Bertín Osborne prepara el salto a la política, ¡tiembla Pablo Iglesias!

"Conocido de la gente, con un mensaje claro y sin vergüenza alguna para expresarse tal cual es, tendría muchos más votos de los que ustedes creen"

Foto: Fotografía de archivo de Bertín Osborne. (Gtres)
Fotografía de archivo de Bertín Osborne. (Gtres)

Fue este verano, en el restaurante Windsor de Barcelona, ante una minoría escogida de representantes del mundo empresarial catalán. El analista especializado en comicios electorales USA cogió el micro y explicó la fuerza electoral de Trump de la siguiente manera: "Salvando las distancias, es como si aquí se presentara Bertín Osborne. Conocido de la gente, con un mensaje claro y sin vergüenza alguna para expresarse tal cual es, tendría muchos más votos de los que ustedes creen".

Su reflexión, más o menos acertada, no ha dejado de dar vueltas en mi cabeza desde entonces. Y no solo circunscrita al ámbito de los Estados Unidos, sino al conjunto de la política internacional y, más en concreto, a las democracias que de verdad lo son. Se ha ido concretando, con el paso de los meses, en tres ideas clave: el liderazgo, la trascendencia y la educación. Tres conceptos cuyo deterioro nos ha conducido a la encrucijada de mediocridad en la que nos desenvolvemos hoy y que puede suponer un lastre para varias generaciones.

Déjenme que me explique de manera sucinta, que el 'post' da para lo que da.

A día de hoy, cabe poca discusión acerca del hecho de que el próximo presidente de la primera potencia del planeta no va a ser alguien predestinado por la historia para ello por sus dotes de estadista, visión de país y capacidad de arrastrar al pueblo tras él, sino el menos malo de dos candidatos patéticos, uno por su arribismo y la otra por su imprudencia. Se cumplirá allí, como en tantas otras naciones ‘civilizadas’ en los últimos años, la máxima acuñada en su día por el funesto Zapatero: "Cualquiera puede ser presidente del Gobierno". Algo que, no se equivoquen, es una derrota de la democracia y no al revés. Porque el mandato implícito del elector al elegido pasa —o debería hacerlo— por que el segundo deje una herencia mejor que la recibida. Y en la medida en que, por incapacidad o interés propio, eso no ocurre, el sistema hace aguas. Miren a su alrededor y me dicen si no. La primera gran crisis es la derivada de una falta dramática de líderes. Y en España no se resuelve dejando a Felipe VI en Zarzuela.

 

¿Cómo se ha llegado a esta situación? Es evidente que, como señalaba un político ya fallecido de la UCD de manera recurrente a quien quería oírle, se ha pasado de "arriesgar prestigio y fortuna en la política a buscar el prestigio y la fortuna con la política". El uso de las preposiciones no es baladí. Históricamente, el ejercicio de la política, especialmente en el mundo anglosajón, se circunscribía a una élite socioeconómica que, teniendo resueltas de manera holgada sus necesidades vitales, se empeñaba en la tarea pública, a veces con más acierto, otras con menos. Nunca más. La demonización de la acción política, en términos de prestigio, remuneración y responsabilidad, ha favorecido la llegada a ella de muchos que tienen poco que perder y mucho que ganar en el envite y que, por tanto, convierten lo que debería ser un servicio vocacional en una profesión sin ninguno de los atributos de aquél. Hablar con algunos de los que recientemente han abandonado el barco de Rajoy para volver al ámbito privado pone los pelos de punta: cuerpo a tierra que vienen los nuestros, cuidado con asomar la cabecita. Nada trasciende, no hay un horizonte que no se agote en la siguiente elección, salvo contadas excepciones. Y, siendo así, el problema de arriba abajo se hace más y más estructural.

Sin liderazgo, trascendencia o formación integral, al menos que el que nos gobierne sea guapete, aseadito y cuente chistes como ninguno

Es evidente que, en la génesis de todo, se encuentra el paulatino deterioro de la educación, materia sobre la que sorprende la incapacidad de la clase dirigente para ponerse de acuerdo. O no. Porque la realidad es que no interesa. En la medida en que se mantiene al pueblo en la incultura, la capacidad de manipulación crece exponencialmente y el riesgo de que abra los ojos y se dé cuenta de la falta de legitimidad de quien le pastorea a su antojo es menor. La falta de un proyecto educativo se ha convertido en una suerte de mecanismo de defensa del sistema. Solo así se explica que en regiones trufadas de corrupción siga saliendo como fuerza más votada la misma formación bajo cuyo gobierno se multiplicó, o que casos flagrantes de malversación no tengan impacto real en las urnas hasta que la justicia no quita de en medio a sus principales actores. Solo así se comprende, también, que cualquiera que llegue con promesas del País de Nunca Jamás, que no aguantan la mínima cuenta de la vieja, se lleve millones de votos de quienes prefieren optar por el que promete el paraíso sin importarles que les conduzcan al infierno. No hay memoria, no hay contexto, no hay pensamiento crítico, porque no hay educación.

Precisamente por todo lo anterior, Bertín Osborne podría llegar a ser presidente del Gobierno si se lo propusiera. No porque no haya hecho méritos para ello, que seguro, sino porque sin liderazgo, trascendencia o formación integral, al menos que el que nos gobierne sea guapete, aseadito y cuente chistes como ninguno. Si se anima a dar el salto, ¡tiembla Pablo Iglesias!, que para advenedizos con conejos en la chistera muchos se quedarán con este.

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