Donald Trump: el comportamiento de un presidente disruptivo

Los conflictos han empezado inmediatamente después de que el nuevo inquilino de la Casa Blanca tomase posesión del cargo. En la práctica su poder es limitado, excepto para generar caos

Foto: Donald Trump habla ante la Conferencia De Acción Política Conservadora en Maryland, el 24 de febrero de 2017 (Reuters)
Donald Trump habla ante la Conferencia De Acción Política Conservadora en Maryland, el 24 de febrero de 2017 (Reuters)

Las broncas empezaron casi en el momento de jurar el cargo, cuando la multitud que se congregó ante la fachada oeste del Capitolio, sede de la inauguración, no fue aparentemente tan numerosa como la que se había registrado cuatro años antes con motivo del inicio del segundo mandato de Barack Obama. A Donald Trump le faltó el tiempo para ordenar a su atribulado secretario de Prensa, Sean Spicer, que congregara a los representantes de los medios de comunicación para acusarles de difundir “información deliberadamente falsa” sobre la mencionada asistencia a la toma de posesión.

Casi sin solución de continuidad, primero a través del tuit y luego en alguna que otra declaración pública, el nuevo presidente volvió a uno de los temas favoritos de la campaña, que el sistema electoral estaba trucado y que había votado ilegalmente mucha gente. La razón de una acusación tan dañina para la reputación democrática de las instituciones de su propio país fue, indudablemente, la abrumadora diferencia en votos populares –casi tres millones- que le separaron finalmente de su rival, Hillary Clinton, en las elecciones del pasado 8 de noviembre. Incluso ha llegado a afirmar que, sin California, él habría obtenido más votos populares que su rival, obviando un pequeño detalle, a saber, que en Golden State vive más de un 11% de los habitantes de todo el país.

Cuando los días se convirtieron en semanas fue emergiendo la septuagenaria figura de un presidente -el primero desde tiempos inmemoriales en mudarse a la Casa Blanca sin la familia-, que se levanta a las seis de la mañana y que permanece pegado al receptor de televisión en albornoz durante horas, al tiempo que tuitea compulsivamente, sobre todo para atacar a sus detractores y contestar instantáneamente a todo lo que le ofende en ese momento.

Por otra parte, tiene un sentido del 'management' harto especial, del que ya hizo gala durante la campaña y también a lo largo de su dilatada trayectoria empresarial. A diferencia del último inquilino republicano de la Casa Blanca, George Bush júnior, no da la sensación de que Trump vaya a nombrar una especie de consejero delegado del tipo Dick Cheney para que le gestione el día a día. Por el contrario, practica una dirección más bien caótica, en la que deja que sus colaboradores se peleen entre ellos para luego imponer –obviamente- su voluntad.

De la triada de subordinados de despacho preferencial con el presidente, el jefe de Estrategia Stephen Bannon, el jefe de Gabinete Reince Priebus y el vicepresidente Mike Pence, parece evidente que el primero es que más avanzado en la imposición de sus peligrosas teorías. En opinión de la revista Time, Bannon no está en la Casa Blanca por prestigio ni mucho menos por dinero, sino para cambiar el mundo, así como suena. Que su primera iniciativa, el decreto anti-inmigración, haya provocado movilizaciones y protestas y se haya revelado desde el punto de vista jurídico como un auténtico fiasco para nada parece haber modificado la actitud de este virginiano de 63 años, casado tres veces y otras tantas divorciado, que es la única persona a la que se le permite el acceso al despacho oval sin la preceptiva corbata.

El jefe de estrateiga de Trump, Steve Bannon (EFE)
El jefe de estrateiga de Trump, Steve Bannon (EFE)

A Bannon le precedía una insólita carrera en la Marina, en la banca de inversiones (Goldman Sachs), cinematografía y periodismo cuando Donald Trump le fichó en agosto del año pasado para enderezar su maltrecha campaña. Era el CEO de Breitbart News, un portal ultraconservador asociado a la plataforma alt right, que la propia revista Time caracterizó de racista, sexista y xenófoba, con ocasionales ramalazos de antisemitismo. Para Bannon, la identidad del enemigo es evidente desde hace tiempo, como lo prueba el guión que escribió en el 2008 para un documental cuyo nombre lo dice todo: “Destruyendo al Gran Satán: El alza del Islamismo Fascista en América”.

Impulsor de toda suerte de teorías conspirativas tan del agrado de su actual jefe, Bannon fue el artífice en la recta final de la campaña de una estrategia que contradecía una de las teorías políticas convencionales, la de la necesidad de volver al centro para imponerse en los comicios. Por el contrario, Trump acentuó su perfil más divisivo, especialmente en los debates televisados. Para sorpresa de extraños, y también de algunos propios, la estrategia funcionó, aunque fuera por los pelos y gracias a los mínimos márgenes obtenido por el candidato republicano en tres estados, Pennsylvania, Michigan y Wisconsin, que llevaban votando al candidato demócrata a la presidencia desde hacía un cuarto de siglo.

Al margen de la comentada chapuza anti-inmigratoria, las primeras medidas de la Administración Trump han sido más controvertidas en las formas que en fondo, puesto que el tratado comercial con algunas naciones del Pacífico ya estaba muerto en la práctica y tampoco puede sorprender que pretenda reanudar los oleoductos paralizados por Obama o anunciar su intención de eliminar buena parte de la regulación financiera que surgió como respuesta a la gran crisis del 2008. En cambio, en las normativas en las que el Congreso debe adoptar un mayor protagonismo, como la reducción de impuestos, el incremento de las inversiones en infraestructuras o la contrarreforma sanitaria apenas se ha avanzado, por no decir que nada en absoluto.

Lo que nos lleva al mayor motivo de preocupación que suscita la Administración Trump, que es la política exterior, entre otras cosas porque jueces y legisladores atan en corto al presidente estadounidense en política doméstica. A pesar de que el nombramiento de Rex Tillerson como secretario de Estado –Asuntos Exteriores- suscitó ciertos recelos por su presunta amistad con Vladimir Putin, a un tipo que ha sido CEO de una macro empresa como Exxon la prudencia y la discreción se le suponen. Más preocupa la política comercial que pueden llevar a cabo proteccionistas a ultranza como el propio presidente, el secretario de Comercio Wilbur Moss o el presidente del recién creado Consejo Nacional del Comercio, Peter Navarro.

Y, por supuesto, preocupa la proclividad de Trump a hacerse adversarios de la noche a la mañana, como México, la Unión Europea o incluso un aliado incondicional como el primer ministro de Australia, improbable víctima del enfado del presidente en el transcurso de una llamativa conversación telefónica. Si trata así a amigos y aliados históricos, ¿qué no hará con los adversarios?

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