, tan escasas consecuencias ha traído para su negocio (Valor Añadido, “Lágrimas de cocodrilo por el rating: nadie metió mano a S&P’s”, 16-01-2012). Ahí siguen, pese a su descrédito, disfrutando del oligopolio.

Tras esta restricción metodológica inicial, parece que sobraría cualquier estudio adicional toda vez que la premisa básica de que “es en la actualización recurrente de los ratings donde descansa la confianza del mercado en quienes lo suministran” se vería quebrada de inmediato. Sin embargo, Broto y Molina prefieren hacer de tripas corazón y tirar adelante con su análisis, para lo que se centran en lo que llaman “ciclos completos de rating”, descenso a los infiernos calificativos de una nación y posterior subida, en el mejor de los casos, al purgatorio (la vuelta al cielo, esa es su tesis, suele ser inaccesible a corto y medio plazo). Si hasta 2007 la muestra era dominada por economías emergentes, desde entonces han participado muchas desarrolladas, al menos en su primera fase.

Un ejercicio redundante en tanto en cuanto sus investigaciones llegan a la misma conclusión: las agencias de calificación dominantes ni son de fiar en su proceder ni sus ratings se ajustan a la realidad de las economías que son objeto de los mismos. En la primera de las secciones hay, de hecho, una afirmación demoledora: “En la crisis asiática, el fallo reputacional de haber sido incapaces de anticipar lo que sucedió condujo a una sobreactuación que deterioró aún más la situación”. Zas, en toda la frente. Por más que este modo de actuar se pudiera basar en una supuesta búsqueda de la consistencia frente a la exactitud -visión de distintos economistas citados por los miembros del BdE,- el carácter procíclico y asimétrico hacia el desastre de su actividad es una evidencia que ahora los españoles justifican empíricamente.

Sea como fuere, estamos ante una necesaria llamada de atención sobre en manos de quién están numerosos inversores alrededor del planeta. Una más. Pese a que su criterio en forma de A, B o C es determinante para que un activo sea elegible por buena parte de las carteras del mundo mundial, siguen haciendo de su capa un sayo. Como recordamos en 2012, su reforma es imprescindible. ¿Por qué no se hace? Cosas de la política monetaria reciente, que permite tapar muchas, demasiadas vergüenzas y retrasar lo inevitable. Pero no se equivoquen, volverán las lágrimas de cocodrilo. Antes o después. Y entonces, documentos como el que hoy les traigo a colación, recuperarán todo su valor.

Ténganlo por seguro.

Amén.

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