La escandalosa ignorancia de Obama
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Rubén Amón

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La escandalosa ignorancia de Obama

Sería embarazoso desvincular a Obama del programa de escuchas al precio de retratar su incompetencia pasiva en los asuntos capitales del Estado

Foto: Barack Obama en la ceremonia de bienvenida del nuevo director del FBI (Reuters).
Barack Obama en la ceremonia de bienvenida del nuevo director del FBI (Reuters).

El mito de Edipo antecede en siglos a la hipótesis freudiana del subconsciente tanto como arraiga en la cultura occidental el principio fundacional de la responsabilidad, independientemente de la connotación activa o pasiva: el rey de Tebas es culpable de haber matado a su padre y de haber yacido con su madre, desconociendo que se trataba de un parricidio y de un incesto.

Es la razón por la que la ignorancia nunca representa un atenuante. Y es el motivo por el que Obama tampoco puede acomodarse en el “no saber” para justificar la sorpresa que suscita el escándalo del espionaje.

Armándonos de candidez y de ingenuidad, podríamos aceptar ese viejo aforismo del ala oeste según el cual un presidente de EEUU sabe exactamente lo que quiere saber y ni una palabra más.

Resultaría escandaloso que Obama se hubiera enterado por la prensa. Y aun no siendo así, se antoja más embarazoso desvincular al presidente del programa de escuchas al precio de retratar su ignorancia y su incompetencia pasiva en los asuntos capitales del Estado

Sería una estrategia para sustraerse al trabajo sucio, verbigracia las escuchas, pero este pragmatismo o este cinismo conceptual se resienten del poder que adquieren entonces los cargos y agencias subordinados.

Empezando por la NSA, cuya estructura y metodología anteceden a Obama igual que van a sobrevivirlo. No es que le hagan la guerra al propio presidente norteamericano ni que lo saboteen bajo criterios maximalistas, como se desprende de la premonitoria serie 24 horas.

Más bien sucede que la NSA, como la CIA, hace su propia guerra al amparo de argumentos totémicos e indiscutibles (el terrorismo, la seguridad, la hegemonía) y con la inercia de una idiosincrasia burocrática asimilada que pretende aliviar la agenda y las preocupaciones abrumadoras del jefe del Estado. Muchas veces a riesgo de incurrir en el abuso de confianza y de neutralizar los poderes que revisten el cargo presidencial.

La paradoja que se desprende de este escenario consiste en que Obama, como cualquier presidente de EEUU, puede ser muy poderoso o puede ser muy débil, precisamente por su grado de implicación o de ignorancia en la fontanería del Estado y en las cañerías de la política exterior.

placeholder El presidente Barack Obama en Alemania

Se explica así el cierto estremecimiento que produce leer ayer por la mañana las informaciones del Wall Street Journal según las cuales Barack Obama, efectivamente, no estuvo informado de los pinchazos a 35 líderes mundiales ni tampoco conocía los detalles de la operación masiva de espionaje.

Resultaría escandaloso que Obama se hubiera enterado por la prensa. Y aun no siendo así, se antoja más embarazoso desvincular al presidente del programa de escuchas al precio de retratar su ignorancia y su incompetencia pasiva en los asuntos capitales del Estado.

Más aún cuando esta última hipótesis agrava más su posición de cuanto la redime. Apelando al mito embrionario de la responsabilidad, Barack Obama tendría que arrancarse los ojos como hizo Edipo al revelársele la naturaleza de sus fechorías. En ese caso, comprenderíamos que no hubiera visto nada y que sus hijas lo llevaran de la mano, como hizo Antígona.

* Rubén Amón es un periodista nómada radicado en Madrid que busca fuera de España las respuestas (y las preguntas) que no encuentra dentro.

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