El hombre, la piedra y el covid: las segundas olas y lo que la humanidad nunca aprende

La primera ola del covid nos pilló desprevenidos, la segunda la hemos ido engordando, retransmitiendo y comentando en directo

Foto: Escenario de un terremoto en Oaxaca, México. (Javier Brandoli)
Escenario de un terremoto en Oaxaca, México. (Javier Brandoli)

Los que son de la generación de los 70 y 80 quizá recuerden la impactante cabecera de un programa de televisión, “La segunda oportunidad”, en el que un coche iba por una carretera y chocaba brutalmente contra una enorme piedra una vez tras otra. Entonces, una voz en off decía “el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, de todas formas que bueno sería contar en ocasiones con una segunda oportunidad”.

La primera ola del covid nos pilló a la mayoría incrédulos y desprevenidos, la segunda la hemos ido engordando, retransmitiendo y comentando en directo. Si regresan los muertos, los confinamientos, las desgracias…(están por verse aún las consecuencias) no sé si lo de aplaudir en los balcones servirá como terapia para afrontar los males, pero daría cierta vergüenza presumir de que el gran cambio es que ahora la ovación en la ventana será con la mascarilla puesta. ¿Se da el hombre siempre contra la misma piedra? ¿La reacción frente al covid-19 es distinta a las realizadas ante otros riesgos? ¿Cómo se lucha contra una enfermedad contagiosa y el estigma de ser infeccioso a la vez? ¿Es usted la piedra, el coche o la voz en off de “La segunda oportunidad”?

Agua y fuego en Australia

El cambio climático y el covid-19 comparten ciertos aspectos. La comunidad científica internacional alerta de un grave problema (en el coronavirus no pasó con antelación a la pandemia de forma homogénea, pero sí pasa ahora) y existe una gran cantidad de negacionistas que o creen que no es tan grave, o creen que es una gran mentira creada por oscuros intereses, o les importa un carajo los problemas de los demás. ¿Les importan mucho a ustedes los problemas de los demás? ¿Saben que cada año mueren más de 400.000 personas por malaria en el mundo? ¿Y el hambre y las guerras de los otros cuánto les importa?

No hace falta ir al Amazonas o el Ártico para ver efectos climáticos extremos. En países como Australia parece haberles caído una plaga bíblica sobre sus cabezas en los últimos años en forma de agua y fuego. A Australia le pasa de todo y no porque no sean precavidos, nunca estuve en un país con más señales y advertencias de peligros. En muchos kilómetros de playas es complicado meter un pie en el mar por riesgo de morir por un ataque de medusas, tiburones o cocodrilos. Cuando por fin encontramos una zona en la ciudad de Palm Cove protegida por redes para bañarnos llegó una señora y nos dijo: “Tengan cuidado, la semana pasada saltó la protección un cocodrilo”. Entendimos que las piedras en Australia botan.

Una señal de peligro en Australia. (J.B.)
Una señal de peligro en Australia. (J.B.)

Era febrero de 2019 y estábamos en la región de Queesnland varados por unas gravísimas inundaciones que no nos dejaban llegar hasta Whitsundays. Fueron lluvias nunca vistas que descargaron en una semana el agua que de media descargaba todo un año. Hubo algunos fallecidos, miles de desplazados y fuertes daños materiales. “Seguimos construyendo cerca de cauces secos donde se producen los aluviones y las poblaciones crecen en las llanuras aluviales. Somos muy buenos en hacer frente a las emergencias cuando ocurren, pero no somos tan buenos en mitigar antes sus efectos”, explicaba el profesor Jonathan Nott, de la Universidad de Cook en Cairns.

Hubo civilizaciones antiguas que esto lo entendieron: “Los mayas entendieron que sus ciudades debían situarse en zonas altas para evitar las inundaciones y allí levantaron sus urbes. Hoy se construye en barrancos, laderas... El mundo prehispánico convivía con sismos y huracanes igual que nosotros. En Oaxaca hay constancia de un noble cuyo nombre era Ocho Terremoto”, me explicaba Pedro Francisco Sánchez Nava, Coordinador Nacional de Arqueología del Instituto Nacional de Antropología e Historia de México en un reportaje sobre el aguante de las construcciones antiguas en las grandes catástrofes. El profesor Nott pide que imitemos en eso a los mayas.

El cambio climático está ahí, yo lo veo cada año que salgo con el barco. Las lluvias, las temperaturas, los fondos marinos… todo está afectado

¿Ha habido inundaciones fuertes en Australia antes del calentamiento global? Sí, aquí hay carnaza para negacionistas, según un artículo de 2012 de Australiangeographic las peores inundaciones en el país han ocurrido en 1852, 1893, 1916, 1927, 1929, 1934, 1955, 1974, 1986 y 2010.

“Este mar está también cambiando. El cambio climático está ahí, yo lo veo cada año que salgo con el barco. Las lluvias, las temperaturas, los fondos marinos… todo está afectado por el calentamiento global. Yo soy marinero, nadie tiene qué decirme lo que veo, pero miles de estúpidos hablan y hablan”, me decía uno de los tripulantes del catamarán con el que nos adentramos en la barrera de coral. A propósito, fuimos hasta Michaelmas Cay, uno de esos paraísos únicos que hay en el globo y que aprovecho para recomendarles si pasan por allí.

Justo un año después de esas inundaciones, mientras en Europa nos preocupábamos de un virus incipiente, en Australia luchaban contra unos incendios gigantescos que acabaron quemando 10 millones de hectáreas. Australia es uno de los países más afectados por el calentamiento global según todos los indicadores. Para los que lean o entiendan inglés, les recomiendo un especial multimedia que hizo The Guardian, titulado “The Frontline, inside Australia´s climate emergency”, donde se aborda desde el terreno, hablando con locales, este asunto.

Una marca en el culo para los infectados de Sida

En Suazilandia (ahora Esuatini), el país del mundo con mayor prevalencia de casos de VIH con un 27% de la población adulta, la lucha contra el Sida es una cuestión de estado. El país, gobernado por el rey Mswati III, un sátrapa que vive rodeado de lujos en uno de los países más pobres del mundo, me pareció las varias veces que lo visité un campo seco lleno de gentes que luchaban por sobrevivir. La alegría suazi, que la hay, siempre me parecía que tenía algo de triste, quizá porque sabía que en sus entrañas el país estaba quebrado. Escribí algunas veces sobre el Sida en Suazilandia, pero lo que más me llamó la atención fue un plan que en 2009 se barajó para frenar los contagios: tatuar una marca en el culo a los enfermos con VIH. Hubo un aluvión de críticas desde todo el mundo y la medida no se llevó a cabo ante las protestas de todas las organizaciones internacionales. El estigma del Sida y el rechazo que provocaba en muchas comunidades hizo que la dolencia en sus inicios creciera en la penumbra por el miedo de los enfermos a ser señalados.

Suazilandia, Reed Dance. (J.B.)
Suazilandia, Reed Dance. (J.B.)

Sin embargo, a veces no reconocer la infección tenía otras razones. Contagiar Sida de forma voluntaria y dolosa está penado en algunos estados con cárcel. Ha habido diversos casos de contagios intencionados por personas desequilibradas que buscaban venganza o sencillamente joderle la vida a los otros. En marzo de 2019, Daryll Rowe fue condenado en Reino Unido a cadena perpetua tras una cadena de contagios intencionados a sus amantes particularmente cruel. Si los amantes no le contestaban o no querían volver a verle, él les mandaba mensajes diciendo que se quitó todas las veces el condón y que era portador del Sida.

Hay múltiples casos desde hace décadas de este tipo de contagio y múltiples juicios. En 2018 en Chile, ante el aumento de casos, se propuso la polémica medida de penalizar el contagio si el consciente portador del virus mantenía relaciones sexuales sin avisar a la otra persona que tenía VIH. Se trata de un delito culposo, ya que no hay dolo de contagio pero sí imprudencia. Hay fallos jurídicos que avalan esta tesis en países como Alemania, EE.UU, Italia…

En el mundo ha habido más de 35M fallecidos por el Sida y más de 36 millones de infectados. ¿Cómo se detiene la pandemia?

Unaids (programa conjunto de ONU sobre el VIH), aconseja que sólo los contagios intencionados tengan una carga penal y en caso de violaciones sea un agravante. “Muchas de las mujeres violadas tienen una doble pena: la humillación de la violación y las enfermedades que en muchos casos les contagian”, me explicaba en 2011 en Mozambique la representante de Unicef al tratar un tema sobre violaciones de menores.

En el mundo ha habido más de 35 millones de personas que han fallecido por el Sida y más de 36 millones de infectados. ¿Cómo se detiene la pandemia? Unaids para tratar el problema y conocer la respuesta de la gente ante el duro estigma de convivir con contagiados hace dos preguntas que pueden responderse ustedes: ¿compraría verduras frescas de manos de un vendedor con VIH? ¿Piensa usted que los niños con VIH deben ir a la escuela con otros niños no infectados?

Con el covid se han puesto en marcha app de detención de casos para alertar a vecinos o personas cercanas al contagiado, ¿debería hacerse lo mismo con otras enfermedades? ¿Por qué no es obligatorio aislarse o llevar mascarilla cuando se tiene gripe normal si también mueren cado año muchas personas por esta enfermedad? ¿Una persona con covid está obligada a guardar cuarentena porque se pasa en 15 días? ¿Si la posibilidad de contagio durara toda la vida qué se debería hacer?

Dos terremotos calcados

Primero tembló el suelo y luego a muchos, especialmente a los que pasaban los 40, les tembló la memoria. La vida puede ser una jodida casualidad y aquella del 19 de septiembre de 2017 era especialmente cruel. Me costaba poner los pies en el asfalto, sujetar la moto y entender porque la tierra parecía ondularse. Vi entonces a una mujer correr y gritar, junto a varias personas que movían los brazos como espantapájaros, y sin entender del todo nada entendí que estaba en medio de un fuerte terremoto. Yo estaba casi debajo de un puente que pensé que podía caerse, así que avancé con dificultad un poco con mi Vespa por si se derrumbaba.

¿Han vivido un terremoto? Cuesta moverse, avanzar, porque tu cuerpo no lo controlas del todo y se mece al vaivén de una fuerza que a mi me parecía un imán que me zarandeaba. No tuve la sensación de salir despedido, tuve la sensación de tener los pies anclados a un columpio. De pronto todo dejó de sacudirse, la tierra se calmó y entonces, justo entonces, me sorprendió el pánico de la gente. En mi entorno (cerca del Paseo de la Reforma) no había ningún inmueble derrumbado, pero miles de ciudadanos bajaban a la calle, gritaban que se apagaran todos los motores, corrían, había ataques de histeria… Para mi todo se había acabado, pero ellos, envueltos en recuerdos, sabían que todo apenas acababa de comenzar. Así fue, una hora después yo estaba recogiendo escombros, haciendo fotos, contando desaparecidos y viendo sacar muertos de entre edificios hechos añicos.

Terremoto en Ciudad de México. (J.B.)
Terremoto en Ciudad de México. (J.B.)

El segundo gran terremoto de México en 2017, dos semanas antes ocurrió uno de mayor magnitud pero en una zona más despoblada, el Istmo de Oaxaca, donde bajé también a hacer un reportaje y vi gente tan pobre y desesperada que dormían junto a sus viviendas de adobe derrumbadas para que no les robaran sus pocas pertenencias y escombros, ocurrió exactamente el mismo día que el terrible sismo que en 1985 derribó media Ciudad de México y dejó según cifras oficiales 3.192 muertos y extraoficiales cerca de 20.000 (la cifra extraoficial es más creíble según todos los estudios). De hecho, esa mañana habían sonado las alarmas sísmicas de la ciudad, como pasaba cada año en memoria de aquella primera catástrofe, y se había hecho una gran simulacro de evacuación que horas después se convirtió en real.

¿Sirvió de algo el terremoto de 1985? Los muertos en 2017, terremoto de 7,1 grados en la escala Richter, fueron 369 y hubo 5.765 viviendas dañadas de las cuales 2.273 fueron consideradas irrecuperables. 32 años antes, en un terremoto de 8,1 grados, hubo entre 10.000 y 20.000 fallecidos (afinando un poco más la realidad) y los inmuebles dañados fueron 53.000. La diferencia de cifras se debió a la propia característica del temblor, el epicentro, la energía que se liberó y a una mucho mejor infraestructura antisísmica. Sin embargo, cuando se caminaba por la inmensa urbe sobresalían varias cosas: había derrumbes pegados a edificios intactos; zonas devastadas y zonas impolutas; edificios donde había caído, como un acordeón, uno de los pisos y el resto no. ¿Por qué? Por corrupción, por codicia y por olvido.

Terremoto de Oaxaca. (J.B.)
Terremoto de Oaxaca. (J.B.)

Cuando se sobrepone un mapa de los derrumbes de ambos sismos se ve una franja similar en las zonas afectadas y las que no. “Se ha caído la zona pantanosa. La Ciudad de México se levantó sobre un lago que se fue secando y los barrios más afectados son los que están sobre la parte que no es roca”, me explicaban los expertos. Tal cual, los barrios que en 1985 fueron los más golpeados volvían a ser los barrios más castigados en 2017. Son algunos de los barrios 'cool' de la ciudad, como La Condesa o La Roma, levantados sobre arenas movedizas en los que la especulación urbanística ha dejado en todo caso más millonarios que fallecidos.

Además, se descubrió toda una trama de corruptelas en dar licencias de obra, uso de materiales no homologados y reformas hechas por propietarios sin permiso, como la de un inmueble que recuerdo que se cayó sólo una planta y había que demolerlo entero porque alguien había reformado su vivienda tirando muros de contención.

A finales de 2018, cuando dejaba de vivir en México y me trasladaba a Italia, un amigo nos explicaba que estaba invirtiendo sus ahorros: “Nos vamos a comprar dos departamentos magníficos en La Condesa, por poco menos de 200.000 dólares cada uno, que en unos años valdrán mucho más”. Cerca de su inversión, en el cruce de las calles Laredo y Avenida de Ámsterdam, yo pasé las primeras horas tras el sismo viendo como sacaban cuerpos vivos y cuerpos muertos de un edificio colapsado.

Mi casa ilegal en la ladera de un volcán

Desde la que era la plaza central de Pompeya se ve el volcán del Vesubio. Si se levanta la cabeza, se ven a lo lejos decenas de casas desperdigadas por la ladera de un volcán activo que en cualquier momento puede entrar en erupción. Si se mira a los lados, se ven los restos arqueológicos de la que fuera una urbe romana que ese mismo volcán en el año 79 borró del mapa. Se cree que vivían entonces allí en torno a 20.000 personas. Es complicado calcular el número total de fallecidos, pero los últimos estudios señalan que en un minuto se desató una furia de fuego que mató a previsiblemente miles de personas.

Muertos en Pompeya. (J.B.)
Muertos en Pompeya. (J.B.)

Cuando visitas Pompeya la imaginación vuela, es quizá uno de los parques arqueológicos más interesantes que hay en el planeta por casi haber dejado intacta, sepultada sobre ceniza, la vida de hace 2.000 años. Todo es pasado en ese lugar menos una cosa: el volcán. El Vesubio sigue activo. La última gran erupción se produjo en 1944 y devastó casi en su totalidad algunos pueblos limítrofes, mató a 26 personas y destruyó todo un escuadrón de 88 bombarderos B-25 del ejército de Estados Unidos en plena campaña de conquista de Italia en la II Guerra Mundial. En todo caso, hay también otras erupciones notables registradas del volcán en los años 472, 512, 1631, 1872, 1906 y 1929, junto a otras decenas de pequeñas explosiones que se han ido produciendo estos siglos.

El Vesubio sigue activo. La última gran erupción se produjo en 1944 y devastó casi en su totalidad algunos pueblos limítrofes

¿Puede uno pensar que el volcán del Vesubio puede volver a explotar? Sí, en cualquier momento. Desde 1631, el volcán ha “despertado” 42 veces. ¿Y qué han hecho los seres humanos ante esa posibilidad? “Eso está lleno de casas ilegales que se construyen muy deprisa. Es lamentable”, me decía en enero Giuseppe, arqueólogo y dueño de B&B en el que nos alojábamos en Pompeya. Hablaba de un fenómeno conocido, se ve fácilmente a simple vista, de cerca de 700.000 personas que viven en la considerada zona roja del volcán. La Revista Nature publicó un reciente estudio realizado por tres científicos en el que hablaban de grandes opciones de una próxima explosión que amenazaría a esos cientos de miles de personas. Durante décadas, en ocasiones bajo el auspicio de la camorra napolitana, se han levantado casas en un mes, con turnos de trabajo de 24 horas, en zonas de espesa vegetación para evitar que lo vieran las autoridades. En 2003, se creó un programa para incentivar el traslado de casas de la llamada zona roja a zonas seguras, pero recientemente se ha llegado a un acuerdo entre el Partido Democrático y Forza Italia, dentro de la región de Campania, para legalizar cerca de 30.000 viviendas. Hay tantas construcciones ilegales que algunas hasta obstruyen las vías de evacuación del monte. Se habla de otras 10.000, quizá más, construcciones “sin papeles”.

Y lo curioso es que todos esos cientos de miles de personas si el volcán explota y sobreviven saldrán en televisiones llorando, desesperados y buscando culpables. Exigirán que se les ayude. El hombre es magnífico en encontrar siempre culpable a los demás.

La lotería y los culpables

Al ser humano no le encanta jugar a la lotería, le encanta pensar que va a ganar a la lotería. El planeta está lleno de lugares donde se espera ya la catástrofe o se vive en medio de ella: violencia extrema, malaria, hambre, huracanes… No se tropieza con la piedra, se vive bajo ella. Pero no se puede huir, porque no se tiene a dónde, y se prefiere esperar el milagro de que el coche lleve airbag, o la ambulancia llegue pronto, que jugarse la vida subido a una patera rezando porque la madera flote y las olas sean benévolas.

Hay ejemplos donde sí se puede elegir y se elige asumir un cierto riesgo. ¿Por qué no debe hacerse? ¿El mayor deseo del hombre debe ser sobrevivir o ser feliz mientras se vive? En 2016 me crucé toda California en coche entre incendios que ahora cada año asolan ese estado (se han multiplicado por seis las hectáreas quemadas desde hace cuatro décadas). California está entrenada en todo caso a vivir en un precipicio: desde hace décadas se espera un nuevo gran terremoto en la Falla de San Andrés, como el ocurrido en San Francisco en 1906 en el que hubo 10.000 muertos. No pasa nada, este nuevo sismo no pillará a nadie desprevenido, en el cine han hecho ya varias películas de cómo sucederá todo y al final el tipo despeinado salva a su ex mujer y sus hijos tras un rescate en el que le acompañan su perro y una vieja furgoneta.

Quizá la diferencia, y eso con el coronavirus al principio no lo entendimos bien, es que yo tengo el derecho de decidir hasta dónde elevo el riesgo de mi vida, lo que no tengo derecho es a poner en riesgo la vida de los demás. Pondré el ejemplo de la malaria, enfermedad de la que estuve siempre muy cerca los tres años que viví en Mozambique: yo puedo elegir vivir en medio de ella y confiar en no infectarme o curarme, pero en términos del actual covid lo que de ninguna manera tengo derecho a hacer es convertirme en el mosquito.

Crónicas de tinta y barro
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