El 'procés' en Nueva York y la Reina Letizia

La preocupación por el 'procés' es privada, a través de los medios españoles que uno quiera chequear, como quien se interesa por la evolución de un ser querido enfermo

Foto: Nueva York de fondo con una bandera independentista.
Nueva York de fondo con una bandera independentista.

Por lejanía o poco interés, en Nueva York no se lee ni se oye apenas nada sobre Cataluña. Las protestas de Hong Kong, Chile o Ecuador acaparan la información internacional. La preocupación por el 'procés' es privada, a través de los medios españoles que uno quiera chequear, como quien se interesa por la evolución de un ser querido enfermo. Por curiosidad, por preguntar y por mirarme los partes médicos, me he dedicado durante dos semanas a intentar enterarme a través de la oficina de la Generalitat en Manhattan de la situación, de las inversiones, de si los datos de inversiones económicas se han visto afectados para bien o para mal y, en general, de cómo está la cosa. Les confieso que pensaba encontrarme con la típica respuesta de que no ha habido daños colaterales ni se han visto afectados otros órganos del paciente o algo políticamente suave, de sala de espera, de le iremos informando... Y resulta que no. Que después de llamar unas diez veces y mandar el mismo mail, la oficina de Sergi Mata ni sabe ni contesta. Ni parte médico ni un vaso de agua.

Según la página web, la oficina de Nueva York tiene cinco consultores más, está situada a medio camino entre la sede de las Naciones Unidas y el Empire State y es una de las primeras que se abrieron para promocionar la competitividad empresarial catalana, en 1988. De acuerdo a su origen en el marco del artículo 194 del Estatuto de Autonomía, después de la aplicación del 155 de la Constitución, de Puigdemont y Torra, vuelve a estar activa o al menos eso dice el decreto ley de 83/2019 del boletín oficial de la Generalitat.

Alguien de Nueva York no quiere responder y envía el mensaje al jefe de prensa en territorio catalán

Confieso que hay pocas cosas que me irriten más que el hecho de que me ignoren desde un organismo oficial. He pasado media vida en departamentos de comunicación, y miren, se atiende con un "no queremos hacer comentarios" o "sí, venga por aquí que le cuento qué hacemos con los cerca de dos millones de euros (dinero español) de presupuesto que tenemos". El asunto es que después de estar medio incendiada, me responden amablemente desde la oficina en Barcelona. Es decir: alguien de Nueva York no quiere responder y envía el mensaje al jefe de prensa en territorio catalán. Me responde muy amable, hablamos por teléfono, y tras llamadas y buzones de voz tarifa internacional, la conclusión de este baile es que me tienen que atender en Manhattan. Insiste para que me respondan, y hasta hoy. Miro otra vez la página web y veo que con poco pudor se hace llamar el Ministerio de Asuntos Exteriores, Institucionales Y Transparencia de la Generalitat en Estados Unidos.

Resulta que se inventaron desde la Generalitat que los catalanes residentes en Nueva York tenían que estar inscritos en un censo propio

De la irritación paso al cabreo. No por lo de llamarse Ministerio, que yo también me puedo llamar a mí misma Cindy Crawford y hasta creérmelo. Si no por lo de ponerse el apellido de Transparencia con toda la ligereza del mundo y al mismo tiempo tener los cristales tintados. Me revuelve, como periodista y como ciudadana. Empiezo a preguntar por las actividades, encuentros o lo que sea que organicen y los viejos del lugar me dicen que recuerdan algo de una cata de cava o de una feria en Alemania. Y de aquí voy a pasar de la anécdota a la categoría porque en general, la vida suele funcionar así. Hablo con más catalanes residentes en Nueva York que me cuentan cómo hace un año tenían que darse de alta en esta oficina para poder tener acceso a la seguridad social universal en Cataluña.

Sí. Han leído bien. De toda la vida democrática y de orden en general, uno llega a este país con un visado y por ello se registra en el consulado, existe en términos legales (sobre todo fiscales y electorales) y es un español que conserva todas sus garantías jurídicas en España. Redundante. Pues resulta que se inventaron desde la Generalitat que los catalanes residentes en Nueva York tenían que estar inscritos en un censo propio, en la oficina que no responden al mail ni al teléfono, para poder tener vigente la tarjeta de seguridad social (y universal) en Cataluña. Aberrante y propio de políticas dictatoriales y de ventanillas llenas de telarañas.

El presidente de la Generalitat, Quim Torra. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Quim Torra. (EFE)

Urge sacar de estos ensueños épicos y caros a la sociedad catalana y pasar del blanco o negro a los colores materia gris. Para ello recurro a una catalana que sabe de esto y hablo con la presidenta del CRE Nueva York (Consejo de Residentes Españoles) que hoy organiza un acto para conocer a los representantes de los partidos políticos que se presentan a las elecciones del próximo 10 de noviembre. Hay cerca de 40.000 españoles con derecho a voto que tal y como están las cosas, a algún político le puede cambiar la vida. Lo que antes era la pedrea de la lotería, hoy puede ser uno de los premios gordos y quizá, es una maquinaria que habría que agilizar y actualizar. Y sobre todo que no haya que “rogarlo” (existe desde 2011) a la administración, porque lo que provoca es que no participe ni el más fervoroso.

Y con estos enfados y turbulencias semanales, una busca mudarse a la belleza sin ruido y me voy a una cena con Mark Cho, dueño de The Armoury. Me dice que sus tiendas son la respuesta a la tendencia insustancial de los productos sin vida, enmascarados de marketing caro. Así, del tirón y en inglés. Yo pienso en el 'procés' de nuevo. Me insiste en el lema de su negocio que factura más de 20 millones de dólares, elaborando ropa para hombre, trajes estilo británico impecables, entallados casi quirúrgicamente y abrigos de espía de película antigua. Después de reconciliarnos durante un rato con el mundo, la felicidad dura poco y acabamos hablando de las revueltas en Hong Kong y de su familia. Del tablero de ajedrez dantesco en el que vivimos donde nadie sabe quién es el rey, la dama, los alfiles, ni las torres ni los peones. Me resisto y con sutil respeto a su país, me voy sin disimulo a Japón y acabamos hablando del maravilloso vestido de la Reina Letizia en la entronización del emperador Naruhito. Agarramos el móvil como si al detenernos en cada uno los bordados, la exquisita largura de la cola y el rosa capote, se nos fueran pasando las penas. Me siento más monárquica que nunca. Nos quedamos en silencio, y me sonríe tímido, al estilo asiático con mezcla londinense. Y de repente pienso lo pequeñas que se quedan algunas cosas cuando la elegancia, la clase y la calma se meten en medio.

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