Desde Nueva York

En Nueva York, hace ya una semana que tenemos a todos a los niños a buen recaudo y se cancelaron las clases hasta nuevo aviso

Foto: Fotografía cedida por la Gobernación de Nueva York donde aparece su gobernador, Andrew Cuomo.
Fotografía cedida por la Gobernación de Nueva York donde aparece su gobernador, Andrew Cuomo.

Arrastro, desde siempre, una tara nada recomendable. No me resulta nuevo sentirme como una hormiga. La vulnerabilidad la he tenido pegada a mi espalda toda la vida. Esa mochila mezclada de nada es para siempre, fracasos, éxitos con miedo y alegrías plenas sabiéndolas siempre temporales, quizá me hacen extrañarme poco de lo que nos está pasando. Pero tengo miedo como todos y quien diga que no, miente. Miedo por mis hijos y mi familia. Por todos los que quiero y por cada historia de quien no conozco y la leo sin poder contener las lágrimas.

En Nueva York, hace ya una semana que tenemos a todos a los niños a buen recaudo y se cancelaron las clases hasta nuevo aviso. Las pocas veces que hemos salido a respirar han sido con guantes de invierno, un sol de justicia y mascarillas. Hemos aprendido rápido a hacer la compra 'online' en tres sitios a la vez porque iba a llegar todo o nada. Cuando Amazon y los supermercados que tiene integrados empezaron a temblar con las ventanas de entrega, anunciaron que iban a contratar a 100.000 nuevos empleados, porque el temblor era físico. Cuando Trump se hizo un lío con el antiviral del SIDA y doctor Fauci, el epidemiólogo, lo corrigió en directo diciendo que no había nada comprobado, hasta a él se le puso la cara blanca.

Nueva York. (Reuters)
Nueva York. (Reuters)

Cuando el Gobernador Cuomo sale a diario para cada rueda de prensa, la última de ayer con polo blanco de manga corta, todo son recuentos: A la ciudad de Nueva York van a llegar 1 millón de máscaras N95, a Long Island 500.000. El Cuerpo de Ingenieros de la Armada está habilitando miles de camas en diferentes centros de convenciones del estado y ha pedido a las empresas que necesita todos los guantes, máscaras, batas y respiradores posibles.

"Si tiene o puede fabricar alguno de estos suministros, Nueva York está comprando. Envíe un correo a COVID19supplies@esd.ny.gov. Comparte esto por todas partes". Cuomo, avisa además, que la salud mental es una parte vital de la salud pública y que para ello han habilitado líneas telefónicas para solicitar ayuda psicológica. Contra el virus, camas de emergencia, buques de guerra convertidos en hospitales y soldados en personal médico. Todo son números para lo que se nos viene encima. Y todo el mundo trata de hacer cálculos y rezar para que las sumas no se conviertan en restas.

"La bolsa de NY operará en remoto y las puertas de Wall Street se cerrarán por tiempo indefinido"

Hoy domingo entran en vigor de manera oficial las medidas de confinamiento, pero matizando que no es un 'sheltter in place' sino que toda la actividad en el exterior tiene que ser con seis pies de distancia con solidaridad y respeto, pero en libertad. La verdad es que muchos ciudadanos han ido por delante de las leyes y estos parecen los avisos para los que están a por uvas porque hace demasiadas noches que no hay un alma en la ciudad a la que llamaban, la que nunca duerme. Porque hoy está más callada que nunca. Como si entre tanta luz encendida, muchos aguantaran la respiración.

Desde ayer, el Gobernador Cuomo ya tiene hashtag: #CuomoforPresident. Y es que, si de algo nos estamos dando cuenta aquí, en Europa, en México, en Perú o en la China es que todos necesitamos sentir seguridad frente al que gobierna. En estos momentos somos hormigas en manos de quienes tienen la capa del poder y necesitamos que sean superhéroes y no nos defrauden. Que salgan cansados a las ruedas de prensa, pero trasladando confianza y dándonos números de la famosa curva. Queremos verla aplastada cuanto antes. Queremos saber que la política en su sentido más noble (el único que debería existir) está para protegernos y dirigir a la sociedad en los momentos críticos y sin precedentes. Y esta ciudad, si de algo sabe, es de salir de lo que no había pasado nunca.

Pero, una parte de la plegaria que todos tenemos dentro está como todo lo humano, oscurecida por la realidad. Porque se ha acabado el 'take it for granted' y todo ha dado una vuelta tan rápida como estremecedora. Porque hemos llegado al verdadero test social en el que no solo serán los positivos o negativos del Coronavirus. Veremos la revolución que viene después de la guerra en la que se exigirá más decencia que nunca, más altura de miras y será la época de la paciencia cero. Porque este "bicho-bola", como dice mi hijo de cuatro años, nos está dando la torta más grande de la historia moderna. Una bofetada mundial contra el empacho de bienestar y el todo vale. Confieso que odio a los profetas, pero lo voy a ser por primera vez no vaya a ser que sea la última.

Vienen los tiempos del cambio de paradigma en los inventarios y cadenas de producción de las compañías. El famoso 'just in time' de los japoneses en el que todo se fabrica para hoy y no hay 'stock' para mañana, desaparecerá. Vamos a vivir un gigante 'fast forward' a la desglobalización. Porque lo que diferencia a esta crisis de las anteriores es que antes estaba garantizado que íbamos a tener dinero, porque existían los estímulos en forma de bajadas de impuestos y facilidades de préstamos.

La radicalidad del presente es que, por primera vez, se destruirán oferta y demanda al mismo tiempo. La confianza será un bien de lujo y hasta que haya una certeza y se garantice la seguridad total frente a esta pandemia, nadie va a poder estimular el consumo. Y esto es lo que hace que este bicho sea un monstruo. Y por ello, no volveremos a la normalidad. Todo será distinto. Porque la distancia social que se exige será física para siempre. Porque nadie aceptará ir a un restaurante en el que las mesas estén pegadas entre ellas, aunque sea el que esté de moda. Porque vamos a desconfiar de todo y la profilaxis que vamos a aprender a tener será lo menos parecido a los abrazos que hasta ahora eran casi gratis e indiscriminados.

"La realidad es que los españoles llevamos diez días recibiendo noticias desoladoras de nuestro país"

La bolsa de Nueva York operará en remoto y no veremos a los nerviosos 'brokers' sudar porque, por primera vez en doscientos años, las puertas de Wall Street se cerrarán por tiempo indefinido.

La realidad es que los españoles llevamos diez días recibiendo noticias desoladoras de nuestro país. Familiares muertos, amigos muy enfermos y frases apocalípticas de lo que "va para allá es mucho peor", como si el virus, conforme va saltando océanos se recargara viralmente, fuera más letal y, según pasan las horas, fuera a devorarnos una criatura monstruosa. Y necesitaremos tiempo para asimilar todo lo que está pasando, pero la realidad es que no lo tenemos. Urge la reacción eficaz porque nos podemos morir. Cualquiera. Como en las guerras. Porque es el momento para los líderes que piensan y actúan a lo grande.

Y momentos para que los cobardes no estorben. Se necesita a quien sepa levantar las banderas y no tirárselas a la cabeza. Y estamos en unos momentos que definirán quién se preocupa por todos y no habla de colectivos vulnerables, porque nadie se va a librar de serlo de una manera u otra. Porque todos los políticos americanos acaban sus comparecencias estos días con un 'God Bless América'. Y esta manera de afrontar los desastres, por mucho que en otros sitios no se entienda, no habla de entregarse a los iluminados sino de entender que cuando los dirigentes se ponen de acuerdo con la primera invocación y la última, las tragedias siempre se curan antes. Porque por primera vez, el enemigo mundial es invisible, nuevo y voraz pero también será derrotado. Y por eso ha llegado el momento de pelear, exigir, ayudar y de no estorbar. Desde Nueva York, nunca tan cerca de España.

540 Park Avenue
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