El día después de Catalunya del que Puigdemont no quiere hablar

Por más que Puigdemont y los suyos vivan instalados en el irreal mundo del ‘porque yo lo valgo’, el panorama que esperaría a una Catalunya independiente sería demoledor

Foto: El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont. (Reuters)
El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont. (Reuters)

Las cosas en Catalunya van sucediendo, para desgracia del Gobierno, según el guion fijado de antemano por los nacionalistas, que han sido maestros en el uso de algunos principios básicos de psicología social que me recuerda mi amigo el psiquiatra Javier Quintero: convertirse en víctimas, siendo culpables; adueñarse de conceptos universales como paz, democracia, libertad…; movilizar (aún más) emociones aludiendo a términos execrables como la represión; apelar a un apoyo generalizado dentro y fuera de su territorio (por más que este último sea una quimera de imposible individualización).

Ahora queda la declaración unilateral de independencia.

Y la reacción del Estado.

Aunque ha habido muchos que han explicado el día después para los catalanes en el caso de que lo propuesto por sus dirigentes llegara a materializarse, bueno será reflexionar sobre la validez de tal estrategia en relación con sus finanzas. Y, por más que Puigdemont y los suyos vivan instalados en el irreal mundo del ‘porque yo lo valgo’, lo cierto es que el panorama que esperaría a una Catalunya independiente sería demoledor.

Partamos de una premisa. Catalunya nacería en una situación de 'default' por la cancelación unilateral de su deuda con el Estado español. Mal punto de arranque, toda vez que los inversores no entienden de cuestiones sentimentales ni de historia tergiversada. No habría dinero de fuera y, en caso de que algún fondo decidiera apoyar al Govern, sería a costa de condicionar su recién lograda soberanía. No en vano, a los previsibles niveles de cotización de su deuda, solo los oportunistas entrarían en busca de un rédito rápido. Y, amén de la inestabilidad que generan, estos actores no paran mientes a la hora de apretar al deudor. Que se lo digan a, por ejemplo, Argentina.

Catalunya nacería en una situación de 'default' por la cancelación unilateral de su deuda con el Estado español. Mal punto de arranque

Pero es que tampoco tendría fondos para hacer frente a sus gastos corrientes. Sin el dinero del fondo de liquidez autonómica (FLA), Catalunya no puede pagar educación, sanidad y demás competencias delegadas total o parcialmente a la región, amén de carecer de fondos por sí sola para hacer frente a las prestaciones por desempleo o jubilación, por poner solo dos ejemplos. Salvo que entren en una irracional espiral recaudatoria, no les da. El efecto bola de nieve de esta realidad sería tremendo. De hecho, hasta ahora el Govern ha jugado con que el Estado no puede desatender a los españoles, estén donde estén. Ha sido más un secuestro con rehenes que un golpe de Estado. Pero si eso llegara a ocurrir, el caos sería total. Bienvenidos a la realidad.

Más aún, no se puede olvidar que hay una convención vigente de enorme trascendencia, por más que, al calor de la crisis, hayan surgido intentos de tratar de desmantelarla. Todos los flujos financieros entre ahorro e inversión se realizan a través de unos bancos y cajas que, a su vez, están sujetos a autoridades supranacionales y a la instrucción de la Justicia. O bien Catalunya crea una banca pública que parta de cero, o bien nacionaliza parte de la existente. Si no va a ser imposible movilizar a día de hoy fondos hacia una autoridad no reconocida o bloqueada. Esta es una cuestión de la que apenas se habla, pero que tiene una relevancia sustancial. Resolverla no es ni mucho menos baladí. Al contrario.

Eso, por no hablar de la cuestión de la moneda, que está por ver. Como tuviera que crear una nueva, cuidadín. Nacería hasta tal punto devaluada que tendría efectos demoledores en la inflación y en el poder adquisitivo de sus habitantes.

Sin inversión extranjera, sin ayuda de Madrid y con problemas para mover fondos, la Catalunya independiente del día después, tal y como está planteada, unilateral y sin periodo alguno de transición, entraría en una situación financiera crítica de difícil salida a corto plazo. Es evidente que los teóricos de la revolución saldrán de rositas de esta. Ya se habrán encargado en estos meses de ponerse a salvo. Otro gallo cantará para el catalán de a pie. Esta es la realidad de la que no quiere hablar el 'president'. Pero es la que, para desgracia de los que le apoyan, terminará imponiéndose.

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