La monja de Trump

No. Donald Trump no es un líder, no está a favor de la vida ni a favor de la vida que roza la santidad. Es el reflejo de la manipulación más perversa de cada una de esas virtudes

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Desde el pasado mes de julio, cuando se empezaron a filtrar las intervenciones (la mayoría insufribles) tanto de la convención demócrata como de la republicana, aunque se reservaron sorpresas, la hermana Deirdre Byrne estaba anunciada como un momento estelar y, si cabe, celestial, invitada directamente por el presidente Donald Trump. Su aparición, en esta suerte de nueva realidad política, virtual y vírica, fue lo más parecido a un cruce entre la lectura de un pasaje del Nuevo Testamento y una intervención terrenal de una ‘coacher’ sobre el éxito en la vida laboral.

Con una espectacular mirada, en la que el hábito y sus palabras hacían bailar en ambas direcciones, sor Byrne explicó su “viaje” a la vida religiosa: “No seguí una ruta tradicional, si es que eso existe. En 1978, como estudiante de Medicina en la Universidad de Georgetown, me uní al Ejército para ayudar a pagar mi matrícula; y terminé dedicando 29 años al Ejército, sirviendo como médica y cirujana en lugares como Afganistán y la península del Sinaí, en Egipto. Después de mucha oración y contemplación, entré en mi orden religiosa en 2002, trabajando para servir a los pobres y los enfermos en Haití, Sudán, Kenia, Irak y en Washington DC”.

Impresionante currículo de vida, y qué duda cabe, una mujer ejemplar que ¿por qué no puede estar hablando de política? Eso me cuestioné varias veces mientras veía la intervención. ¿Por qué una monja no puede meterse en ese jardín y no nos importa tragarnos las eternas homilías de los pastores de los cientos de iglesias y religiones que hay en este país?

Siguió hablando y estaba claro que iba a hablar del aborto. De hecho, iba a resultar bastante extraño no hacerlo, y afirmó que la agenda legislativa americana “apoya e incluso celebra la destrucción de la vida en el útero. Tengan en cuenta que las leyes que creamos definen cómo vemos nuestra humanidad. Debemos preguntarnos: '¿Qué decimos cuando entramos en el útero y acabamos con una vida inocente, impotente y sin voz?' Como médica, puedo decir sin dudarlo: la vida comienza en la concepción”.

Justo en ese momento, en el que ya había saltado por encima de mis prejuicios (detesto la intromisión de sacerdotes o monjas en política), ella coronó su intervención con estas palabras: “Donald Trump es el presidente más provida que esta nación ha tenido, defendiendo la vida en todas las etapas. Su creencia en la santidad de la vida trasciende la política. El presidente Trump ganará contra Biden-Harris”.

¿Por qué una monja no puede hablar de política y no nos importa tragarnos las homilías de cientos de iglesias y religiones?

Voy a intentar aparcar mis convicciones, aun a riesgo de que se me hagan bola y me dé algo. Pero fue leer las reacciones respetuosas de la prensa americana, y leer muchas de las españolas (al borde de un éxtasis místico), y no dar crédito. Y es que ese paralelo político al borde la de la canonización que se está haciendo desde las filas populistas occidentales empieza a ser diabólico. Esa santidad adelantada que se otorga a Trump-Lukashenko-Putin-Bolsonaro es tan aberrante como tramposa. Esa liga que pone a mil a algunas derechas españolas y europeas es un timo de proporciones bíblicas. A todos, sin excepción, la vida les da igual. Seguramente, ese sea su denominador común. La volatilidad de sus ideas en temas trascendentales para la vertebración de la sociedad no es más que una temporalidad sin escrúpulos de narcisistas insaciables que escogen banderas según les convenga.

Donald Trump (y el resto de la liga de fantásticos héroes) tiene una hemeroteca repleta de contradicciones sobre el aborto, la familia, el llamado apoyo a colectivos LGTBIQ+ y esa larga lista de 'temas' que siempre siguen siendo importantes en campaña y se ponen en cuarentena después de la fecha electoral. Fue en 1999 cuando dejó clara su postura en una entrevista con el famoso periodista Tim Russert y afirmó que se estremecía cuando oía hablar del aborto, pero que aun así, solo cree "en la elección de cada uno". El pasado mes de junio, esa imagen que dio la vuelta al mundo: con la Biblia en la mano como un Moisés del siglo XXI mientras la policía cargaba sin pudor contra las manifestaciones al otro lado de la Casa Blanca, justo en el mismo momento, para que todos los medios captaran las imágenes de la fuerza y la ley 'como Dios manda'. Y esta pasada semana, ese tuit, que para muchos pasó desapercibido, en el que se felicitaba como el mayor defensor y mejor apoyo que los demócratas del colectivo LGTBIQ+.

Hemos llegado a un punto impúdico en el que los líderes (y los que pelean por serlo) sueltan lo que sea y lo contrario en el mismo día sin medir las consecuencias. Ese abismo en el que vivimos se ha llenado de falsos valores o convicciones huecas llenas de intensidad y soflamas políticas, a mi juicio, flagrantes en la era de los populistas occidentales, que fardan de patriotas y se envuelven en la bandera sin importarles la vida de nadie. La emoción por el 'no nacido' se desvanece en la apetencia innata por las guerras y las ganas voraces de entrar en ellas. Sí, de manera física. No tan asimétrica como se dice, sino al más puro estilo de los detonantes que provocaron las anteriores guerras mundiales.

El amor por la familia de estos personajes, que sin rubor hablan de las mujeres como pura mercancía, y que se codean y comparten mesa, ego y orgullo con depredadores sexuales. Presidentes que convierten la Casa Blanca en una pervertida monarquía, en la que todos los miembros de la familia tienen empleo y sueldo con una legitimidad exhibida a toda la nación sin bochorno. Y no pasa nada. Y las encuestas cada vez irán acercando más a los dos candidatos. Pero la monja de Trump salió a escena, porque sabe que de esa manera daba en la cara a los seguidores católicos de Biden. Porque, aparte de ser una estrategia bastante obvia, incluso burda, se trata de noquear al espectador por donde se pueda y provocar el voto a través del alma o las vísceras, según se mire.

EFE.
EFE.

Porque en Estados Unidos, en 2019, hubo más de 75 millones de abortos (en clínicas tanto de estados republicanos como demócratas), pero sobre eso no se ha hablado. Porque a ninguno le importa y porque, en realidad, es otro de los temas que junto con el de las armas están destinados a ser manoseados pero no abordados pensando en el bien común. Porque nadie quiere abrir ese bombo de verdad y se va convirtiendo, poco a poco, en un asunto electoral.

Nadie propone soluciones para que esas madres no tengan que verse abocadas a ese gran (y doloroso) fracaso. Esas cifras eran niños. Esa infancia invisible que nunca fue y la historia juzgará como el mayor fracaso de las democracias modernas. Esas en las que se alardea de prosperidad y se vuelve pobre de solemnidad al ser humano. Sin convicciones y sin ideales. No. Donald Trump no es un líder, no es un líder a favor de la vida, y no es un líder a favor de la vida que roza la santidad. Es el reflejo de la manipulación más perversa de cada una de esas virtudes de las que carece y que 'su' monja subió a un altar de cartón, hueco y forrado de oro electoral.

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