Xi Jinping ya ha ganado las elecciones americanas

Goza de una inteligencia serena que hace de las tácticas una estratégica cosecha de éxitos, mientras aplasta con dulzura las pretensiones a corto plazo del maltrecho Occidente

Foto: Foto: iStock
Foto: iStock

China nos controla. No es ninguna novedad. Y todos lo damos por descontado. Vivimos rodeados de letras que no entendemos e importaciones que dejan en una broma cualquier invasión bélica. Consumimos creyéndonos occidentales, mientras absolutamente todo lo que hacemos es oriental. Empecemos por unos titulares contables. China tiene en estos momentos un trillón de dólares, un billón de euros, con doce ceros uno de tras de otro (1.000.000.000.000) de deuda del Tesoro estadounidense. Las reservas de divisa de China están invertidas en dólares, y el gigante asiático es hoy el principal acreedor mundial del Tesoro norteamericano. Es decir, nadie en el mundo tiene más deuda de Estados Unidos que China.

Nada nuevo bajo el sol. Salvo lo que hemos visto esta semana: el mercado ha empezado a gritar la victoria de Joe Biden y eso se ha reflejado en la bestial subida del valor de la moneda china, con el mayor pico de los últimos quince años.

Y aquí han empezado sonar fuerte los tambores de esta guerra fría. Porque esta situación es una ventaja y una amenaza para EEUU al mismo tiempo. Ventaja porque tiene una nación que compra la mayoría de la deuda que emite y, por lo tanto, un financiador seguro. Amenaza, porque si hay tensiones y conflictos (la lista empieza por la P de Pandemia y por la R de recesión) China puede vender toda esa deuda causando un 'shock' en el mercado y poniendo un interrogante mundial a que la inversión en Estados Unidos sea la más segura. Es como una partida de póquer en el que el único que va a seguir jugando en estas y en las siguientes elecciones es Xi Jinping, porque compite a un plazo muy largo. Su reinado es hasta su muerte.

Y tras ella, sabe que estará la siguiente legión de líderes preparados. Es algo que la cultura oriental tiene bien pensado y perfectamente organizado. Su mente se estructura a todos los niveles, en generaciones. Y como es algo que tienen incrustado en la espina dorsal, llevan miles de años procurando su longevidad por encima de su propia existencia. Sí, son una dictadura. Son comunistas. Pero gozan de una inteligencia serena y constante que hace de las tácticas una estratégica cosecha de éxitos en bucle, mientras aplastan con dulzura las pretensiones a corto plazo del maltrecho occidente.

Me imaginaba el pasado miércoles al presidente chino (al líder del partido comunista o al dictador amable, como gusten) sentado en un sofá viendo el debate entre el vicepresidente Mike Pence y la candidata demócrata, Kamala Harris. Con un puro, los pies encima de una mesita y riéndose (como se ríen en China. tímidos y hacia dentro). Y de fondo, vía Zoom, la carcajada de Putin (más ruso: omnipotente y de trago de vodka) disfrutando de una cacería en directo. El republicano se merendó literalmente a la demócrata, que intentaba disimular el inteligente abordaje con una espectacular sonrisa a modo de catedrática o fiscal con la lección aprendida, pero con escaso éxito.

Nosotros vimos un debate. Vimos a Pence convertirse en un cruce entre Stallone y un profesor de Harvard. A Harris estrenarse con música que sonaba desafinada. Pero hubo algo más que pasó, o al menos podemos imaginarlo: ese final en el que el presidente chino y el líder ruso apagan su particular retransmisión en directo, se retiran a sus aposentos con mirada de emoticono con ojos hacia arriba, porque ya da igual quién gane los debates, o que se suspendan, o que los hagan con mímica y sin sonido. Porque Jinping, China, ya ha ganado las elecciones americanas.

Las reservas de divisa de China están invertidas en dólares, y el gigante asiático es hoy el principal acreedor mundial del Tesoro norteamericano

Y no solo en el plano financiero o en el tecnológico (5G): han ganado en todo lo que importa. Han conseguido ser el epicentro y disputarse por primera vez el primer puesto de la economía mundial. La pandemia nos ha destrozado a todos. A ellos también. Con seguridad, más de lo que se han atrevido a reconocer y con muchos más muertos de los que han contado. Es lo que tienen las dictaduras frente a los continentes democráticos: los primeros no cuentan nada y los segundos se entretienen hablando demasiado.

El camino que queda por delante seguirá igual, pero hay algo que puede cambiar. Tanto demócratas como republicanos tienen claro (por primera vez) algo de esta guerra: China es el enemigo. La diferencia estará en las formas. Porque una vez que dejen de darse bofetadas de niños en el parvulario, tendrá que emerger el tablero de ajedrez, y empezar a mover las piezas con extremo cuidado y quirúrgica destreza. Joe Biden, en caso de que gane, consiga ser presidente y remate llegando al despacho oval sin necesitar un ventilador en medio, tendrá que ponerse a pensar y a jugar. Necesitará cambiar las maneras groseras (y agresivas) de Donald Trump y comenzar un baile lento en el que reyes y peones serán los protagonistas.

El candidato demócrata a las elecciones presidenciales de Estados Unidos, Joe Biden. (Reuters)
El candidato demócrata a las elecciones presidenciales de Estados Unidos, Joe Biden. (Reuters)

Porque en vez del yo contra todos del republicano, se deberá imponer una férrea multitarea: un frente común con Europa, Taiwan, Canadá, Australia y un largo etcétera de socios y grandes jugadores que tengan una agenda en común. Será un escenario en el que primero hay puentes de hierro que construir entre todos, antes de estrechar lazos con China. Nos estamos entreteniendo demasiado con los duelos televisivos mientras engullimos palomitas. Nos estamos creyendo que esto es un 'show' de telón rápido y que pronto veremos el final. Esto es una paranoia de los conservadores del mundo. Que no significa nada que quienes rescataran a Italia (y a España) en marzo con material sanitario fueran grandes aviones blancos con letras en chino. Que el 98% de la producción de antibióticos americanos esté en China.

Nos mandaron un virus vía postal, como muchos otros antes, pero esta vez con una pequeña diferencia: han conseguido que el mundo entero se pare. Las miradas al súper poder que tiene China deberían ser de recelo, no de simpatía. De defensa y de ataque. De firme desconfianza y hábil ejecución. De liderazgo de las economías libres frente una dictadura que está a cuatro rebrotes y una reedición del covid, de ser la primera potencia del mundo. Urge acabar con el virus. O al menos aprender a vivir con él, pero apremia una necesidad superior: evitar que llegue a los pulmones de Occidente y nos ahogue.

540 Park Avenue
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
5 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios