Michigan y la Casa de Papel de Tokio

Desde ya, la amnistía vírica de estos dos meses, en los que demócratas apoyaban a Trump y unidos combatían sin temblores, ha pasado a la historia

Foto: Manifestaciones contra Trump en Philadelphia. (Reuters)
Manifestaciones contra Trump en Philadelphia. (Reuters)
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La cara de la gobernadora Gretchen Whitmer era un poema, y los vikingos de Michigan con mirada de aquí va a haber jarana, hicieron del pasado jueves uno de los días más gloriosos de esta pandemia americana. Todo el "asalto" se produjo porque los republicanos se negaron a ampliar la declaración de emergencia y votaron en contra la gestión de la demócrata, que respondió con órdenes de una nueva fecha de apertura: el 15 de mayo. Michigan es uno de los líderes nacionales de la industria manufacturera y Detroit, la mayor ciudad del estado, es la capital nacional de la industria automovilística. Estamos hablando del mayor productor de coches, camiones y hierro de Estados Unidos, y uno de los grandes exportadores al extranjero.

La tentación de la señora Whitmer de salir de su estado y hacer política nacional (en la que toda América y sus gobernadores, prietas las filas, están metidos de lleno) fue demasiado grande y acusó directamente a Donald Trump de meter la cabeza en la arena y poner en riesgo más vidas y medios de supervivencia. "No voy a dejar que eso suceda" dijo con mucha solemnidad. Este le respondió que esos hombres armados eran buenas personas, y enfadadas, que quieren recuperar sus vidas y le recomendó que se reuniera con ellos "y lleguen a un acuerdo". Sentarse en una misma mesa con esos manifestantes con sus fusiles de asalto, sus barbas, sus ojos fuera de las órbitas tiene que ser para recibir el Nobel de la Concordia al salir. Pero a parte de este 'show' y los intentos de aparecer en las noticias de unos y otros, la realidad se torna más complicada o sencilla, a gusto del consumidor.

Grupo armado en Michingan contra las medidas anticovid de la gobernadora, Gretchen Whitmer. (Reuters)
Grupo armado en Michingan contra las medidas anticovid de la gobernadora, Gretchen Whitmer. (Reuters)

Quien no vio en ese momento el inicio oficial de la campaña presidencial de 2020, no vio nada o se quedó en esa superficie tan manoseada de hacer ver al americano (republicano) como una suerte de inculto, que tiene un armario lleno de armas y en su tiempo libre queda con sus amigos misóginos para beber whisky barato. Siempre acaban dormidos en la parte de atrás de su 'pick-up' hasta que les despierta el 'sheriff' del condado (que casi siempre es su primo o el marido de su prima). En frente de los bárbaros, el americano (demócrata) templado y sensato que se desespera cuando no le llega uno de los doce libros que ha pedido en Barnes and Noble y que, mientras cuida su jardín, habla con su vecino sobre el estado de sus rosales. Casi siempre les interrumpe el riego automático o la llamada de su asesor fiscal.

No hace falta haberse leído la historia de Estados Unidos para saber que no todo va desde los colores verdes militares, pasando por los petos vaqueros hasta las corbatas de Saks. En este país como en muchos civilizados, se imponen estereotipos propios de la naturaleza humana, pero con ello no se obliga a nadie a estrechar su mente y quedarse solo con las fotos grandes y los editoriales intensos sobre el futuro que nos espera.

Las elecciones de noviembre serán el intermedio entre esta oleada del Coronavirus y la siguiente. Y desde ya, la amnistía vírica de estos dos meses

Y es que las elecciones presidenciales del próximo noviembre serán el intermedio entre esta oleada del coronavirus y la siguiente. Y desde ya, la amnistía vírica de estos dos meses, en los que demócratas apoyaban a Trump y unidos combatían sin temblores, ha pasado a la historia, si es que en algún momento existió. Siempre hubo fango, pero ahora, salpica y el candidato demócrata, Joe Biden, ha sido acusado de abusos sexuales de los de hace muchos años que ahora saltan a la memoria, ¡oh, casualidad! En medio, resulta que el senador demócrata Chuck Shumen pide una investigación sobre los destinos de las ayudas presidenciales, sobre las que parece han sido beneficiados los amigos republicanos de la Casa Blanca. Y para darle la vuelta a este escándalo, Trump anuncia la utilización del medicamento de la farmacéutica Gilead, que primero funcionaba y luego no, y ahora sí. Por si acaso, la FDA ha aprobado su uso en enfermos muy graves. Y como si no hubiera poco de lo que ocuparse, alrededor planea con un ruido cada día más aterrador la ya sabida guerra comercial con China, pero que nada tiene que ver con algoritmos de Huawei ni cálculos de beneficios. O no solo eso, al menos. Mientras pasan las horas, todo se parece al miedo bélico y al enfrentamiento entre líderes que les puede dar por apretar un botón rojo.

Con tantas cosas a la vez, y pensando en un mañana poco esperanzador, es justo el momento en el que me acuerdo de La Casa de Papel y la épica voz en 'off' de Tokio explicando que: "Siempre hay días felices que recordar y, cuanto más jodido estás, más recuerdas esos días". La famosa escena del partido de fútbol con toda la banda en el monasterio florentino es lo más parecido a la humanidad ahora mismo; y ella, poniéndose en la piel de los espectadores encerrados (nosotros sin ir más lejos), sentencia que "eso es la nostalgia. Descubrir que cosas del pasado que entonces ni siquiera sospechabas que eran la felicidad, sí que lo eran".

Tokio, en 'La Casa de Papel'
Tokio, en 'La Casa de Papel'

Sé que todos los que escriben columnas de opinión, en las que se pretende resumir la utilización pornográfica de las realidades para las causas políticas, recurren a sabios de la historia moderna. Soy consciente de que el debate de la bolsa o la vida en época del coronavirus (o la covid-19 en femenino, como dicen que se dice), siempre acaba como el muro de Berlín dividiendo comunismo y capitalismo. Me hago cargo de que si ahora les soltara un párrafo de algún politólogo estudioso que escribe con subordinadas casi poéticas, todos mis argumentos podrían resultar superiores, e incluso yo, parecería extremadamente culta. Pero hay momentos como este en el que hacer cunetas o ser cómplice de ellas, es la pala inmoral del que entierra o exhuma a su antojo para que nadie piense que lo importante es que yo tenga en mi casa 300 mascarillas y 200 pares de guantes y mi madre en España siga intentado buscarlas debajo de las piedras sin éxito. Es demencial que no pueda mandárselas porque es material sanitario para Europa y las aduanas pueden hacer de intérprete de toda esta basura ideológica y retenerlas.

Me parece grotesco que las peleas sean sobre las desescaladas y que nadie sepa cómo parar esta pesadilla. Resulta que ahora los que apoyan el confinamiento americano son demócratas y los que quieren morir en las UCI y animan a poner en marcha la economía, son republicanos. Parece ser que el problema son los cinco locos de Michigan que han dado la vuelta al mundo, y no el hierro que produce ese estado y que abastece a medio mundo de la industria del automóvil. Pues resulta que sí. Que hay momentos en que los argumentos de peso no me sirven y tengo que recurrir a Tokio que "es un Maserati y todo el mundo quiere un puto Maserati". Y hoy, ella es mi intelectual de referencia.

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