La Casa Blanca y el barco de Chanquete

La Dorada I del viejo pescador no es el Congreso de Estados Unidos. Reducir los votantes a un grupo de mocosos en bicicleta, no es propio de una sociedad medianamente madura

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Los acontecimientos y las horas pasan con demasiada intensidad para ser un 2 de agosto en Nueva York. Mucho calor de verano y poco de vacaciones. Y es que, seguramente este mes será recordado como el menos estival desde hace décadas y lo más parecido a estar a pleno rendimiento en mitad del curso. No hay descanso, porque no hay calma ni rutina de abanico, y en cambio, sí hay demasiadas cosas que nos tienen en alerta constante. Es la primera vez, desde hace mucho tiempo, que un año no tiene verano y está en medio de una oleada vírica y una especie de otoño de infarto.

A este lado del charco, además de las temperaturas desatadas, la actualidad no para quieta. Este jueves una jueza federal ha decretado que más de 600 páginas del sumario del difunto Epstein se hagan públicas y han empezado a volar detalles de la isla pornográfica en la que aterrizó, entre una larga y repugnante lista, Bill Clinton. Resulta que todo el mundo había olvidado sus “asuntos” en el despacho oval, pero la cuadratura del círculo de hoy es sospechar que también fue invitado junto a esa extensa saga de poderosos, metidos hasta la garganta, en esa depravada historia de terror. Si ya se daba por asumida la amistad del actual presidente Trump con toda esa tropa, ahora el pasado, arrasa con el presente.

"¿Quién va a negarle ese miedo a que los enemigos del sistema trepen por la Casa Blanca y le saquen sin legitimidad alguna?"

Y hablando del rey de Washington, esta semana su cohorte de asesores se ha puesto en modo bucle (yo no creo que nada desesperado, sino bastante astuto) enarbolando la bandera del victimismo político, tan antigua como rentable. ¿Quién va a pensar que los votos por correo van a ser fiables si la administración americana ya ha avisado lo fácil que es manipularlos? Si él lo dice, es que puede pasar. ¿Quién va a negarle ese miedo a que los enemigos del sistema trepen por la Casa Blanca y le saquen sin legitimidad alguna? Si él tiene miedo y nos avisa, es que puede ocurrir.

Para ello, el presidente de los Estados Unidos, sin ninguna posibilidad legal de conseguirlo, propone posponer las elecciones invocando a la salud de los americanos. Y si él avisa que los progres quieren liquidarlo, y si lo grita, es que es verdad. Y sus fieles, con menos miedo de lo que los demócratas están calculando, se encuentran en estos momentos cosiendo retales de sus banderas para convertirlas en mascarillas. Se preparan para empezar a protestar ya y salir a votar en noviembre. Y así, tenemos salida del horno la tan sobada como rentable narrativa de no tener que ganar las elecciones, sino insistir en que los villanos no se saldrán con la suya y que serán ellos los perdedores oficiales. Según la Constitución, la presidencia termina al mediodía del 20 de enero, momento en el que el presidente recién inaugurado tiene que empezar a vivir en la Casa Blanca y se convertirá en el comandante en jefe y líder del mundo.

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Y ante el miedo a esa remota e irracional posibilidad de que Donald Trump se apalanque a las columnas de la Casa Blanca como Chanquete a su barco, los grupos garantes de la legalidad y el orden se han puesto en marcha. El Grupo de Asesoría Legal Bipartidista (BLAG), cuerpo permanente de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos desde 1993 y compuesto por la famosa 'speaker' Nancy Pelos y líderes de la mayoría y de las minorías, así como grupos de presión, dirige algunos de los entrenamientos por si eso sucede. Este organismo, que tiene mucho de paranoia de la conspiración y poco de transparencia, está dispuesto a litigar por una transición o conflicto legal en caso de que se declaren fraudes en los recuentos o los haya de verdad.

Como ellos, decenas de grupos formados por exmiembros del Ejército, exasesores, catedráticos, exmiembros de la CIA y un largo etcétera de “ex” y sabios en ejercicio, llevan levantando la bandera roja del peligro ante lo que van a ser las elecciones generales más apasionantes como sucias de la historia de Estados Unidos. Como si fuera un híbrido entre el Risk o el Catán, todos escenifican en privado teorías, y posibles desenlaces. Como un ejército invisible en activo se preparan por si tienen que actuar y van cebando los medios de comunicación (desde un punto de vista más académico y refinado) con teorías del miedo y el victimismo. En este caso, la supervivencia de la propia democracia americana les ha llamado a ponerse en acción. Y ya tenemos los dos bandos.

Entre este último, uno de los que más se prodiga, Larry Wilkerson, republicano y ex jefe de gabinete de Colin Powell -que participa en programas de televisión y en muchas reuniones secretas-, declaraba esta semana que la Constitución realmente ha sido “un documento útil porque siempre hemos tenido presidentes que se adhirieron más o menos a un código de conducta. Pero esto ya no es así y eso lo cambia todo". Y quizá esta sea la única afirmación de todas las que he oído, que me ha parecido un diagnóstico certero. Este 2020 con agentes externos, rusos, chinos o económicos, pandemias e 'impeachment' han convertido Washington, el centro del mundo, en una especie de Nerja (con todo el respeto a sus vecinos) en plenas andanzas de Verano Azul. Una mítica serie de los ochenta, con un grupo extraño de chicos como protagonistas que se dejaban aconsejar sobre sexo y otros avatares de la vida por una mujer que toca la guitarra y un anciano que vive en un barco.

Recuerdo ese momento mítico en la historia de la televisión española en que medio país veía entre lágrimas como el grupo unido de jóvenes se solidarizó con el viejo Chanquete, al que querían expropiar su barco-vivienda y al grito de No nos moverán (versionando a Joan Báez) se hicieron fuertes en la embarcación para evitar su derribo. Ese episodio no puede empezar a parecerse tanto a la Casa Blanca. Porque este país envuelto en una tormenta perfecta de problemas es, a pesar de todo, un país serio. Porque La Dorada I del viejo pescador no es el Congreso de Estados Unidos. Porque reducir los votantes americanos a un grupo de mocosos en bicicleta todo el día y comiendo chicle, no es propio de una sociedad medianamente madura. Sobre todo, porque Verano Azul tal y como decía mi madre, era “vulgar y chabacana”. Porque de forma natural, mis hermanos y yo nos fuimos hacia los Goonies. Y hoy, sigo pensando desde horizontes americanos que es mejor seguir buscando el tesoro de Willy el Tuerto que seguir atascados en el acordeón de Chanquete. Porque, aunque sea verano… necesitamos con urgencia que nos devuelvan el color azul.

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