La victoria del tío (abuelo) Sam

No creo que este circo dure mucho, y Donald Trump saldrá a reconocer su derrota de manera, digamos, elegante

Foto: El futuro presidente de Estados Unidos, Joe Biden. (Reuters)
El futuro presidente de Estados Unidos, Joe Biden. (Reuters)

Es uno de los carteles más famosos del mundo. Un anciano vestido con los colores estadounidenses. Muchos piensan que es un presidente, Abraham Lincoln o quizá una versión de George Washington con barba. Pero nada más lejos de la verdad de su origen. Es la cara de Samuel Willson, una de las más famosas del mundo, de un comerciante que durante la guerra entre los ingleses y americanos firmó un contrato para suministrar barriles de carne para los soldados. Como eran sellados con las iniciales U.S. (United States), los soldados empezaron a bromear con las iniciales (Uncle Sam, Tío Sam en castellano) mientras muertos de hambre recibían aquellos cargamentos como si fuera oro. Durante la Primera Guerra Mundial se convirtió en el póster más famoso del país al ser utilizado para llamar a filas y fue en 1961 cuando la Cámara de Representantes y el Senado resolvieron que el famoso y viejo carnicero, se convirtiera en un símbolo nacional de los Estados Unidos.

Pues bien, de viejos de carne y hueso y símbolos llegamos a hoy, el día del Armagedón en el que la primera potencia del mundo anuncia con demasiadas alegrías, que ya tiene a su 46º presidente y nuevo comandante en jefe para la guerra contra reloj en la que está envuelta. El júbilo nacional responde básicamente a que Trump ha conseguido cabrear al planeta entero y a la mitad de su país. Y los que salen a la calle se alegran de que entre Joe Biden y salga Donald. Hoy no es un día de la victoria. Ha sido una semana de infarto que ha dejado un resultado agónico y más ajustado de lo que todo el mundo imaginaba.

Todos se encuentran ahora pendientes del momento en que el todavía presidente asuma su derrota, la haga pública, retenga a su ejército de abogados, deje de poner en Twitter que ha ganado, que todo ha sido un fraude, asuma que esta vez y en la vida en general, y en la americana en concreto, no se puede ir de charco en charco hasta el barro sin que haya consecuencias. Corren como la pólvora las bromas y las caricaturas de estas horas frenéticas sobre el modo en el que el inquilino de la Casa Blanca desaloje y deje paso a la siguiente familia. Llueven exhibiciones, bailes y protestas por todo el país. Quizá sea demasiado optimista, pero no creo que este circo dure mucho, y saldrá a reconocer su derrota de manera, digamos, elegante. Porque hace tres semanas había alguna esperanza, pero los datos que manejaban los republicanos daban pistas de este resultado apretado, pero complicado para ellos. Y empezaron a circular los rumores de que va a comprar un canal de televisión desde el que va a seguir siendo el dueño del micrófono y el escenario. Y se dice que hasta su hijo Donald Jr. ha empezado a acariciar la idea de presentarse en cuatro años. Mientras, esta semana muchos han saltado ya de su barco y ha empezado esa fase tan preciosa de la política de desmarcarse del perdedor como de la peste.

Pero más allá de la rumorología o quinielas, todo suena a un gran suspiro de alivio por haber acabado con este calvario de números, de familiarizarse con las velocidades de recuento de Pensilvania o Delaware y distinguir los colores rojos y azules subiendo o bajando. Se han quedado quietos, y eso es ya una buena noticia. Veía ayer la llamada de Kamala Harris (para que se familiaricen y no metan la pata como yo, en inglés se pronuncia con un acento muy agudo en la primera "a") felicitando a Biden. Ella en chándal y con respiración de "me ha pillado todo por sorpresa" y haciendo 'footing'. Y él, no sabemos como estaba al otro lado del teléfono, pero supongo que la voz sonaba a hueco de burbuja de oxígeno gigante donde va a vivir, al menos, hasta finales de enero cuando tome posesión del cargo. Como todos sabemos, un estornudo hoy en día es lo más parecido al botón rojo nuclear. He llegado a ver personas que por hacerlo hacia dentro y no causar alarmas, les han reventado los tímpanos. Y el 'abuelo' Biden y futuro presidente tiene a corto plazo, como única misión, estar vivo durante dos meses y coger la Biblia y leer (alto y fuerte) el artículo segundo de la constitución de los estados unidos: "Juro solemnemente que ejerceré fielmente el cargo de presidente de Estados Unidos, y hasta el límite de mi capacidad, preservar, proteger y defender la Constitución de los Estados Unidos".

Será en ese momento y solo en ese, cuando el mundo respirará de verdad. Y no porque las cosas ni el eco de la política americana vayan a llegar pronto y ni mucho menos, lejos. Sino porque, en estos días de pandemia, hacer planes para Navidad es como un documental de National Geographic y llegar a la ceremonia presidencial, la subida al Annapurna. Joe Biden será presidente con 78 años y tendrá que pelear, desde su ancianidad, contra un virus, personal y nacional, y rescatar la economía maltrecha de este país. Recoge un mandato en una situación extremadamente delicada y con la impaciencia como único estado de ánimo que une a las dos costas. Con el Senado en contra, dispuesto a tumbarle todo lo que pueda, por mucho que los horteras repitan que hoy ha ganado la democracia. Eso siempre lo cantan los triunfadores de cada contienda electoral y resulta tan sobado como pringoso. En ese cartel, veremos que ese hombre barbudo apretando los dientes se parecerá cada vez más al 'abuelo' Biden señalando con el dedo a cada americano y recordándole que se una a esta peculiar guerra. Intentará con calma, desde la mecedora al lado de la chimenea, unir al pueblo americano. Se dejará hacer. Será el presidente amable al que moverán poco de un lado a otro. Y puede que antes de 2024, veamos a una mujer ocupar por primera vez ese puesto. Hoy, solo hay algo seguro de esa imagen: el Tío Sam y su mundo idílico han pasado oficialmente a la historia.

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