Protágoras y Mac and Cheese

Tienen razones los científicos que piden test masivos antes de hacer nada, pero también los economistas que aconsejan aperturas rápidas con precauciones y poder activar así las ciudades

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En este tiempo de silencios o gritos, el ejercicio de pensar está siendo grotescamente sustituido por las recetas rápidas. Desde los grupos de poder se reparte comida basura, se engorda a la población de falsas guerras y luego se les esparce queso para que sepa bien. Se nos convierte en miles de macarrones pegados que sacian al pueblo y a los que mandan porque unos queremos sobrevivir y los otros quieren la supervivencia de su parcela de mando. En la antigua Grecia, hace muchas pandemias y unos 2.000 años, el sabio Protágoras daba clases de derecho, pero solo los alumnos de padres ricos podían pagarlas. En una ocasión aceptó por discípulo a un tal Evatlo, un chico de familia pobre al que vio apuntar maneras, pero con la condición de que le pagaría la mitad del dinero de la matrícula y la otra mitad cuando ganara su primer caso en el tribunal. Resulta que al acabar sus estudios, nunca aceptaba casos y así conseguía evadir el pago que debía a su profesor. Entonces Protágoras le demandó y su alumno le planteó el siguiente argumento: "Si ganas el pleito, yo seguiré sin haber ganado un caso y, por tanto, basándome en los términos de nuestro acuerdo, no tendré que pagarte; pero si el pleito lo gano yo, entonces, por mandato judicial, tampoco tendré que pagarte". A lo que Protágoras replicó: "No. Si yo gano el pleito, tendrás que pagarme por mandato judicial; pero si el litigio lo ganas tú, ya habrás ganado tu primer caso y entonces, apelando a los términos de nuestro acuerdo, tendrás igualmente que pagarme".

La facilidad con la que la oratoria o el ruido están convirtiendo en argumentos de peso cosas que no lo son está llegando a límites obscenos

Algo parecido se está viviendo en estos momentos en el mundo. No competimos contra un sabio griego, pero sí contra un astuto virus. Esta paradoja se mueve de un lado a otro del planeta, con las decisiones de los científicos, políticos, expertos, líderes, presidentes de gobierno o poderosos en cuestión. Porque Trump tenía razón con su tuit del 20 de marzo en el que decía que esperaba que el remedio no fuera peor que la enfermedad, y el verdadero infierno de esta pandemia no fuera solo la muerte de miles de americanos, sino el colapso de la economía y, en definitiva, el cisne negro mundial. Tienen razón también los que han apostado por el 'lockdown' severo de sus países para no colapsar sus sistemas de salud y evitar más fallecidos. Tienen razones los científicos que piden test masivos para la población antes de hacer nada, pero también los economistas que aconsejan aperturas rápidas con precauciones y poder activar así las ciudades. Tiene la misma razón el que predice contagios como el que hace números de parados. Porque la paradoja griega es exactamente en lo que navega nuestra civilización. Casi todos tienen razón en los argumentos, pero el reto que planteaba Protágoras hoy necesita solucionarse. Porque dejando de lado la lógica jurídica o el relativismo que hay detrás, la facilidad con la que la oratoria o el ruido están convirtiendo en argumentos de peso cosas que no lo son está llegando a límites obscenos.


Medio mundo ha hablado de que Donald Trump esta semana recomendaba beber o inyectarse lejía para combatir el virus. La realidad es que cuando dice en alto lo que piensa, patina desde Washington hasta Idaho sin paradas. Pero el tema no es lo que dijo o lo que pretendía decir. Lo que da miedo es que todos los medios de este país, presentadores de televisión, informativos o famosos han tenido que salir a la palestra pública a avisar a los americanos que nos se les ocurra coger detergente y mezclarlo con Coca Cola o una jeringuilla y meterse en vena cinco mililitros de limpiasuelos. No entiendo que semejante absurdo se haya elevado a categoría y todavía no sepamos si las mascarillas hacen o sirven para algo. Seguimos sin saber por qué China, que tiene una población de 1.400 millones de personas y cerca de diez ciudades más grandes que Nueva York, ha activado su economía cuando muchos y prestigiosos medios económicos hablan de que sin test masivos nadie puede salir de casa. Seguimos sin saber si aquel murciélago se escapó al mercado de Wuhan o lo hicieron volar o el tipo que se bebió la sopa del bicho en cuestión se dio un paseo y ahí comenzó todo. Yo sigo sin saber (y sin entender) por qué en España no hay mascarillas ni guantes para la población y por qué el Gobierno se permite el ridículo de comparecencias que hacen sonrojar y deshonrar a tantas familias de luto. Si los niños salen o no. Si salen con un progenitor o al final sale el perro solo empujando el carrito del más pequeño de la familia. Creo sinceramente que la canción de 'quédate en casa' chirría y hay que cambiarla con urgencia por decisiones, medidas y alegatos a la prudencia personal y grupal.

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En Estados Unidos, como todo el mundo sabe, desde el minuto cero del confinamiento se puede salir a la calle. Se puede hacer deporte y se puede pasear. Pero las calles están vacías de coches y de personas. La gente sale a correr, pero guarda la distancia de seguridad. La gente mayor intenta que le ayuden y no salir porque sabe el riesgo que corre. Las madres intentamos sacar a los niños cuando no molesten ni estorben y, sobre todo, cuando podamos controlar sus manos. Porque si algo hemos aprendido todos es que nadie sabe de verdad qué hacer y no podemos esperar a la vacuna para hacer algo. Ayer veía imágenes de autobuses cochambrosos de miles de personas huyendo de ciudades como Lima o Delhi hacia las zonas rurales, escapando no solo del virus, sino del hambre. Por eso urge un grito a una sola voz para que la población no sea la sartén donde se cocine la comida rápida de Mac and Cheese. Urge que los Protágoras de este siglo se rompan la cabeza no para conservar sus sillones, sino para arriesgarlo todo por el bien común y coger esta paradoja por el mango y resolverla. Y para esto, sí hay prisa.

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