La valla y la isla
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Rubén Amón

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La valla y la isla

Melilla tiene un problema con la valla igual que Lampedusa lo tiene con los desembarcos, pero ninguno de los ejemplos retrata una oleada de invasión migratoria

placeholder Foto: Soldados asisten a varios inmigrantes tras ser rescatados cerca de Lampedusa (Efe).
Soldados asisten a varios inmigrantes tras ser rescatados cerca de Lampedusa (Efe).

Melilla tiene un problema con la valla igual que Lampedusa lo tiene con los desembarcos, pero ninguno de los ejemplos retrata una oleada de invasión migratoria en Europa, por mucho que esta imagen de los bárbaros al acecho haya estimulado la doctrina xenófoba de la extrema derecha continental. Y no sólo de ella.

Me refiero a la política de expulsiones de gitanos de Manuel Valls, cuya reputación en los sondeos concebidos en Francia predispone a la ambición de una carrera personal sospechosamente similar a la que antaño emprendió Nicolas Sarkozy.

Y no sólo por la edad con que emprende el asalto. O por el parecido físico. También porque la cartera de Interior se ha demostrado extraordinariamente propicia a la ventaja política, especialmente si cunde en la opinión pública una emergencia de seguridad y de identidad, expuestas ambas al fantasma recurrente de los invasores.

Tanto vale la dramaturgia de la sugestión para el ajetreo de las barcazas subsaharianas. Ya se ocupan Marine Le Pen y sus colegas europeos de alertar sobre la conquista marítima, cuando el único peligro de las travesías concierne al timón de Caronte y a la agonía de unos parias constreñidos a elegir entre la muerte o la muerte.

El mito de los “papeles para todos”

Me decía un exministro del Interior español de carrera asombrosa (no imaginan cuánto) que la inmigración no es un siniestro circuito clandestino de túneles y embarcaciones oscuras, sino un avión proveniente de Río o de Guayaquil cuyos pasajeros se convierten en ilegales en cuanto caduca su visado turístico. Fue la manera incruenta con que penetró la mano de obra extranjera en tiempos de bonanza, así es que el fantasma de la invasión alertado entonces y el mito destronado del efecto llamada (“papeles para todos”) adquieren hoy el aspecto de un estúpido fatalismo y de un error estratégico.

Se ha producido un cambio de paradigma (de la inmigración a la emigración, insistimos), pero no un cambio de percepción en la opinión pública respecto a la nueva dinámica del problema. Me refiero a que el gentil monstruo de Bruselas (Enzensberger), la crisis económica y el euroescepticismo resultante han cebado el instinto defensivo de  la identidad (y de la xenofobia) entre los partidos políticos que fomentan la idiosincrasia patriótica o nacionalista amalgamando los sentimientos.

En primer lugar, porque la pasividad de los electores desengañados beneficia la hiperactividad de los militantes. Y, en segundo término, porque los partidos convencionales han malogrado su credibilidad. O pretenden recuperarla, como Valls en Francia, evacuando de la patria la caravana de los gitanos, con los osos, las pitonisas y los ladrones de niños al compás de los martillazos del Trovador.

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