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El día en que Popular pudo no abrir (y armar el taco) por culpa de un papel

Sus clientes se habrían encontrado con las sucursales cerradas, la banca 'online' deshabilitada, los cajeros inoperativos y las tarjetas de crédito bloqueadas

Foto: Foto: Reuters.
Foto: Reuters.

La mañana de la intervención primero y adjudicación al Santander después del Banco Popular, 7 de junio de 2017, la entidad estuvo en un tris de no abrir. Sus clientes se habrían encontrado con las sucursales cerradas, la banca 'online' deshabilitada, los cajeros inoperativos y las tarjetas de crédito bloqueadas. Habría supuesto un 'shock' de consecuencias impredecibles, no solo para el sistema financiero nacional sino para el conjunto de España. Solo la llegada 'in extremis' de un papel permitió que eso no sucediera y que la relación de acontecimientos que condujeron al ‘feliz’ desenlace no culminara de manera distinta. Así se escribe la historia.

En efecto, el frenesí presidió todo lo que sucedió a lo largo de esa noche y la tarde anterior. Una vez que el Mecanismo Europeo de Resolución decide intervenir, hay que buscar un comprador a toda prisa. De los que habían estudiado los números en la ventana abierta por Emilio Saracho, CaixaBank ni avanza en el proceso de 'due diligence' acelerada; BBVA se descarta de inmediato, excusándose su presidente en la imposibilidad de celebrar un consejo en tiempo y forma para la aprobación de la transacción (“todo esto es una chapuza”, dicen que dijo); Bankia, por su parte, que veía el negocio con buenos ojos por su complementariedad con el suyo, estaba limitada por la restricción temporal del 30 de junio fijada por Europa para poder acometer ninguna transacción y no llegó por los pelos. Solo quedaba Santander.

La presidenta del Banco Santander, Ana Patricia Botín, comparece tras la adquisición del Popular. (EFE)
La presidenta del Banco Santander, Ana Patricia Botín, comparece tras la adquisición del Popular. (EFE)

Comenzó entonces una negociación acelerada con la entidad presidida por Ana Patricia Botín tanto sobre el precio a pagar (o mejor dicho, las pérdidas a aflorar, a fin de que no sobrepasaran el importe de los instrumentos susceptibles de 'bail-in' y, de esta forma, la decisión no afectara a las arcas públicas una vez descartada la posibilidad, por la premura, de una EPA o similar), como sobre el modo en el que el acuerdo sería finalmente ejecutado. El tiempo corría en contra de las partes intervinientes, ya que a los líos propios de la operación se unieron otros de carácter burocrático y administrativo como, por ejemplo, la necesidad de recabar las autorizaciones de los reguladores bancarios de aquellos mercados en los que el comprador y el comprado estaban presentes. Más de 20 ‘nihil obstat’ a obtener en tiempo récord por varios continentes.

Todo habría transcurrido sin más sobresaltos que los propios de la celeridad con la que había que completar todo si no existiera una tachuela llamada TotalBank, la filial del Popular en Estados Unidos. Una firma cuya venta había sido paralizada por el efímero presidente tras su desembarco desde JP Morgan, pese al interés y los múltiplos que estaban dispuestos a pagar los chilenos de BCI, los mismos que le habían comprado el City National Bank a Bankia. Su deseo de analizar otras opciones había dejado en barbecho un proceso que ahora suponía un obstáculo para el cierre de la transacción con el Santander. Un impedimento de calado en un país donde en cuestiones regulatorias se andan con pocas bromas.

¿Por qué? A resultas de suspender los test de estrés durante tres años consecutivos, lo que supuso que rodaran diversas cabezas directivas por el camino, Santander USA no solo no podía recomprar acciones o repartir dividendo a su matriz sino que se veía imposibilitada a hacer adquisición alguna en territorio estadounidense. Comprar el Popular significaba de manera automática tomar el control de TotalBank, algo que no podía suceder sin el visto bueno o ‘waiver’ de la Reserva Federal. Un requisito que no hubiera sido necesario tan solo tres semanas más tarde, cuando la Fed, por fin, le dio el aprobado al banco español en capital y gobierno corporativo.

Conseguir doblegar la mano del supervisor bancario de la primera potencia del mundo no es cosa fácil. Aunque el huso horario corría a favor de los españoles, la cosa se fue complicando por momentos, hasta el punto de que se hizo necesaria la intervención directa de las autoridades europeas. Nadie en ese país se la coge con papel de fumar. Mientras, las horas pasaban y la tensión entre los ejecutivos del Popular —convocados a consejo a las siete de la mañana—, los que lideraban la operación en el Santander —presionados para el cierre— o el hombre del FROB que lideraba el MuR en España, Jaime Ponce, correo que viene y va, aumentaba con mensajes cruzados por doquier en medio de una extraordinaria incertidumbre.

Por fin, poco antes de que el banco tuviera que poner el cartel de ‘cerrado por iliquidez’, el dichoso papel llegó y se pudo hacer el anuncio público del acuerdo.

Por los pelos.

De no haber sido así, otro gallo nos cantaría a día de hoy. Las imágenes de clientes e inversores a las puertas de las sucursales del Popular habrían dado la vuelta al mundo.

Sin duda.

Pero se evitó.

Y es que, como les decía antes, así se escribe la historia y así se la hemos contado.

Un papel a punto de cambiar el destino del que fuera banco más rentable de Europa.

¿A peor?

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