Del 'fucking european' a la delicia del 'my lady'

Todo el que ha puesto un pie en Nueva York sabe que es una ciudad en la que puede encontrar de todo: de locos que te gritan en la calle a mujeres rancias y un largo etcétera

Foto: Cosmopolitan Martini. (iStock)
Cosmopolitan Martini. (iStock)

Ya existen los blancos americanos y luego, los blancos del resto del mundo. O los blancos de Europa que estorban porque son esos que han intentado frenar el Brexit o están situados entre ellos y Rusia, a quienes odian, pero respetan.

Generalizar empieza a ser algo que antes era lo más parecido a juzgar ex-ante, cometer errores, y ahora se ha convertido en un verbo de una fiabilidad casi científica. La polarización (y la actualidad hiperventilada) no es algo que pase solo en las zonas rurales de Estadios Unidos o los barrios marginales sino que, como el cambio climático, es algo que derrite neuronas de manera drástica como se están deshelando icebergs en el polo norte. Y hablo de las ciencias porque los comportamientos de los líderes (políticos, sobre todo) llevan años empujando a las plebes a decantarse en todo de una manera radical, visceral, ajena a cualquier reflexión y alterada por dosis tóxicas de discursos huecos en las redes sociales y en las televisiones.

Y como en muchos lugares del mundo, en una de las zonas más exclusivas de Manhattan, en un bar lleno de hombres y mujeres que después del trabajo se toman el famoso 'after work' muy en serio, se juntan en torno a un pianista, a beber, charlar y relajarse tras un largo día de oficina. Tampoco me parece lo mejor estar con tus compañeros de trabajo hasta en la sopa, pero considero hasta ahí, todo razonable e incluso, saludable. Copas de vino, cerveza y Cosmopolitans de un lado a otro y mucha carcajada. Un grupo de amigas, entre las que había españolas y varias con nacionalidad americana, nos lo estábamos pasando realmente bien. Diría con bastante orgullo que éramos de lejos las mejor vestidas y las más divertidas, pero para gustos, las razas. Esa es la nueva moda. Y para desprecios, los racistas.

Tras ver en la cuenta que nos habían incluido cosas que no habíamos tomado, nos acercamos y explicamos al encargado que no cuadraba con lo que estaba en la mesa (todo copas vacías) y que había habido un error. Nos dice que no. Sin mirar. Decimos que había ni más ni menos que seis copas que no habíamos bebido (que podíamos beber y pagarnos el bar entero, por cierto) pero insistimos con paciencia. Apoyadas en la típica barra de madera antigua, ancha y con la voz alta por la música, volvimos a explicar ya con un inglés con acento de cabreo español, pero guardando las formas, que la cuenta estaba equivocada. En medio de la conversación, un chico de unos 35 años, asiático, con un jersey de pico verde y camisa de cuellos bastante europeos, elegante y guapo. Para que se hagan una idea, la apariencia era la de un abogado o un socio de un fondo de inversión. De repente, el individuo en cuestión interrumpe nuestra amable negativa a pagar lo que no estaba alojándose en nuestros hígados, y grita: “Fucking europeans, pay your check!” (jodidas europeas, pagad vuestra cuenta)”.

Jamás había visto tanto enconamiento entre unos y otros y siempre con adjetivos y subconscientes relacionados con la raza, la procedencia o el color

Yo me giré, le di un segundo de gracia para ver si se callaba, y me miró con una sonrisa perfecta, y me lo volvió a decir con todas las letras por si no le había entendido. El encargado le miró dándole la razón y entró en escena una especie de encargada superior, de unos 65 años, de raza blanca, que empezó a unirse al grupo de los hombres americanos y de raza superior. La realidad es que tenían una sola neurona haciendo eslalon para intentar llegar al final de cada frase, pero ellos eran americanos y nosotras, no. Después de un buen rato, pagamos por puro cansancio. Todo el mundo que ha puesto un pie en Nueva York alguna vez en su vida, sabe que es una ciudad en la que uno puede encontrar de todo. Locos que te gritan en la mitad de la calle, malhumorados, mujeres rancias y de enfado múltiple y así un largo etcétera de personas que suman una sociedad diferente en muchas cosas pero al fin y al cabo, parecida a otras del mundo.

Después de haber vivido dos veces en este país, jamás había visto tanto enconamiento entre unos y otros y siempre con adjetivos y subconscientes relacionados con la raza, la procedencia o el color. Afroamericanos contra blancos. Ellos contra los latinos y estos, contra ellos. Asiáticos contra todos y vuelta a empezar. Y esto que les cuento es una anécdota pero que sí se eleva a categoría. Ya existen los blancos americanos y luego, los blancos del resto del mundo. O los blancos de Europa que estorban porque son esos que han intentado frenar el Brexit o están situados entre ellos y Rusia, a quienes odian, pero respetan. El desprecio del señor del bar no era ni porque estuviera borracho, o porque fuera directamente un castrado mental. Era racismo. Siglo XXI en el corazón de Manhattan. Costa este. Mayoría demócrata. La mayor concentración de fortunas por metro cuadrado. Y la categoría a la que hago referencia, la he visto en los medios de comunicación, en comentarios sutiles, en la fila de la entrada del colegio de mis hijos, entre algunos adultos y algunos niños.

"Take your time, my lady". (iStock)
"Take your time, my lady". (iStock)

Y como en todo, sus palabras lo que hacen es dividir el mundo, pero no entre razas, sino entre el hombre civilizado, normal y educado y el tirano capataz de 'Lo que el viento se llevó'. Entre la gente de bien y los envenenados. Y luego en ese mundo lleno de luz que siempre acaba brillando más que el de las tinieblas, está un vecino mío del que no sé su nombre, y con el que he coincidido varias veces en el lobby del edificio. Un americano, alto de pelo canoso que vive en la planta 42 y que siempre que voy corriendo para que no se me escape el ascensor, pone un brazo entre las puertas para que no se cierren y me dice: “Take your time, my lady”. Y es justo esa frase la que me transporta tanto, que a parte de mirarme hacia atrás por si me va a pillar la puerta la cola de mi vestido y cogerla entre mis brazos de manera imaginaria, me traslada de golpe al mundo de la calma sensata, en el que ni los hombres (ni las mujeres) dan la nota y componen la mejor melodía de las ciudades. Los anónimos de la vida que la convierten en un territorio sano donde, los segundos que tarda el ascensor en subir a mi planta 34, un caballero anónimo consigue reemplazar la miseria de muchos que se hacen llamar élites, y son solo unos paletos racistas y bien vestidos. Yo, mientras, pienso atrincherarme en ese “my lady” y ver la nieve caer.

540 Park Avenue
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