Sexo y amor en América

El misil mediático ha hecho que por tierra, mar y aire todos hablen de ellos. Versiones sobre la cadena de TV, la inocencia o no de él, la ejemplaridad de ella, sexo, tríos y... periodismo

Foto: Una mujer en Nueva York. (iStock)
Una mujer en Nueva York. (iStock)

Hasta hace unos días, no sabía quién era Jeremy Roenick. Lo primero que he leído de él es que se marcó unos comentarios durante una entrevista en el típico bar de deportes americano (taburetes altos, pantallas, alcohol y gritos) en la que dijo que ojalá su mujer y su compañera de trabajo en la NBC, Kathryn Tappen, se fueran juntas un día a la cama. “Son dos bombas rubias”. El culebrón entre la periodista, la estrella de hockey reconvertido en comentarista y la NBC llegó a su fin tras ser despedido de manera fulminante. Él, via Twitter, ha explicado que volverá pronto (sin precisar de dónde o a qué lugar). Millón y medio de visitas a su vídeo entre fans y detractores.

Ella, ha declarado que seguirán siendo grandes amigos pero que no va a perdonar semejante comentario público. En esta parte confieso hallarme perdida, ya que no calculo bien esa ecuación en la que alguien te ofende y hunde públicamente y que el resultado sea una férrea amistad. A mí me saldría de esa calculadora un par palabras poco finas, dos bofetones y una demanda por lo penal. Pero, indagando, parece que todo el comentario del exjugador estaba enmarcado en unas vacaciones que los tres pasaron en Portugal este verano. Sea como fuere, el misil mediático ha hecho que por tierra, mar y aire todos hablen de ellos. Versiones sobre la cadena de televisión, de la inocencia o no de él, de la ejemplaridad de ella, de sexo, tríos y periodismo.

Si miramos hacia atrás, en los últimos años, las pasiones se han desatado de tal manera que no se ha librado nadie: CNN, el New York Times, el Washington Post, Fox News y así hasta llegar a los pequeños diarios locales en los estados más remotos de este país, han tenido casos del famoso 'misconducting' (concepto nebuloso entre el delito, la ejemplaridad y la hipocresía) que ha llevado a líos internos colosales. Un conocido periodista, que trabaja en uno de estos medios, me dijo el otro día que el tema es tal que entre “lo bueno que estoy, mi soltería aleatoria, jamás entraría en un ascensor del trabajo con una chica a solas”. Realmente (es verdad que es guapo a rabiar) me pareció un ególatra insoportable, con demasiadas luces de los focos, y pocas de las otras, pero no le faltaba razón. No flotaba en neuronas, pero su sinceridad era la dura realidad de los que no quieren suicidarse en este mundo contradictorio.

Gente caminando ante un cartel de la CNBC en Atlanta. (iStock)
Gente caminando ante un cartel de la CNBC en Atlanta. (iStock)

Tanto es así que los mayores escándalos están repasando a esta profesión como nunca. Y al mismo tiempo, leía ayer que McClatchy, el grupo de periódicos locales americanos con mas de 160 años de historia, ha entrado en bancarrota, y el probable nuevo propietario es un fondo que posee revistas como Us Weekly o In Touch. En resumen, los que invierten en medios de comunicación pueden estar motivados por el amor o por el dinero, pero no por ambos al mismo tiempo. Y si además le añadimos culebrones sexuales, el cóctel es letal. Ahora, todos estos escándalos son noticia porque la guerra entre los grandes grupos de comunicación hace pequeño cualquier conflicto internacional. Pero añade algo nuevo: todo lo que pasa en los medios salta a la sociedad o viceversa, no lo tengo claro.

Lo que vive este explosivo país y la ciudad de Nueva York, es lo mismo que vivían en los años de la ley seca: se ponían ciegos de beber pero con la botella envuelta en papel. Porque al final, el soberano acoso que hemos padecido por San Valentín, con actividades escolares incluidas y 'cup cakes' de color rosa, me tiene confundida con otra cruda realidad inmersa en una sobredosis de polvos y lodos.

El Empire State de rojo y envuelto por una espesa niebla. (iStock)
El Empire State de rojo y envuelto por una espesa niebla. (iStock)

El Empire State, se ha puesto como cada año de color rojo, pero el símbolo de Tom Hanks y Meg Ryan buscando con angustia a Jonah y de paso, la eternidad amorosa, se le ha hecho bola a la sociedad neoyorkina. No saben cómo gestionarlo y se ha convertido en su mejor pesadilla. Me encanta la suerte de profecía de Chesterton en el año 1926, en la que avisaba de que la locura del mañana no estaba en Moscú, sino mucho más en Manhattan. Me confieso absoluta fan de la contradicción, de lo que no es un molde para una tarta perfecta. Todo lo que sea extraño de entender o a priori, poco convencional me produce una atracción casi irresistible. Tengo dudas sobre si el comentarista Roenick tiene que ser despedido y qué podría pasar con el resto de cretinos que sobrevuelan muchos entornos laborales. Me asusta que una mujer pueda ser humillada en público (o en ese mundo invisible, privado y gris del chisme) sin consecuencias, pero al mismo tiempo, me incomoda el poder infalible de una acusación femenina que pueda destrozar la vida de un hombre. Me enfurece el poco respeto al honor.

Me debato entre esta realidad digital o aislarme en lo romántico y quedarme congelada en el mundo de la quinta temporada de Outlander que se estrena hoy. Como ellos, me veo atrapada en el tiempo entre la Escocia de 1945 y 1743, donde Jamie, ese hombre noble, bruto, honesto se arriesga, abraza y defiende a Claire como si no hubiera un mañana. A besos la lleva a la cama y a la guerra. Y todo lo hacen bien. En medio de las revueltas jacobitas, saben vencer los prejuicios y se rompen el alma en cada adversidad. Pero de esas regresiones en el tiempo, del paseo a caballo con el beso robado y la música celta de fondo, me espabilo en las calles de los taxis amarillos. De los generales y los cañones, a las primarias demócratas. Sin anestesia. De los mapas de las conquistas a los que meten mano cuando no deben. De los tuits de Trump a la silenciosa y quizá, acertada, estrategia de Bloomberg.

De todas las encuestas sagradas a la sorpresa de Pete Buttigieg. El ex militar de Indianápolis, casado con un hombre, ha roto los esquemas de propios y ajenos ya que parece que se posiciona como un posible 'ticket' del que pueda ser elegido candidato demócrata a las elecciones de este año. Estados Unidos es hoy un país confundido, porque en el fondo, está poco acostumbrado a este tipo de imprevistos y futuros impredecibles. Al final, todos, los grandes periodistas y políticos del país se tambalean entre los espejos y los espejismos del sexo y el amor, sin saber dónde empiezan unos y dónde acaban otros.

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