'Quid pro quo' y bolsos Louis Vuitton

La tercera semana de 'impeachment' ha acabado y con ella ha estallado la famosa locución latina entre Trump y Zelenski a vueltas con los negocios de Hunter Biden

Foto: Trump durante la vista a la fábrica de LVMH en Texas. (Reuters)
Trump durante la vista a la fábrica de LVMH en Texas. (Reuters)

Es la locución latina más utilizada en Estados Unidos. La sentencia de moda pronunciada con vehemencia, con un pequeño movimiento de las vértebras hacia atrás, con el dedo a medio levantar y con una ligera caída de párpados. Esa que prepara al interlocutor para recibir un derroche de inteligencia para el que va a tener que estar eternamente agradecido. Siempre me ha parecido una horterada cósmica abusar de estas licencias y, más aún, cuando se utilizan mal. Acaba la tercera semana de 'impeachment' y con ella ha estallado el famoso 'quid pro quo' entre Trump y Zelenski a vueltas con los negocios de Hunter Biden.

En realidad, la expresión que debería utilizarse para este supuesto intercambio de favores transoceánico es 'Do ut est', pero comprendo que no está el horno para bollos. Si tienen ocasión y tiempo, no se pierdan la intervención de Mick Mulvaney, jefe de gabinete de la Casa Blanca, a cuenta de estas tres palabras latinas. Debería ser utilizada en el futuro, como el gran ejemplo académico para nuevos comunicadores. Tuve ocasión de verla entera, y les confieso que lo pasé mal. Le preguntan sobre el latinismo y Ucrania y, en dos segundos y una afirmación, se mete en un circo romano, nunca mejor dicho, en el que no supo ni ser gladiador ni león.

Él solo empezó a enredarse con cuerdas hasta atarse al poste central y ya semidesnudo, de rodillas, pedía clemencia. La primera fila de periodistas, salivando crónicas que empezaban a ser de carne cruda y con la música de 'Gladiator' de fondo, de manera invisible todos tenían el dedo pulgar hacia abajo. Mulvaney afirmó que la práctica empleada con Ucrania era lo habitual en asuntos exteriores del Gobierno de Trump. Y entonces, justo en ese momento, la sala de prensa, se convirtió más que nunca en el Coliseo.

Mick Mulvaney, jefe de Gabinete de Trump, durante la rueda de prensa de esta semana. (Reuters)
Mick Mulvaney, jefe de Gabinete de Trump, durante la rueda de prensa de esta semana. (Reuters)

A los dos segundos, digitales, televisiones, periódicos, agencias, blogs y hasta la estatua de la libertad, que ha sido sustituida por Nancy Pelosi, sentenciaban el famoso 'impeachment'. Al jefe de gabinete no es que no le llegara la camisa al cuello. Directamente, quiso inmolarse en directo y en medio de mucho nerviosismo empezó a recriminar a todos que le estaban malinterpretando. La realidad es que a ese atril y a ese micrófono hay que ir con astucia, coraza y prudencia. Hay que ir sin dejarse tentar por el poder que desprende, no hipnotizarse y, sobre todo, no liarla parda. Unas horas después, el republicano Jhon Kasich, anunciaba que tras pensarlo mucho y sin querer tomar a la ligera una decisión, había decidido votar contra Trump. La realidad es que nunca le apoyó y son enemigos desde 2016, pero en este gran show, el que no tiene su minuto de gloria televisado, no es nadie.

Lo realmente delicioso de este mundo americano es que en una costa puede estar cayendo la mundial y en la otra, como si fuera otro continente, se puede estar viendo pasear al presidente junto con Bernard Arnault e Ivanka Trump por la nueva fábrica de bolsos de Louis Vuitton, que la gran compañía francesa ha puesto en marcha en Texas.

Maletas, bolsos de mano o 'clutch' como hay que decirlo como si uno supiera de moda, logos, hebillas doradas y miles de bobinas de hilo hacían que en vez de la clásica inauguración típica de campaña electoral, se estuvieran preparando para hacer la versión tejana del palacio de Versalles. Cerca de 500 empleos directos en un país con una ratio de paro cero. Sobre esto, una periodista francesa le preguntó cómo podía ser que en América tuvieran esos datos y, en Francia, la tasa de desempleo fuera tan alta. La respuesta, de Trump, con mirada divertida fue demoledora: "…puede ser porque tenemos un presidente mejor que vosotros". Y así, como un torero, se dio la vuelta y siguió visitando las instalaciones.

Trump, con mirada divertida respondió: "Puede ser porque tenemos un presidente mejor que vosotros". Y, como un torero, se dio la vuelta y siguió su visita

En medio de todo este festín informativo, trufado de obscenas estrategias, estuve una hora charlando con Andriy Fedoriv. Es el CEO de una compañía de publicidad y marketing ucraniana, que trabaja para el gobierno de Zelenski, pero financiada por fondos internacionales. Me sorprendió su idealismo. Me habló de los nostálgicos de la gran Rusia y los que quieren ser parte de una Europa moderna. Me dijo que Ucrania es una gran 'start-up', con un futuro prometedor que debe estar unida contra la corrupción, y la verdad es que escucharle hablar sobre el nivel hasta el que llega esta epidemia en lo más cotidiano de la vida de las personas, resultó bastante estremecedor. No me quiso hablar de política. Cada vez que mencioné algo de su gobierno, me soltó un 'no comment' bastante afilado. Y entonces, como un resorte involuntario, le hablé de mi vida en Kiev durante seguramente los peores meses de mi vida.

Envuelta en un proceso de adopción siniestro en el que me hicieron recorrer el país de punta a punta en trenes de la época de los zares, con traductoras que me mintieron y funcionarias sin escrúpulos que me estafaron. Le conté que fui hasta Dnipropetrovsk, a doce horas de Kiev y que allí conocí al que iba a ser mi hijo y que nunca lo fue porque se estaba muriendo. Y en ese orfanato, me partieron el corazón. Al final cada uno camina con su propia historia, y si por culpa de un gobierno corrupto un niño me abrazó como un hijo abraza a su madre y nunca lo fuimos ni él ni yo, ayer, mientras me tomaba un vino y otro con Andriy pensé que esa digitalización nacional de la que me habló, no será perfecta, seguro, pero al final lo que no te mata te hace implacable, y acabé exigiéndole éxito y triunfo. Creo que pensó que estaba medio loca. Pero no. Resulta que es el único ucraniano influyente al que he conocido en Nueva York. Y después de su paciencia, cogí un taxi convencida de que aquel dolor guardado ya no era tan inmenso. Esta ciudad, a veces, tiene premio. A todo esto… ¿por qué Obama está tan callado?

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