Sí es país para viejos

Aquí no se jubila (al estilo europeo) nadie. Ricos y pobres. Unos por soberbia y otros por necesidad. Todos trabajan hasta salir de casa con los pies por delante

Foto: El 'skyline' de Nueva York. (Reuters)
El 'skyline' de Nueva York. (Reuters)

El edificio en el que vivo, uno de los muchos rascacielos de Manhattan, con cerca de cincuenta plantas tiene integrado un mundo y una maquinaria empresarial en su interior, equiparable a la de una gran compañía. Una oficina central con una directora que siempre lleva collares de perlas, secretarias y asistentes. El equipo de mantenimiento con más de 20 técnicos que hacen, deshacen, reparan y atornillan como nadie. El 'staff' de la piscina, el gimnasio, sala de juegos y la zona noble para que entre sofás y televisiones, los que viven solos, hablen con alguien algún día por semana. En esa misma planta, la lavandería. Me atrae de una manera enfermiza. Huele a suavizante y la hilera de tablas de planchas y el ruido de las secadoras en perfecta sincronía me fascina. Azulejos impolutos, espaciosa de más y con tanta luz que he estado leyendo alguna vez ahí dentro. Es tan grande como las antiguas zonas de las casas de los nobles en las que regimientos de criadas, perfectamente vestidas, se manejaban entre el almidón, el jabón y el olor a limpio.

Todo en blanco, sillas perfectas para la espera (o la lectura) y una paz que podría ser la de una zona de aislamiento de un psiquiátrico o un balneario del siglo XIX. Faltan las enfermeras de blanco, en cambio, la maldita realidad las sustituye por buzos azules o trajes marrones claro. Son esa milicia que atiende cada una de las exigencias de algunos inquilinos tan intensos como presuntuosos que hasta el nivel de cloro puede alterarles la presión arterial y provocar un litigio en la Corte Suprema. Y en esta gran torre de vidas, por último, están los 'doorman' (porteros-soldados) y que siendo los primeros están los últimos. Son la clase alta de los trabajadores de este mundo de alturas suicidas. Abren la puerta y sonríen, dan los buenos días o las buenas noches de una manera tan delicada que a veces pienso que me van a acompañar susurrándome una canción de cuna hasta mi habitación. Les falta arropar al vecindario. Animan a pasar una buena velada y te anuncian el frío que hace fuera antes de haber llegado siquiera a rozar el día. Perfectamente trajeados y con sombrero son los más caros en propinas pero son la élite de la parte psicológica de más de 500 personas que cruzan diariamente la entrada del edificio.

Compras en las calles de Nueva York. (Reuters)
Compras en las calles de Nueva York. (Reuters)

Siempre tienen un trapo en el bolsillo por si algún niño, por ejemplo los míos sin ir más lejos, abren la puerta plantando de manera salvaje los cinco dedos en el cristal sin ningún miramiento. Sonríen, no dicen nada pero en cuanto se alejan lo que la cortesía les permite, lo sacan a la desesperada para volver a hacer brillar su territorio como si de un museo se tratara o de una obra de arte que un analfabeto toca sin pudor. Entre ellos hay una historia, un país, un idioma y una manera de ser que abarca casi el mundo entero. Pero de todos, el que más me llama la atención es Peter. Un señor extremadamente blanco, delgado, con una estética facial parecida a Drácula pero en una versión amable. No sonríe casi nunca, pero hace amagos de intentarlo.

Tiene la cara tan alargada como la pena que tienen sus ojos. Cuando ve acercarse a alguien desde la calle y él se encuentra detrás del mostrador de madera noble, entre que sale y llega a la salida, el vecino en cuestión ha precalentado la comida en su casa. No le acompaña el cuerpo, ni las piernas ni la alegría… ni siquiera la memoria. Se pasa el día preguntando hasta a los más antiguos inquilinos si viven allí o son una visita que tiene que ser anunciada. A veces, cuando salgo del ascensor y le veo, me pongo a cámara lenta para que le dé tiempo a llegar a la puerta antes que a mí. Y es que Peter debe tener alrededor de los 80 años.

Retiene el porte que algún día debió sujetarle, pero tiene que trabajar y encima, moverse rápido, hablar rápido, saludar y sonreír rápido. Justo lo contrario que un octogenario puede permitirse. Pero así son la necesidad, el hambre y las lentejas en Manhattan. Aquí no se jubila (al estilo europeo) nadie. Ricos y pobres. Unos por soberbia y otros por necesidad. Todos trabajan hasta salir de casa con los pies por delante. En medio, los más afortunados viajan, pero cuando paran, siguen teniendo sus negocios. Y no es solo una cuestión de esta ciudad. Ni siquiera del estado. Es un concepto nacional. Trabajan hasta que la muerte o la invalidez les detengan. Y Peter es solo el reflejo anónimo de lo que hay en Estados Unidos. Aquí la vejez es un grado… o no. Porque mirarle a él, confieso que he disimulado esperar un Uber solo para observarlo, es verle también en el debate de la campaña de los demócratas.

Foto: EFE
Foto: EFE

Medio mundo vio el debate del pasado jueves en Los Ángeles. No todos en directo, otros en medio de algún capítulo de un TV show, millones a través de los vídeos editados en los medios digitales, redes sociales o revistas. De una manera u otra, la foto de ellos, Bloomberg, Warren, Sanders, Biden, Buttigieg y Klobuchar ha dado la vuelta al planeta. En frente de ella, de ese plató perfecto hasta el último detalle como si se fuera el estreno de una gran opera, me imaginaba todo el rato a Donald Trump con las piernas en alto encima de la mesa, fumándose un puro y enrojeciendo a carcajadas que solo en política y en el Coliseo Romano provocan a los emperadores el placer de ver a sus enemigos ir a muerte entre ellos.

Porque entre todos, echaron los leones al cuello de exalcalde de Nueva York marcándole así a fuego como el rival más fuerte. El resto de gladiadores gritaron, se acusaron de todo, y en cuanto algún tema espinoso sonaba fuerte no soltaban esos trozos de carne que saltaban al vuelo. Hubo momentos realmente de puro canibalismo político que no eran más que el síntoma de la pobreza del discurso político al que también ha llegado este país. Argumentaron y dieron vueltas al eterno bucle y nunca resuelto del socialismo, el comunismo, los inmigrantes, la sanidad, los impuestos, el aborto y como no, el manoseado #MeToo. De todo lo que vi nada me sorprendió más que la estampa geriátrica de los que están peleando en la carrera presidencial. Porque los que no lo son, no son nada todavía por mucho que empeñen sus asesores o donantes.

Bernie Sanders tiene 78 años, Michael Bloomberg la misma edad (mejor llevada porque el primero, cada vez que mueve los brazos parece que va a descoyuntarse); Joe Biden 77, pero sonríe como una portada de millonario en How To Spend It a bordo de un yate, en pleno verano y tiene esa dentadura que solo los veraneantes ocultos de la exclusiva Martha’s Vineyard saben paladear. Elisabeth Warren tiene 70 y Trump va a cumplir 74 en junio. Leo que la Constitución americana exige que 35 años es la edad mínima para ser elegido y que el más joven de los presidentes de esta gran nación fue Theodore Roosevelt, que llegó a la Casa Blanca con 42. Pero lo que realmente me pregunto es si el que gane querrá gobernar como una persona mayor o se acercará a esa gran multitud de jóvenes que no han votado nunca, que votan por descarte, por odios al contrario o por sus beneficios fiscales o sociales. Nada más en las antípodas de la modernidad (y el verdadero progreso) que Estados Unidos, sin remedio… sí sea un país para viejos.

540 Park Avenue
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