Y Suecia sacó su fusil: por qué se hundieron ayer las bolsas

La relación entre menores tipos de interés e inflación, en un entorno de exceso de oferta, tiende a ser nula. Y, por tanto, es un error el empeño de los supervisores de seguir por esa vía

Foto: Un aficionado ondea una bandera canadiense en un partido de hockey hielo en Malmo. (Reuters)
Un aficionado ondea una bandera canadiense en un partido de hockey hielo en Malmo. (Reuters)

La explicación ha encontrado amplio predicamento en la prensa anglosajona y escasa repercusión en la española. Entre las razones del enésimo desplome de las bolsas en lo que va de año, se encontraría la bajada del tipo de intervención de Suecia del  -0,35% al -0,5%. El Riskbank no solo es el banco central más antiguo del mundo, tal y como nos recuerda el FT en esta pieza, sino que, además, fue el primero en poner el precio del dinero por debajo de cero. Marca, por tanto, un camino.

El caso sueco tiene, también, una particularidad. Resulta casi imposible escapar al efecto de los tipos de interés negativos sobre su economía, por lo que lo que sucede en su territorio puede ser considerado como una experiencia casi pura. El 95% de las transacciones minoristas se hace ya con dinero electrónico, y la circulación del físico ha caído un 27% en los últimos cinco años. No hay, pues, tanta capacidad de excluirse del sistema manejando liquidez en efectivo.

Pues bien, antes de entrar en la decisión de ayer, ¿cuál había sido el impacto hasta ahora de esta experiencia?

La palabra que lo definiría es 'fracaso', tal y como se han encargado de recordar los analistas de HSBC en un informe publicado el pasado 8 de marzo: ‘A year below zero: have negative interest rates worked in Sweden?’ (los gráficos son del estudio); 12 meses más tarde de haber implantado, la medida la inflación se mantiene en niveles cercanos a cero -es más, sus expectativas se revisaron ayer a la baja-, mientras que la corona no solo no se ha depreciado sino que cotiza aún más cara respecto al euro y el resto de sus contrapartidas comerciales.

Es verdad, reconoce el autor del documento, James Pomeroy, que ha ayudado al crecimiento y al empleo, que diría el ínclito Rajoy. Suecia crece a niveles cercanos al 4%, con el consumo y la producción industrial muy fuertes, a la vez que sus tasas de desempleo son cada vez menores. Pero, y aquí está la madre del cordero, esos logros lo han sido a costa de poner en riesgo la estabilidad financiera. Las casas se han revalorizado un 25% en los últimos dos años mientras que el crédito aumenta a un ritmo del 7% interanual, pese al enorme apalancamiento privado existente en el país, uno de los mayores del mundo. La banca, por su parte, sufre pese a esa nueva producción, al no poder trasladar el coste de los tipos negativos a sus clientes.

Este 'mix', como saben todos ustedes, suele terminal abruptamente y mal, llevándose por el lado de las consecuencias económicas del estallido de la burbuja, recesión de balance de particulares y empresas, lo conquistado durante los años de bonanza por la actividad real. Que nos lo digan a nosotros, los españoles, que vemos 'Sálvame', nos guarde Dios.

No es de extrañar el llamamiento cuasi desesperado del Banco de Suecia al anunciar ayer el recorte para que los reguladores controlen el despendole de la financiación ajena.

Apañados van.

El vivo al bollo…

Es verdad que Suecia tiene una serie de particularidades únicas que no son extrapolables al conjunto de las economías europeas. Pero sí que se puede extraer una conclusión inequívoca de su experiencia: al final, la relación entre menores tipos de interés e inflación, en un entorno de exceso de oferta, tiende a ser nula. Y, por tanto, el empeño de los supervisores de seguir por esa vía no solo alentará aún más los desequilibrios financieros sino que, por si fuera poco, producirá la quiebra inevitable de la banca.

Alguno podrá decir que no es así, que miremos el 'milagro español' desde que Draghi pronunció su celebérrimo 'whatever it takes' en el verano de 2012. ¡Qué hubiera sido de nosotros sin su intervención! Sin embargo, les recomiendo que echen un vistazo a lo que ha pasado con nuestra deuda pública desde entonces. El sacrificio de los particulares no ha venido acompañado por un esfuerzo similar del gobierno que se ha beneficiado de la mejora en su financiación para comprometer el futuro de varias generaciones. Hemos crecido sí, pero... ¿a qué coste?

Uno no sabe si es peor lo uno o lo otro...

Avisado queda, BCE.

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