Princeton y su profesor de latín

Y es que el profesor Katz escribió en la página de la Universidad todo un alegato en contra de esta nueva tabla de Moisés que había sido refrendada por casi todo el claustro

Foto: Joshua Katz es profesor de Historia del inglés en Princeton.
Joshua Katz es profesor de Historia del inglés en Princeton.
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La vida cotidiana está llena de momentos en los que David y Goliat se baten en duelo. A piedras, hondas y frente a filisteos, muchos se la juegan; se meten en el barro del que a veces no se sale. Y se pierde la vida, la reputación, el trabajo… o todo.

Joshua Katz es lingüista de formación, clasicista de profesión y filólogo de corazón. Se licenció en Yale en 1991 y estudió, además, en Oxford y Harvard. Pero fue en 1998 cuando, según él, tuvo la suerte de reinventarse al ser contratado como profesor de historia del inglés en Princeton. Empezó su primer semestre dedicado a algo que no entiendo que pueda ocupar tanto tiempo: "Los pronombres personales indoeuropeos", pero para los de las aficiones clásicas o muertas, como llaman a estas materias, supuso el principio de su vida en uno de los campus más elitistas del mundo.

Princeton cuenta en la actualidad con unos 9.000 estudiantes al año que, además de ser los elegidos en una de las universidades más exclusivas, tienen como referentes a grandes alumnos en la historia de la institución como J. F. Kennedy, el actor James Stewart o la ex primera dama, Michelle Obama y una interminable lista de hombres de éxito. La matrícula supera los 56.000 dólares y tiene programas de becas, pero, si acceder pagando es extremadamente difícil, optar a las ayudas es una misión destinada solo a los que van a ser, de manera literal, futuros premios Nobel. El campus es idílico y parece que de fondo hay (había antes de la pandemia) un extraño ruido, como si miles de neuronas jóvenes trabajaran sin descanso pensando cada uno en su materia y cambios de rumbo planetarios. Hay magia, es pequeño, sencillo y ambicioso en lo invisible.

Pero, siguiendo la estela de este 2020 y los miles de problemas a los que se enfrenta la sociedad americana, las protestas raciales también llegaron a este paraíso intelectual para hacerlo convulsionar. Todo empezó a principios de julio. El claustro de profesores escribió una carta en la que explicaba las nuevas medidas que se iban a tomar en contra del racismo en el campus. La misiva, además de larga (unas quince páginas), se parece más bien a un tratado de antropología fruto de las prisas, los acontecimientos y la moda intensa (y pedante) de la nueva cultura de la cancelación. Hoy, en pleno agosto, hasta las reivindicaciones están de vacaciones. Hace demasiado calor para protestar. Y, por eso, es más que nunca momento de poner el ventilador a lo que no ha sido noticia, como lo son otros "revuelos" pasajeros.

Campús de Princeton. (iStock)
Campús de Princeton. (iStock)

Y es que el profesor Katz escribió en la página de la Universidad todo un alegato en contra de esta nueva tabla de Moisés que había sido refrendada por casi todos los miembros del claustro de profesores. Y, entonces, comenzó su calvario. En ella, aunque estaba de acuerdo con algunas demandas, ponía en cuestión, tal y como contó al 'Wall Street Journal', otras:

"Sobre todo a algunas que son ilegales (que otorgan recompensas financieras específicamente a los docentes en función de la raza) o, en mi opinión, inmorales (creación de una nueva facultad o comité dedicado a la investigación de rastros de racismo y a disciplinar a los responsables). Estas demandas merecen atención, sobre todo porque creo que mis colegas son, en su mayor parte, personas sensatas que se esfuerzan por hacer del mundo un lugar mejor. Desafortunadamente, el calor sobre mi uso de la frase "organización terrorista" para describir un grupo estudiantil extinto llamado la Liga de la Justicia Negra, cuyos miembros atacaron y difamaron a otros estudiantes universitarios por no estar de acuerdo con ellos, ha triunfado sobre la luz: ni las demandas sustantivas de mis colegas ni mis objeciones han recibido la atención que se merecen. El presidente de Princeton, Christopher Eisgruber, dijo a un periódico estudiantil que había violado mi obligación de ejercer la libertad de expresión de manera 'responsable', afirmando que él 'personalmente y con firmeza' se opuso a mi 'descripción falsa' del grupo de estudiantes desaparecido. Cuatro colegas de mi departamento, ninguno de los cuales se ha comunicado directamente conmigo, utilizaron la web de Princeton Classics para denunciar mi lenguaje como 'aborrecible' e hicieron la sorprendente afirmación de que había puesto a 'colegas y estudiantes negros en grave riesgo'. Muchos me persiguieron. Y eso sin decir nada del ataque en las redes. No quiero que nadie tenga la impresión de que me siento víctima. Sí, estoy herido, enfadado y triste porque muchas personas que dicen en privado que están de acuerdo conmigo están demasiado asustadas para expresar sus opiniones públicamente. Pero todos tienen derecho a la libertad de expresión, mis críticos y yo".

"Me han informado de que ya no estoy bajo investigación. Estoy seguro de que el presidente de la universidad pensaba en la comunidad"

No hace falta imaginarse el desierto que debió atravesar este "pequeño" profesor. En Estados Unidos, el despido es tan barato (gratis de hecho) y tan fácil que no hace falta que esté cargado de argumentos, sino que sea la decisión del que manda o de una mayoría que lo decida según el poder, el ruido o la mezcla de ambos. Después de ser investigado y supongo elevado a los altares de la rectoría hubo veredicto hace una semana: "Me han informado de que ya no estoy bajo investigación. Estoy seguro de que el presidente de la universidad estaba motivado por una preocupación por la comunidad de Princeton, como yo. Ambos defendíamos a personas que creemos que han sido perjudicadas. Cada uno de nosotros tiene todo el derecho de hacer esto, y aunque no estamos de acuerdo sobre lo que constituye una retórica ofensiva, esto no es un escándalo. Debería ser normal que las personas con diferentes puntos de vista se critiquen entre sí de manera civilizada".

La carta publicada es mucho más larga. La adjunto para quien quiera dedicarle más tiempo a esta deliciosa e inspiradora sucesión de palabras humildes, que apelan con calma a uno de los más elementales derechos: la libertad de expresión. Uno de los frentes seriamente cuestionados en estos tiempos tan inciertos como crueles. A él lo amenazaron con "implicaciones serias y escalofriantes" en un entorno en el que si algo cabe es la discusión y el choque esplendoroso en el que alumnos jóvenes y profesores moldean el conocimiento y estiran la cultura. Debatir es síntoma de salud no solo académica, sino social. Del grito displicente del que abandera el blanco o el negro (nunca mejor dicho) no sale más que una perpetua cadena de ignorancia con capa de soberbia. El bucle de la incultura nace en esa permanente tendencia de la imposición. Pero en Princenton, Joshua Katz se enfrentó al sistema con argumentos. Con palabras hundidas en el sentido común, levantó la mano del no estoy de acuerdo. Y es que pensar y ser libre para escribirlo se ha convertido en una profesión de riesgo, aunque seas "solo" un profesor de latín.

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