John McCain, el gran profeta republicano

Porque esta nueva época de pasarela populista está siendo un desfile de la vulgaridad, la ostentación, los grifos de oro, la chulería y la incultura

Foto: El senador John McCain. (Reuters)
El senador John McCain. (Reuters)

Un día de octubre de 1967, mientras volaba sobre Hanoi, durante la guerra de Vietnam, un misil derribó su avión. Como consecuencia del impacto se fracturó los dos brazos y una pierna y fue apresado por las tropas enemigas. Cuando su padre se convirtió en comandante de las fuerzas estadounidenses, sus captores le ofrecieron liberarlo. Pero McCain dijo que no saldría hasta que todos los prisioneros estadounidenses fueran liberados. Sus captores le avisaron de que las cosas le iban a ir realmente mal… y lo cumplieron reteniéndole cinco años y torturándole a diario. El 15 de marzo de 1973, ya en la fase final de la guerra, fue puesto en libertad. Fue condecorado con la Estrella de Plata, la Legión de Mérito, la Cruz de Aviación por Servicio Distinguido, la Estrella de Bronce y el Corazón Púrpura.

John McCain, en una foto de archivo de la US Navy. (Reuters)
John McCain, en una foto de archivo de la US Navy. (Reuters)

Hace tiempo leí en una entrevista al que fue asesor suyo durante la campaña presidencial de 2008, Mark McKinnon, contar cómo una vez tuvo que ayudar al candidato a peinarse mientras se preparaba para un evento público en Nueva Hampshire: "Fue un momento vulnerable de este soldado orgulloso. Cuando se fue hacia la multitud yo me di la vuelta y solo pude llorar". Y es que el que fuera senador y candidato a las elecciones generales en dos ocasiones, nunca pudo recuperarse del todo de sus heridas de guerra y a penas podía levantar los brazos.

Y de todo esto, me acordé este viernes cuando su hija Meghan, colgó en Twitter una foto de su padre con el siguiente texto: “Me gusta la gente que no pierde Arizona”. Se refería, con ironía a ese momento lamentable en el que Donald Trump, tras el fallecimiento de McCain y al no ser invitado al funeral, dijo de él que era un héroe de guerra porque fue capturado, pero que “Simplemente no me gusta la gente que pierde. Nunca ha sido un personaje que me gustara”.

Confieso que McCain es uno de los pocos políticos americanos, de los que más he leído y al que más he admirado. No solo por su pasado como veterano de guerra, ni por todos sus aciertos (y errores), su amplitud de miras políticas o sus campañas con discursos realmente emocionantes sino, sobre todo, por su elegancia. Esa capa invisible que trasciende a los conocimientos, a las vestimentas terrenales e incluso a todo lo humanamente acumulado. Se tiene o no se tiene. Casi siempre va a asociada a la humildad, el coraje de saber tener domado y atado al ego, a la calma y a una forma especial de servir en política (y en la vida pública) de los que pocos pueden presumir. Es el resultado de muchos libros leídos en silencio y sin alardes.

Es una huella que queda y se hace grande más allá de la muerte. Muchos hablan estos días de esa suerte de bumerán del tan mencionado karma (esa arma arrojadiza que cuando no da en el blanco, vuelve al punto de partida) que le ha dado en toda la boca al ya oficialmente perdedor, Donald Trump. Y es que ha perdido Arizona, el estado y feudo republicano de donde era McCain. La verdad es que yo los asuntos de las energías no los trabajo y me resultan un tanto cargantes, pero hay muertos a los que se les echa de menos y que aparezcan en los titulares del mundo de los vivos, se agradece.

Porque algo que no se entiende (o se utiliza como excusa) es que en esta contienda electoral ha perdido Trump, pero ha perdido también mucho de lo que tenía acumulado el partido republicano. Porque esa es la verdadera letalidad de personajes aupados por los intereses del resto de pijos del mundo y aspirantes a serlo, que se llenan la boca de patrias que no tienen y encima, tienen la osadía de bautizar con incienso a unos y llevar a los infiernos a otros. Ese maniqueísmo de derechas que tanta porquería está esparciendo por el mundo. Esa división entre progres o no. Entre los que ven la verdad con mayúsculas y los que se entregan a la oscuridad apocalíptica. Ese otro pensamiento único en el que todo son titulares grotescos y groseros. Esos que avisan de los peligros del llamado nuevo orden mundial (antes eras las conjuras judeo-masónicas) pero que en el fondo solo quieren crear otro desorden que ellos puedan controlar. Esa clase privilegiada que padece un empacho de soberbia y demasiado tiempo libre para decir chorradas indocumentadas sin límite.

Soldados durante el entierro de John McCain. (Reuters)
Soldados durante el entierro de John McCain. (Reuters)

Pivotan desde la fe a la bandera sin ninguna solución de continuidad. Faltan al respeto de todo el que ellos consideran infieles a esas etiquetas mal escritas que tienen como mandamientos sagrados. Difaman sin pudor. Enaltecen sin rubor a Mussolini a Franco y a Trump, todos en el mismo saco. Meten miedo como ellos. Asustan desafiando y avisando quien entrará o no en el Reino de los Cielos. Advierten en titulares cortos que el que no tenga sellada su cartilla de tópicos perversos, no será invitado a la fiesta. Santo y seña de estos tiempos en el que los bandos siempre benefician a los privilegiados. Gente que puede gritar porque no tiene que trabajar.

En uno de los mítines de McCain, multitudes empezaron a criticar a las personas negras y musulmanas. En una ocasión, una mujer dijo que ella no confiaba en Obama porque era “un árabe”, y McCain, en uno de los momentos más aplaudidos de su campaña, respondió: “No, señora. Él es un hombre de familia decente, un ciudadano con el que simplemente tengo desacuerdos sobre temas fundamentales”.

Esto es entender por qué Donald Trump ha perdido. Es la profecía de Arizona de la que Joe Biden no tiene ningún mérito. Es el grito de republicanos que se han hartado de que se hayan pervertido muchos de sus principios. En Estados Unidos no ha ganado la izquierda como tantos dicen. Han perdido los que han abandonado la tradición de la verdad, pisoteando la libertad y escapando hacia otra cosa que se llama moda -esto no es mío, es de Chesterton- Porque esta época de pasarela populista no ha sido más que un desfile de la vulgaridad, la ostentación, los grifos de oro, la chulería, la incultura y la mala educación. Por lo menos, aunque sea por unos días, ha vuelto el recuerdo de la política 'prèt-á-porter' de John McCain. Esa que Estados Unidos no debería haber perdido nunca.

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