'The Poison Pill': del Capitolio a Broadway

La píldora venenosa fue inventada en 1982, como respuesta a las adquisiciones hostiles entre grandes compañías y que debe su término a las pastillas que llevaban los espías para suicidarse

Foto: Imagen del Capitolio en Washington DC, en Estados Unidos. (EFE)
Imagen del Capitolio en Washington DC, en Estados Unidos. (EFE)

El pasado miércoles el IIE (The Institute of International Education, por sus siglas en inglés) celebró su gala anual en el hotel Pierre de Nueva York. Este organismo, fundado en 1919 fue pionero en apoyar programas emblemáticos de intercambio educativo y cultural en nombre de los Departamentos de Estado y Defensa, así como en ayudar a académicos, estudiantes y artistas amenazados por conflictos y disturbios en sus países de origen.

Me estremeció escuchar la historia de una mujer de Alepo (Siria) que en medio de la guerra, sin luz y como si de una película antigua se tratara, estudiaba a distancia. Se pasaba el día esquivando bombas, pasando páginas y viendo morir a gente. Gracias a los fondos de esta institución, pudo entrar en una universidad americana y, sobre todo, sobrevivir a tanta barbarie. Sus palabras hicieron quedarse en silencio a todos los allí presentes. No eran imágenes en blanco y negro, sino a todo color y de una dolorosa actualidad.

Muchas historias (demasiadas mujeres) ocuparon el prólogo de esta velada. Pero el protagonista era Martin Lipton, socio fundador de Wachtell, Lipton, Rosen & Katz, uno de los grandes despachos de abogados de esta ciudad especializado en asesorar a grandes corporaciones sobre fusiones y adquisiciones y asuntos que afectan a la política y a la estrategia corporativa. Me contaba una gran abogada americana, entre el primer plato y el segundo, que en este despacho, muchos abogados cobran alrededor de 7.000 dólares la hora. Confesé ante la carne con zanahorias y ella, mi más absoluta ignorancia y sorpresa sobre este tipo de rangos salariales, pero con absoluta normalidad me dijo que a pesar de que eran muy conservadores (y que por eso el IIE homenajeaba al señor Lipton) eran los mejores en la guerra financiera.

El caso es que ese señor con pajarita, anciano y elegante, que charlaba sobre la importancia de la educación como el comienzo y el final de los problemas del mundo, y que debatía con la gran periodista María Bartiromo, fue el que inventó el término "The Poison Pill". La verdad es que desde mi mesa era capaz de no perder detalle del escenario, escuchar las conversaciones de los que estábamos sentados y al mismo tiempo, comer como si no hubiera un mañana. El asunto es que no recordaba dónde había oído este término…hasta que me vino a la cabeza otro anciano: el protagonista despiadado de la serie 'Succession'. Apasionante.

Las galas benéficas y las instituciones sin ánimo de lucro, son una tradición que van más allá del ego o el retorno económico

La píldora venenosa fue inventada en 1982, como respuesta a adquisiciones hostiles entre grandes compañías y que debe su término a las pastillas que llevaban los espías para suicidarse y así, evitar ser interrogados por el enemigo. No son más que un paquete de medidas legales que diseña el consejo de administración y que dificulta y encarece, en caso de emergencia, la compra. A parte de estos detalles, que no son menores, estuve pensando en la capacidad que tiene esta ciudad (y la sociedad americana en general) para ser sus propios grandes benefactores. Fiscalmente se premia, por supuesto, pero las galas benéficas y las instituciones sin ánimo de lucro, son una tradición que van más allá del ego o el retorno económico.

Es la pertenencia a un ente que eleva y perpetúa la temporalidad de cada persona. Va con la sangre y la bandera porque no estoy hablando de algo dedicado a las élites sino a cualquier persona y lo abarca todo: educación, medio ambiente, política, economía, veteranos de guerra, sanidad… y, a mayor fortuna, más exigencia en la ejemplaridad. Ya sean republicanos o demócratas. Judíos, católicos o musulmanes. Y aunque las comparaciones son odiosas, no puedo evitar pensar en cómo se enaltece al americano que dona tiempo y dinero, y en España, se le humilla. Tal cual. Ni aquí todo es bueno, ni en nuestro país todo es malo. Pero no vendría mal una autoeducación a nivel nacional que ordene el puzle de la autoestima, ahora que tenemos a España de caravana electoral. Quizá se pueda re-pensar e imitar a lo grande lo bueno de fuera y dejar de lado el reduccionismo de los puños en alto, o los colores amarillos. Porque esas fotos, a veces, se cuelan y desafinan nuestra imagen como país. Me disculpan la petición entre líneas, pero cuando se cumplen los 45, o se escribe lo que se piensa o la otra opción es lanzarse a la pila de Lexatin. De momento, lo primero me hace efecto.

Halloween en la Casa Blanca. (EFE)
Halloween en la Casa Blanca. (EFE)

Hablando de panderetas, aquí ya se ha armado el Belén y durante las próximas semanas o meses, el 'impeachment' al presidente Trump, ha abierto oficialmente un capítulo nuevo en la historia de este país en el que empiezan a no verse claras las líneas que separan el Capitolio de Broadway. El 'show', a ratos se hace insoportable y todos en su universo azul o rojo, se matan cada día sin piedad. Comienza la fase formal en la que demócratas y republicanos presentarán sus alegaciones, pruebas, testimonios, declaraciones y recusaciones. Será el gran desfile de actores que van a montar la mejor (o la peor) versión de la gran política americana. La intensidad con la que se hiperventilan algunos hace pensar que nos va a impactar un gran meteorito mundial que acabará con nuestra especie. Y créanme que esa ansiedad se contagia y dan ganas de comprar garrafas de agua, latas de comida y hacerse un refugio antinuclear en la ducha. Se ha puesto en marcha una maquinaria tan peligrosa como cara. A menos de un año de unas elecciones generales, o mucho me equivoco, o esto va a ser la gran plataforma de Trump para lograr su reelección.

Antes les hablaba de las pastillas de veneno y me temo que en estos momentos se deben estar repartiendo en cantidades industriales entre los dos bandos. Hay demasiados que no han hablado y que nunca lo harán y otros tantos a los que se les oye demasiado. Falta saber mucho, aclarar demasiado y sobre todo, no hacer nada irreparable. Porque el peor desenlace sería que nadie se tome en serio a la democracia americana. Entre todos han apretado un botón rojo y nadie va a rendirse en el camino.

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