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El problema de Brasil no es la economía (y por eso tiene poco remedio)
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Alberto Artero

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El problema de Brasil no es la economía (y por eso tiene poco remedio)

Brasil necesita un Pacto de Estado que permita cambiar las dinámicas inmovilistas que han llevado a esta situación y que afectan a todos los poderes -legislativo, ejecutivo y judicial- y a la economía

Foto: Foto: Reuters.
Foto: Reuters.

Brasil ya es bono basura.

El miércoles S&P rebajó su rating a BB+, justo un escalón por debajo de ese investment grade al que le hizo acreedor la misma agencia de calificación allá por 2008.

La decisión no ha sido una sorpresa para casi nadie. La evolución del real en lo que va de ejercicio y el coste exigido por el mercado para su renta fija soberana así lo vienen anticipando desde hace meses. El catalizador ha sido la presentación de unos Presupuestos 2016 que incluyen, por primera vez en décadas, un déficit primario del 0’5%, esto es: tendrá que pedir prestado para pagar… los intereses de la deuda.

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(vía The Economist)

Si la causa última se encuentra, si nos atenemos a la Historia, en su secular dependencia de las materias primas, fundamentalmente agrícolas.

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(vía Sober Look)

En cualquier caso, y desde el punto de vista macro, el país está hecho un desastre. Prácticamente no hay indicador que se salve. Sólo, quizás, una baja tasa de desempleo cuya existencia se justifica, en buena medida, en la existencia de amplísimas bolsas de economía sumergida, de gente que prefiere operar fuera del sistema. Es precisamente esa realidad la que permite que el pesimismo no se apodere de unos ciudadanos que se manejan razonablemente a pie de calle, fuera de la influencia de un Gobierno al que valoran entre mal y peor.

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(vía Sober Look)

Hacen bien.

Porque ese es su problema principal. Que está concebido como una partitocracia donde los que gobiernan se lo llevan crudo gracias a una corrupción rampante que asusta. Los años de gobierno del Partido de los Trabajadores no han hecho sino sociabilizar el problema. De una clase elegida a los niveles medios de la Administración. El resultado es una nación paralizada, incapaz de acometer las reformas estructurales y las políticas de corto plazo que necesita al primar los intereses particulares de legisladores y gobernantes sobre los generales del pueblo.

Una tragedia que va más allá del mayor o menor enriquecimiento de unos cuantos. Llegados a este punto, Brasil necesita una suerte de Pacto de Estado lo más amplio posible que permita cambiar las dinámicas inmovilistas –sirva el oxímoron- que han llevado a esta situación y que afectan a todos los poderes -legislativo, ejecutivo y judicial- y a la economía. Una revolución de dentro a fuera forzada por una percepción terrible sobre su futuro de fuera adentro.

Resulta sorprendente, por ejemplo, que la ley electoral no contemple comicios anticipados pese a que la popularidad de Dilma Rousseff apenas llega al 8%. Parece, igualmente, sangrante que el 90% de las partidas presupuestarias de gasto vengan establecidas constitucionalmente, lo que reduce la actuación sobre las cuentas públicas a los impuestos. Eso por no hablar de un sistema de representación parlamentaria que favorecere una fragmentación llena de servidumbres y pactos, con su correspondiente dosis de precariedad.

Estamos ante uno de los países más ricos del mundo con amplios recursos naturales, una mano de obra dinámica y aspiracional, una capacidad empresarial innegable, un desarrollo potencial brutal tanto en infraestructuras como en obra civil y un ímpetu tecnológico ni mucho menos desdeñable. Falla la Administración, garantista con el trabajador, absurdamente proteccionista, incapaz en la planificación, lenta en la materialización, nula en el control. Reactiva que no proactiva. Un ejemplo palmario lo tenemos en lo poco que ha sido capaz de conseguir alguien tan de mercado como Joachim Levy, el ex banquero de inversión que comanda actualmente el Ministerio de Economía, no se sabe por cuanto tiempo.

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(vía The Economist)

Siendo ese un diagnóstico válido, probablemente como tantos otros, el verdadero problema de tan particular enfermo es que no hay tratamiento posible sin el cambio de mentalidad de unos dirigentes que tienen muy poco que ganar y mucho que perder en el corto plazo, el vivo al bollo y la nación al hoyo. Si la rebaja de la calificación crediticia de Brasil a bono basura, con la consecuente fuga de capitales, debilitamiento adicional de la moneda y mayores tipos de interés, no propicia algún tipo de cambio en el funcionamiento administrativo del Estado, nada habrá que lo consiga.

A este enfermo le quedan años de padecimiento. Desgraciadamente.

Buen fin de semana a todos.

Brasil ya es bono basura.

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