La masacre en Rose Garden o el todo vale contra Trump

Estados Unidos ha llegado a un punto en el que la pandemia mortal causada por el coronavirus ha contagiado a unos de gripe y a otros de odio

Foto: Acto de nominación de la jueza Barret por parte de Trump. (Reuters)
Acto de nominación de la jueza Barret por parte de Trump. (Reuters)

Así se ha bautizado el acto que tuvo lugar en el jardín de la Casa Blanca, donde se presentó la nominación de la jueza Amy Coney Barrett. Parece ser que la lista de los contagiados por coronavirus, incluido el presidente Donald Trump, se arrastra desde ese día. No hay más que ver las imágenes y los vídeos, para saber que el acto estaba alejado de cualquier atisbo de prudencia. Más de cien personas (la mayoría) sentadas unas junto a otras y, después del acto, saludándose con abrazos y besos mientras charlaban entre ellas. Bien. Hasta aquí, esa apuesta republicana por el negacionismo de la pandemia.

Desde el principio. Desde enero y hasta el primer debate en el que las máscaras y la lejía han recorrido el mundo —y que nunca dijo Trump— porque solo hay que ver aquella rueda de prensa y darse cuenta de que se refirió a "algo parecido" al efecto de la lejía como solución. Durante meses, nos ha tocado familiarizarnos con los informes, los tratamientos, la cloroquina, el remdesivir o el novedoso regeneron que le fue suministrado justo antes de ser trasladado el pasado viernes al hospital militar de Maryland. Ahora, nos toca estudiar las distintas posibilidades de sucesión en el caso de que el presidente empeore, como si esto fuera la saga de los Romanoff. Y yo asisto a este espectáculo con cierto miedo a que de repente esto se convierta en Pearl Harbour (segunda parte sin japoneses) y nos invadan, por sorpresa, los chinos.

Porque no me cabe tanta manipulación. Porque no puedo comprender o sí, de dónde sale toda esta basura. Parto de la premisa, el error histórico —que muchos dedicados a la ciencia política han estudiado ya— y la peligrosidad de llenar de gasolina las distancias sociales ahora tan de moda. Y de eso se han encargado ambos bandos durante todo un año. Pero de ahí a culpar a Trump de la muerte de Manolete, hay un trecho. Porque los ataques rozan el delirio social de un país que desea la muerte de su presidente sin ningún tipo de rubor. Y esto solo lo puede pensar y poner por escrito una sociedad enferma.

Y es que América ha llegado a un punto en el que la pandemia mortal ha contagiado a unos de gripe y a otros de odio. Y ahora les ha tocado a los republicanos y a los que asistieron al nombramiento de la jueza Barrett.

Foto: Reuters.
Foto: Reuters.

Es verdad que algo no encaja en las fechas en que se han hecho públicas estas informaciones y algo suena mal. Pero creo que este momento caótico en el que todo vale para derrotar —o salvar— a Trump en noviembre, es un incendio que no va a poder extinguirse gane quien gane.

En numerosas cuentas de seguidores demócratas, en las televisiones y muchos periódicos, se están haciendo eco de la maldición de la difunta jueza Ruth Ginsburg, que avisó antes de morir que deseaba no ser reemplazada hasta después de las elecciones. Me cuesta digerir que alguien esté a punto de irse al otro mundo con ese tipo de epitafio y se me atraganta que lo hayan hecho público porque, con franqueza, me parece de un vacío sublime que desdibuja la imagen de cualquier obituario.

Esto es solo una opinión pero, quizá porque sea domingo, corro el peligro de convertir mi artículo en una homilía. Aun a riesgo de que suenen las campanas, voy a seguir. Porque me gustaría que alguien me diera luz. Porque no vivo en los mundos de Heidi, pero no me entra en la cabeza que todos los defensores de una mujer que supo llevar la igualdad a lo más alto de la carrera judicial, esos mismos, hoy cuatro de octubre de 2020, ataquen a la jueza Barrett como la culpable de que ahora medio equipo presidencial esté contagiado. He llegado a leer que "ha tenido que ser una jueza provida la que llene de muerte Rose Garden".

Y es que en este mundo americano, muy a favor del progreso de las mujeres, solo se permite el de las que cumplen ciertos requisitos

Y es que resulta vomitivo y bochornoso que, de las imágenes de ese día, solo destaquen la de ella. La de la madre de siete hijos como si fuera una marciana. La de una mujer que se ha partido el cobre por sus hijos biológicos y adoptados, su carrera, su familia y que es católica, como si sus creencias la hicieran tener tentáculos y ojos desorbitados. Y es que en este mundo americano muy a favor del progreso de las mujeres, solo se permite el de las que cumplen una serie de requisitos.

Para empezar, no ser republicana. ¿Y de verdad esto es lo que hemos sacado de tanto esfuerzo de tantas mujeres por llegar a lo más alto? ¿Que haya miles de resentidas —y resentidos— que vean en una mujer conservadora un enemigo a abatir? Pues sí. Hoy, la están crucificando. Un país dividido exhibe cómo la han atado a un poste en medio de este circo romano esperando el resultado de su 'test' de covid. Y en cuanto se sepa que es positivo, la rematarán. De la misma manera que están poniendo círculos rojos como dianas en las cabezas de los que asistieron ese día a su presentación.

Porque todo vale. Y porque así se hace política barata en EEUU. Es tan 'low cost' que convierte Chinatown en el imperio del lujo

Y tras el último parte médico, en el que parece que Donald Trump mejora, todos con un "vaya por Dios" contrariado en la lengua a punto de salir. Ese jardín que tanto cuidó Jackie Kennedy, van a convertirlo en la tumba anticipada de los republicanos. Porque todo vale. Y porque así se hace política barata hoy en Estados Unidos. Es tan 'low cost' que convierte Chinatown en el imperio del lujo. Un país de saldo y rebajas en el que se habla de progresismo y se intenta enterrar en las catacumbas a los que disienten. Se apedrea a las mujeres porque, en el fondo, muchos y muchas solo quieren vernos en la cocina a las que peleamos por ser madres y tener una carrera profesional con éxito. Sí, han leído bien. A las católicas también nos gusta la prosperidad terrenal.

Incluso somos muchas a las que nos enorgullece ser madres de familia numerosa y preferimos combinar delantales y trajes. A poder ser, estos últimos, de marca y con tacones. Y esto también es progreso. De hecho, en términos de justicia social, somos más rentables que las 'pega carteles' y gritonas tan de moda. No nos gusta la bronca porque no tenemos tiempo para ella. Tenemos una carrera que gestionar. La nuestra. La que hemos elegido. Y unos hijos a los que educar. Y que sea una mujer la que ocupe una plaza en el Supremo, nos llena de orgullo. Y si además es madre, mejor. América es un Rose Garden en el que se juega un partido histórico. Porque acabará siendo un lugar donde no se permita pisotear o se convertirá en un cementerio. Y esto último no nos interesa a nadie. Y es que no todo vale. Tampoco contra Trump.

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