Barrett, esa jueza católica

Una devota católica, conservadora y supuesta intérprete ortodoxa de la Constitución. La discípula del juez Scalia. La destructora del Obamacare y en contra de la inmigración

Foto: El presidente Donald Trump en el nombramiento de Amy Coney como juez de la Corte Suprema. (Reuters)
El presidente Donald Trump en el nombramiento de Amy Coney como juez de la Corte Suprema. (Reuters)

¿A quién se le ocurre en medio de una pandemia mundial y ante unas inminentes elecciones presidenciales semejante desafío al sistema? ¿Cómo es posible que Donald Trump haya sido capaz de llegar tan lejos con el cuerpo de la jueza Ruth Ginsburg recién enterrado?

Amy Coney Barrett, una devota católica, conservadora y una supuesta intérprete ortodoxa de la Constitución. La discípula del juez Scalia. La destructora del Obamacare y en contra de la inmigración y para colmo mujer y madre de siete hijos.

Ayer en un acto en la Casa Blanca, la jueza Barret hizo un discurso de no más de 5 minutos en los que parecía que quería salir corriendo. Absolutamente memorizado y ensayado, quiso despachar un momento de inmenso honor en algo rápido que parecía que hasta los aplausos interrumpían sus prisas. El recuerdo a la difunta fue tan solo la percha para poder colgar sus años al servicio del también conservador juez Scalia: “Si me confirman, seré consciente de quién vino antes que yo. La bandera de los Estados Unidos todavía ondea a media asta en memoria de la juez Ruth Bader Ginsburg para marcar el final de una gran vida estadounidense.

Era una mujer de enorme talento y trascendencia, y su vida de servicio público nos sirve de ejemplo a todos

La juez Ginsburg comenzó su carrera en un momento en que las mujeres no eran bienvenidas en la profesión legal. Pero no solo rompió los techos de vidrio, los destruyó. Por eso, se ha ganado la admiración de las mujeres de todo el país y, de hecho, de todo el mundo. Era una mujer de enorme talento y trascendencia, y su vida de servicio público nos sirve de ejemplo a todos. Particularmente conmovedora para mí fue su larga y profunda amistad con el juez Antonin Scalia, mi propio mentor. Los jueces Scalia y Ginsburg discreparon ferozmente por escrito sin rencor en persona.

Su capacidad para mantener una amistad cálida y rica, a pesar de sus diferencias, incluso inspiró una ópera. Estos dos grandes estadounidenses demostraron que las discusiones, incluso sobre asuntos de gran trascendencia, no tienen por qué destruir el afecto. Tanto en mis relaciones personales como profesionales, me esfuerzo por cumplir con ese estándar.”

Aquí le faltó añadir una súplica nacional, a los estadounidenses y en especial a los medios de comunicación, para que hagan lo mismo e intenten no fusilarla a diario en el paredón. Tenía una mirada de cordero degollado. Pero solo son apariencias porque justo después solo se ocurrió añadir otra enormidad, como si las dichas o ella misma, no fueran ya suficiente: “El presidente me ha nominado para servir en la Corte Suprema de los Estados Unidos, y esa institución nos pertenece a todos. Si se confirma, no asumiría ese papel por el bien de aquellos en mi propio círculo, y ciertamente no por el mío. Asumiría este papel para servir. Cumpliría con el juramento judicial, que requiere que administre justicia respetando los mismos derechos de los pobres y ricos, y cumpla fiel e imparcialmente con mis deberes bajo la Constitución de los Estados Unidos. No me hago ilusiones de que el camino que tengo por delante sea fácil, ni a corto ni a largo plazo. Nunca imaginé que me encontraría en esta posición. Pero ahora que lo soy, les aseguro que enfrentaré el desafío con humildad y coraje.”

La primera dama, Melania Trump, le miró con elegancia y se pudo ver entre sus pestañas una mirada cómplice y entre un claro y nítido parpadeo, pudo adivinarse su pensamiento: “pues menos mal querida que le vas a echar coraje, porque te va a hacer falta”. Nadie se dio cuenta. Yo, sí. Todo esto pasó justo después del momento álgido de almíbar en el que contó al mundo cómo su marido Jesse le había animado siempre y ayudado como un hombre que además de trabajar en un bufete de abogados, ha tenido que criar y mantener a una familia y además, para colmo, ser cómplice activo de las aspiraciones de su mujer. Como si no tuviera suficiente. Las cámaras le apuntaron como cañones y hubo una milésima de segundo en el que se confundieron con los titulares y entrecomillaron: “calzonazos”. Otra vez pude verlo solo yo. Pero puedo prometer y prometo que ese pobre hombre tenía los hombros agachados de tanto que lleva encima. Donald Trump estuvo a dos ocurrencias de ponerle un mote como a Biden, pero se cortó en el último momento.

Una ceremonia cálida, sobre todo por los siete hijos (dos de ellos adoptados en Haiti y uno con síndrome de Down) que al estar delante y enfocados casi constantemente, hizo que todo fuera más llevadero. Mientras, testigos allí presentes han asegurado en Tik-Tok que se escucharon cacofonías y los rosales del jardín que tanto cuidaba Jackie Kennedy de repente, perdieron todas sus hojas. Y es que esto que vivíamos hasta ayer, la pandemia, la amenazante caída de empleos o los enfrentamientos raciales, incluso la guerra comercial con China no era nada al lado del infierno que se avecina.

"También puede pasar que esté solo para perpetuar a Trump si pierde las elecciones y tenerle como el guardián perpetuo del gran templo de la ley"

Y es que resulta que a la difunta Ginsburg, se le ha ocurrido morirse en el peor momento. Tanta camiseta y tanta taza con su cara…pero no contaron con que esa terquedad y esa firmeza le llevaría a no ceder a las presiones de Obama para retirarse y poder sustituirla cuando los demócratas controlaban el Senado. Resulta que sigue viva todo el mandato de Trump y se le ocurre pasar a mejor vida con él como presidente. La gran estratega, que en su día defendiendo el derecho de una soldado del ejército a no abortar por conciencia, porque si conseguía defender la libertad de decidir poniendo el ejemplo de una mujer a quien la maternidad le estaba siendo prohibida, ese mismo corpus legal serviría para asegurar el derecho al aborto –que sería finalmente legalizado en Roe v. Wade en 1973. Pensó a largo plazo, todo, menos los tiempos de su propia esquela.

Y así, con este panorama, llegamos a este punto de no retorno en el que una mujer, del oeste del país, de Nueva Orleans, va a ocupar el número nueve de la Corte Suprema. Y resulta que como he dicho antes, es, además, católica. Que Dios nos pille confesados, porque ahora sí que se ha puesto peligroso todo. Puede ser que acabe decepcionando a los suyos, los carcas, y no haga nada, así fuerte como repensar cómo evitar que más de 120 millones de americanas aborten cada año y ofrecerles opciones más sanas que interrumpir sus embarazos. También puede pasar que esté solo para perpetuar a Trump si pierde las elecciones y tenerle como el guardián perpetuo del gran templo de la ley.

Pueden ser muchas cosas. Pero solo hay una que me niego a aceptar. Y es que sea una mujer, trabajadora y madre de familia numerosa. Estamos a nada de ver a este país consumido entre las llamas. Yo, lo veo claro. Nunca, desde la esclavitud, se vio semejante desafío al orden establecido. Desde este lado del charco, traslado a todas mis compañeras, mi sincera preocupación por todo lo que hemos luchado y que ahora se ve amenazado por una mujer de 48 años, por esa jueza católica. Hagamos entre todas y todos, una hoguera.

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