Del 'apartheid' al Brexit: por qué la auténtica 'leyenda negra' es la del Reino Unido

Tras la loable gesta en la II Guerra Mundial, los británicos se apoderaron de la historia y difuminaron las tropelías que llevaron a cabo en lugares como Sudáfrica, Hong Kong o India

Foto: Recibimiento en Londres a los reyes Felipe y Leticia. (Reuters)
Recibimiento en Londres a los reyes Felipe y Leticia. (Reuters)

"En el club teníamos prohibido el acceso. Era solo para los ingleses. Solo algunos nacionales de clase muy alta entraban aquí como invitados y el resto eran sirvientes. Ellos vivían aparte. Aquí en la zona hay pelirrojos y personas de ojos azules. Los ingleses tuvieron algunos hijos con las mujeres de la zona, pero en los archivos municipales no hay constancia de casi ningún matrimonio".

La frase, escuchada durante un reportaje realizado en 2008, no la pronuncia un ciudadano de una excolonia británica como Kenia, India o Zambia, sino el encargado del Club Bella Vista en Río Tinto, Huelva, donde la Río Tinto Company Limited compró en 1873 la explotación de las minas españolas por 92 millones de pesetas. Los directivos británicos desplazados a la península Ibérica quisieron separarse en 1903 de sus vecinos hispanos y levantaron su propio barrio y club victoriano con estrictas normas. En 1954, España recuperó el control de las minas.

Río Tinto, en Huelva. (Javier Brandoli)
Río Tinto, en Huelva. (Javier Brandoli)

Río Tinto fue durante décadas una isla dentro de España. Allí nació el primer equipo de fútbol, se construyó la primera cancha de tenis y se levantaron colegios y clínicas con métodos y tecnología avanzados respecto al resto del país. Y fue también un ejemplo más, hoy sublimado de nuevo a golpes de Brexit, del 'desinterés' británico por mezclarse con otras razas y culturas.

Ese es un relato poco extendido en un siglo XX en que el cine, especialmente, se convirtió en el principal vehículo masivo de narración histórica. El mundo anglosajón enseñó ahí a un pionero rubio luchando contra malvados pieles rojas que cortan cabelleras en interminables praderas que no ocupaba nadie; a un caballero británico sobrevolando con su avioneta las sabanas africanas llenas de animales salvajes, o a un valiente grupo de marineros arribando a las paradisíacas islas de los mares del Sur donde unos primitivos nativos les lanzaban flechas. Viajar, y no ver solo películas o televisión, modifica algo ese relato.

Los campos de concentración y el 'apartheid'

En una cena en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, donde viví entre 2010 y 2011, Carola, una periodista sudafricana, narraba una dura historia de su niñez. “Yo vivía en Estados Unidos y venía los veranos y navidades a casa. Nunca me separaba de mi abuela. Yo era su nieta favorita y los meses que aquí pasaba estábamos siempre juntas. El problema es que ella hablaba afrikáner y yo inglés, así que apenas podíamos comunicarnos. Se murió sin que pudiéramos hablar una sola vez. Luego, años después, supe que sí que hablaba inglés pero se negaba a utilizarlo. Ella participó en las guerras anglo-boers y vio cómo en los campos de concentración en los que la recluyeron morían su hermana, tías y miles de personas hacinadas y asediadas por las enfermedades, especialmente mujeres y niños que eran los allí encerrados. Se atacó a las familias, que era lo más sagrado de aquellos hombres. Prefirió no hablar nunca con su nieta favorita a usar la lengua inglesa".

Los campos de concentración son un cruel invento inglés de las guerras anglo-boers de finales del siglo XIX y principios del XX

El relato sorprende. Los campos de concentración son algo relacionado para la mayoría de la población con los nazis, no con los británicos. Sin embargo, son un cruel invento inglés de las guerras anglo-boers de finales del siglo XIX y principios del XX. "Al terminar la contienda, unos 28.000 boers habían muerto en los campos de concentración, de los cuales 22.000 eran niños", narra en su magnífico libro 'Historia de Sudáfrica' el historiador R.W. Johnson.

Monumento contra el 'apartheid' en una barriada de Ciudad del Cabo. (J. B.)
Monumento contra el 'apartheid' en una barriada de Ciudad del Cabo. (J. B.)

"Los sudafricanos británicos aquí han sido muy hipócritas. Apoyaron el apartheid o miraron para otro lado, pero solo se señala a los descendientes de los holandeses", me decía Danica, una sudafricana blanca de origen holandés. Quizá la mayor hipocresía ha sido la cortina de humo que supuso el régimen sudafricano sobre el apartheid 'de facto' que se aplicó en el resto del continente. Los sudafricanos lo pusieron por escrito y elaboraron toda una ingeniería legal para sostenerlo. Otros, sencillamente, lo aplicaron. "Aquí también sufrimos el apartheid como en Sudáfrica. Mi padre era kikuyu y luchó por conseguir la libertad contra los británicos", me contaba Robert, un taxista keniano, en una de mis visitas a Nairobi.

Los ingleses aplicaron en Kenia un procedimiento parecido al terrible sistema de los bantustanes sudafricanos en el apartheid (barrios donde vivían forzosamente los negros sudafricanos). Había barrios para blancos, barrios para asiáticos y barrios para negros. Incluso la población negra debía usar una especie de salvoconducto llamado 'kipande' para entrar en la zona blanca. Además, en las zonas rurales la segregación se hizo por etnias, lo que como en otros muchos países africanos que visité ha dejado hoy un fuerte legado de conflicto social entre los diversos grupos tribales.

En Marsabit, una aldea al norte de Kenia cerca de Etiopía y Somalia, un farmacéutico que me trataba una infección en la boca lo resumió así entre bromas: "Este país lo inventaron ustedes y ahora debemos ponernos de acuerdo todas las tribus que vivimos aquí dentro". En ese ustedes, estaba implícito el que un europeo blanco como yo pertenece a la tribu de europeos blancos que gobernó esta tierra.

Las leyes británicas anteriores a la independencia de Kenia en 1963 tienen un reguero de ejemplos racistas de igual calado que el apartheid sudafricano. En 1925, 23 años antes de la victoria del Partido Nacional en las elecciones sudafricanas y del inicio oficial del apartheid, se promulgó en Kenia la Vagrancy Ordinance (ley de vagos), una norma que restringía el movimiento de africanos después de las seis de la tarde. Recuerdo que cuando vivía en Ciudad del Cabo veía aún en algunas esquinas las sirenas que se usaban para advertir a los negros y mestizos que debían abandonar la zona de la ciudad para blancos llegado el atardecer. ¿Se parecen ambas normas?

Desinfectar el museo tras la "manada china"

Una mujer posa en The Peak, una parte que estaba prohibida para los chinos en Hong Kong. (J. B.)
Una mujer posa en The Peak, una parte que estaba prohibida para los chinos en Hong Kong. (J. B.)

Lo ocurrido en China hasta hace poco más de 20 años no difiere mucho del relato anterior del oscuro pasado colonial británico en África. El pasado febrero estuve viajando por Hong Kong, una ciudad que en algunas partes parece del siglo XXII y en otras del siglo XIX. Las revueltas sociales, como las ocurridas estos pasados meses de junio y julio, son constantes para impedir el total control por parte de China de una ciudad considerada Región Administrativa Especial con marcadas diferencias políticas y sociales con el resto del país.

Ese estatus le fue concedido en 1997 y forma parte del acuerdo entre China y Reino Unido para la transferencia de la última gran colonia británica en Asia. Durante una cena, un joven hongkonés universitario me dijo una frase sorprendente hablando de su reciente historia: "Antes con los ingleses éramos más libres. Pekín quiere quitarnos libertades".

La frase es sorprendente no porque denuncie el férreo control y carencia de libertades que quiere imponer China, sino porque bajo el dominio británico los hongkoneses eran ciudadanos que tampoco eran libres. Un profundo estudio del profesor estadounidense Richard Daniel Klein, titulado 'Ley y racismo en un entorno asiático: análisis del dominio británico de Hong Kong', señala que "había dos tipos de leyes, una para los europeos y otra para los chinos. Las leyes se hacían para asegurar que los chinos no vivieran en las zonas mejores de la ciudad reservadas a los británicos. En una tierra donde el 98% de la población era china, el inglés era la única lengua oficial hasta 1974. No estaba permitido usar el chino en las instituciones públicas pese a que la mayoría de la población no entendía el inglés".

Una parte de Hong Kong prohibida para chinos. (J. B.)
Una parte de Hong Kong prohibida para chinos. (J. B.)

Subimos a visitar una de esas zonas prohibidas para los chinos, The Peak, donde hay las mejores vistas de la bahía. Durante años los únicos chinos que tenían permitido subir hasta allí eran los portadores de sillas-cama que cargaban a sus amos hasta sus casas en la cima más alta de la ciudad.

En aquellos tiempos, algunos relatos de los gobernadores británicos mandados a la metrópoli dicen literalmente que "los chinos viven en manadas y están bastante contentos de morir como ovejas propagando enfermedades a su alrededor". El profesor Klein compara la política de segregación racial impuesta por Londres en Hong Kong con un ejemplo ya mencionado en este texto.

"En algunas formas se parece a la ocurrido en Sudáfrica con el apartheid. Por ejemplo, el museo de Hong Kong tenía una política que permitía a los chinos la visita solo en las mañanas. Durante la hora de comida, el museo era cerrado y limpiado para un posterior uso exclusivo de los europeos". La última frase del estudio es demoledora para todos esos hongkoneses que, como mi amigo universitario, presumen que todo tiempo pasado fue mejor: "A los chinos de Hong Kong nunca les fue permitido por los colonizadores británicos disfrutar de la democracia, igualdad o independencia".

Churchill: "Odio a los indios, son repugnantes"

La India es otro brutal ejemplo de la poco contada leyenda negra inglesa. Viajé a Delhi unos pocos días de 2008 antes de partir a Nepal. Creo que nunca me he enfrentado a una ciudad que en las primeras horas me hiciera sentir un tremendo deseo de huir por el calor, olores y masificación de gente que se agolpaba a mi alrededor en el barrio mochilero de Paharganj, en la Vieja Delhi. Salimos pronto a pasear por la ciudad y acabamos en Connaught Place, principal área comercial de la ciudad en época británica.

Nueva Delhi, una ciudad distinta de Vieja Delhi, es una urbe levantada por los británicos a su medida desde 1911: jardines, palacios, avenidas... Ahí se llevó la capital del famoso Raj británico (Gobierno de la India), que dejó tras de sí una huella de racismo y horror difíciles de digerir pero que tampoco han conseguido manchar la reputación inglesa de país garante de los derechos humanos.

El desprecio por los locales en India llegó a tal grado que, en 1866, en la llamada hambruna de Orissa, las autoridades dejaron morir de hambre a más de un millón de personas ante la total inanición del Gobernador británico que detuvo un plan de entrega de alimentos. "Por kilómetros a la redonda escuchabas gritos de la gente pidiendo comida", declaró un testigo. A la vez que se sucedían esos hechos, el Gobierno de Su Majestad exportaba 100 millones de kilos de arroz a Gran Bretaña.

Niño come en un orfanato de la India. (Reuters)
Niño come en un orfanato de la India. (Reuters)

Además, en 1943, en plena II Guerra Mundial, con 2,5 millones de indios luchando como voluntarios para el Ejército de Su Majestad, se produjo una hambruna que no aparece en los libros de historia y que recientemente han sacado a la luz diversos documentales. En la región de Bengala, alrededor de 3 millones de personas murieron de hambre ante la indiferencia colonial inglesa que causó la masacre. Japón había invadido Birmania y cortado el comercio de arroz con Bengala. Los británicos habían confiscado las barcas de pescadores para su ejército y no había pescado. El arroz y cereal que había se mandaba a otras partes del Imperio británico. Millones de personas murieron por las calles.

Hay algunas fotos y documentos estremecedores que relatan cómo la gente se comía los vómitos. "Odio a los indios. Son un pueblo repugnante con una religión repugnante", fue la respuesta que dio el Primer Ministro británico, Winston Churchill. "Los británicos ven a Churchill como un santo apóstol de la libertad y la democracia cuando tiene mucha sangre en sus manos y es uno de los peores genocidas del siglo XX", ha manifestado recientemente el escritor y político indio Shashi Tharoor, autor del libro 'Ignominioso Imperio, lo que los británicos hicieron a la India'.

"Trump es un maldito imbécil, un racista"

No hay que irse a África ni a Asia para ver más ejemplos racistas de colonias o excolonias británicas en este caso. En junio de 2015, estaba en un taxi en Nueva York cuando por la radio se escuchaba en las noticias el lanzamiento de la campaña de Donald Trump con unas declaraciones sobre los mexicanos que entonces parecían una broma: "Están enviando drogas, enviando crimen, son violadores”.

Trump Tower, en Nueva York. (J. B.)
Trump Tower, en Nueva York. (J. B.)

¿Se acuerdan cuando las declaraciones de Donald Trump nos parecía una broma? El taxista, un afroamericano, se echó a reír y soltó "es un maldito imbécil. Un racista". El ¿racista?, quién lo iba a decir entonces, ganaba un año después las elecciones y el viejo fantasma del conflicto racial estadounidense volvía a sacudir el país. Lo pude sentir de cerca en Los Ángeles cuando en agosto de 2016, dos meses antes de su victoria, alquilé un apartamento en la playa, sin aire acondicionado, y tardaba en dormirme una hora hasta que se apagaban los gritos de decenas de vagabundos mayoritariamente negros que dormían bajo mi ventana y que tenían como costumbre a media noche empezar a gritar en coro: "Fuck Trump. Fuck Trump". Y lo repetían como un mantra que ejercía de canción de cuna.

Las contradicciones devoran la tierra de las libertades. Estados Unidos es el país que entre 1861 y 1865 vivió una guerra civil para abolir la esclavitud, pero que hasta 1965 no aprobó la Voting Rights Act (ley de derecho de voto) que prohibía las prácticas discriminatorias en el derecho de voto de los afroamericanos. También en EEUU, hasta 1964, existían las leyes Jim Crow, que segregaban a la población por motivos raciales en los espacios públicos. Autobuses, piscinas, universidades... separados para blancos y para negros formaban parte de la realidad legal de una potencia que por entonces ya se permitía intervenir en otros países con la excusa de garantizar libertades que no gozaban algunos de sus conciudadanos.

"No sabía que la historia de nuestros países se parecía tanto. Veo que Estados Unidos y Sudáfrica tienen dos historias casi iguales", leí que escribía un tipo de Arizona en el libro de dedicatorias del monumento Voortrekker, sacrosanto monumento de la retórica apartheid, en Pretoria, Sudáfrica.

"Hubiera sido mejor que nos conquistaran otros"

Ante todo este pasado, ¿cómo es posible que los anglosajones hayan pasado de puntillas sobre la negra crónica colonial y se hayan permitido señalar a otros imperios como el español del que fomentaron su leyenda negra? El agravante británico es que muchos de los ejemplos antes relatados no son del siglo XV al XVII, donde la Iglesia católica debatía aún si los indígenas tenían alma y los cruzados soñaban con regresar a recuperar Tierra Santa, son del siglo XX, tras la ilustración, los avances científicos, la Carta de derechos Humanos de la ONU... que en muchos casos ellos mismos impulsaron.

Churchill: "No admito, por ejemplo, que se haya infligido una gran injusticia contra los indios rojos de América y el pueblo negro de Australia"

Tras el final de la II Guerra Mundial, donde su lucha para parar el nazismo fue loable, los anglosajones se apoderaron de la historia. Churchill es considerado un héroe por haber detenido a Hitler y por tanto haber liberado al mundo de la tiranía del nazismo, pero es también el autor de alguna frase como esta que resume el sentir de buena parte de la política británica colonial:

"No admito, por ejemplo, que se haya infligido una gran injusticia contra los indios rojos de América y el pueblo negro de Australia. No admito que se haya cometido una injusticia contra estos pueblos por el hecho de que una raza superior, una raza de grado superior, una raza con más sabiduría sobre el mundo por decirlo de alguna manera, haya llegado y haya ocupado su lugar".

Mujer quechua en Cusco, Perú. (J. B.)
Mujer quechua en Cusco, Perú. (J. B.)

Da igual. Toda esa realidad subyace ante el poder también indudable de su contribución en los adelantos técnicos, filosóficos, la llegada de la democracia y su lucha ante ideologías totalitarias. El cine y la televisión han fascinado tanto a medio mundo con su relato edulcorado que este pasado 23 de diciembre, paseando por la plaza de Armas de Cusco, en Perú, el guía, mestizo de origen quechua, me dijo: "Perdone que le diga, pero es una pena que aquí vinieron a conquistarnos los más brutos e incultos de los españoles. Gente sin educación ni preparación. Hubiera sido mejor que nos conquistaran otros".

Yo, caminando con prisas camino de la catedral, y sin ánimo de polemizar sobre una queja que comprendo, le contesté solo matizando el final de su frase: "La verdad es que Pizarro era un cruel conquistador, sin cultura, que hizo barbaridades. Pero si hubieran llegado esos otros antes, quizás esta conversación no estuviera sucediendo porque usted quizá no existiera". "Explíqueme eso", respondió el.

Crónicas de tinta y barro
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