Las cosas del bitcoin que conviene preguntarse… para despertar de la fantasía

No sirven ni de unidad de cuenta, ni de medio de pago, ni como depósito de valor. Aquí podrá aclarar alguna de sus dudas sobre esa moneda tan de moda

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El ‘bitcoin’ está de moda, siendo la punta de lanza de lo que se han dado en llamar las criptomonedas por más que a duras penas respondan a esa definición, al menos en su estado actual. No sirven ni de unidad de cuenta, ni de medio de pago, ni como depósito de valor. Todo lo más una ‘convención’ a la que dota de mayor legitimidad el sustrato tecnológico que la soporta. Pero, poco más. No se lleven a engaño. De hecho, servidor puso negro sobre blanco hace cuatro años sus impresiones solo para ya concluir entonces ‘no lo pierdan de vista aunque suena (casi todo) a ¿chiste?’. No he cambiado en exceso de opinión.

Por partes.

El concepto ‘convención’ es relevante. De hecho, la proliferación de este tipo de ‘activos’ virtuales lo pone de manifiesto. En la medida en que dos partes aceptan cualquiera de esas ‘divisas’ como algo susceptible de ser objeto de una transaccionalidad protegida, plas, queda configurada como válida. Es un acuerdo entre partes similar al que podríamos establecer entre los vecinos de mi comunidad solo que, en este caso, en la adopción de los ‘valdemarines’ la confianza personal primaría sobre la seguridad informática. Aunque, en el fondo, en su inspiración, es lo mismo.

El concepto ‘convención’ es relevante. De hecho, la proliferación de este tipo de ‘activos’ virtuales lo pone de manifiesto

Cierto, no es menos convención el dinero fiduciario, billetes y monedas en circulación emitidos por los bancos centrales, promesa de pago que desde la ruptura del patrón oro no viene sustentada por ningún activo físico y cuyo respaldo real, tras la loca expansión monetaria de los últimos años, es aún más cuestionable. Es precisamente en una hipotética quiebra del sistema actual en la que encuentra acomodo este invento. Y la que justifica que se conciba en origen como ‘numerus clausus’, una escasez que sin duda anima su cotización pero que limita todo lo demás.

Porque, a la hora de la verdad, ¿para qué sirve un bitcoin?

Como señalábamos al arranque de este post, buena parte de los principios fundacionales del concepto bitcoin quedan en nada desde el momento en que su valor queda fijado en relación con una moneda estándar de curso legal como es el dólar. Es verdad que sirve de mera referencia, ya que no hay diferenciales de crecimiento, precios o balanzas fiscales que incidan en su evolución, pero lo cierto es que es el billete verde quien lo dota de peso específico. Sin ese ‘benchmark’, ¿cuánto vale? Lo que alguien esté dispuesto a aceptar o a pagar. Vale, ¿en relación con qué? No es, por tanto, unidad de cuenta per se.

Entramos ahora en su consideración como vehículo para las relaciones comerciales. Supongamos que usted entra en una tienda y le dice a su propietario, tenga este bitcoin que me llevo producto por valor de 17.000 dólares. ¿Cómo creen que reaccionaría? Para que un instrumento sea aceptado como medio de pago tiene que haber volumen y rotación. El hecho de que sean los que son, y no más ni menos, dificulta la formación de un mercado eficiente. Será disfuncional por definición quedando además sujeto a dos riesgos esenciales de los que carecen las divisas ordinarias: la proliferación de alternativas que devalúen su ya mermada funcionalidad, uno, y, dos, el riesgo de que el código termine siendo revelado y, con él, se ponga fin a esta fiesta cibernética.

Alguno dirá: ‘Ya, pero el que metió dinero en su día se ha forrado. Miren los Winklewoos. Les ha salido casi más a cuenta que estar en Facebook’. No se puede negar la evidencia, es así. Que les quiten lo bailao. Sin embargo, vuelta la burra al trigo, a día de hoy son escasez y potencialidad los que justifican el precio al que se intercambian. Sin la primera y/o la segunda, ¿en qué quedaría? Hoy día es más artículo de coleccionista al que no se vislumbra un paso a algo que vaya más allá de haber sido una primera manifestación de ese blockchain subyacente que sí va a dar mucho que hablar, tanto en términos de potenciales eficiencias ligadas a su generalización como de perjuicios que surgen del elevado nivel de recursos energéticos que demanda para su desempeño.

A partir de aquí, jueguen a la ruleta como sugiere Francisco Paramés. Puede que salga rojo o negro. Lo mismo hasta aciertan. Pero la esperanza inversora en un bien cuyo valor residual tiende a cero por todo lo dicho, ¿no es un tanto aventurado? Suicida más bien cabría decir…

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