Trump, la 'fast food' y la amenaza de la posverdad global en 280 caracteres

Los políticos han aprendido que no necesitan a los medios y que ellos mismos pueden comunicarse sin filtros con sus votantes. ¿Cuántos seguidores tendría hoy Goebbels en sus redes sociales?

Foto: Donald Trump. (EFE)
Donald Trump. (EFE)

Ya no hay verdad, hay opiniones sobre verdades. Los periodistas mienten, las clases dirigentes son corruptas y no son fiables, y el verdadero pueblo, el bueno, tu manada ideológica, necesita líderes fuertes o partidos fuertes que los desenmascaren a todos. La fórmula es internacionalmente rentable, 'fast food', porque tiene la suficiente dosis de realidad para poner algún ejemplo con el que sostener esas opiniones que, además, presumen de igualitarias. Mentir una vez o mentir mil posibilita decir que todos mienten. Bajo esa premisa, leer el 'New York Times' o el 'Washington Post' es igual que leer 'One America News'.

Ha sido un proceso rápido que en estos últimos 11 años he ido observando desde los diversos países que he vivido. Así es este siglo XXI, todo se digiere en unos tiempos donde la velocidad de los acontecimientos es tan vertiginosa que el gran experimento que buscamos los humanos es conseguir que una partícula llegue a la meta antes de haber salido. Hubo un tiempo en el que la aventura era el camino y todos soñábamos con ser Ulises, no para llegar a Ítaca, sino para oír cantar a las sirenas y vacilar a los cíclopes.

Eso cambió, entre otras cosas, cuando apareció una herramienta que nos permitía informarnos, por tanto formarnos, leyendo solo 140 caracteres (que más tarde serían 280). Es decir, se acababa un texto antes de haberlo leído. La herramienta es fantástica, pero comer un día sushi también lo es. El problema es desayunar, comer y cenar un kilo de pescado crudo y que, encima, el chef que lo prepara a veces en realidad lo que sabe es hacer hamburguesas; y el arroz, cuando no le queda, lo cambia por frijoles. Eso son a veces las redes sociales.

Les voy a contar algo que cualquier editor de una web sabe: las redes sociales dan menos lectores de los que parece por sus abultados números. Yo soy desde hace 11 años, junto a Ricardo Coarasa y Daniel Landa, editor de una muy humilde web de viajes. Descubrimos con el asombro de aquellos inocentes inicios que un artículo de éxito en redes tiene más compartidos y me gusta que personas no ya que lo leen completo, sino que lo abren. Google Analytics te permite saber eso con precisión y descubrimos que mucha gente comparte un texto que o no ha leído o ha leído menos de 30 segundos. Les daré otro dato: un artículo de enorme éxito en uno de los grandes medios nacionales tiene una media de lectura de alrededor de 120 segundos. De enorme éxito, repito.

Cuando en 2010 me trasladé a Sudáfrica a trabajar como corresponsal, las redes sociales estaban en el inicio de su apogeo. Y con ellas llegó algo más definitivo, más peligroso, la posverdad en masa, la industrial, sin receta, gratuita, consumida por millones de adictos a la información que ya no necesitan hacer un mínimo esfuerzo y toman sus sobredosis sentados en la cama, en el metro o en la taza del váter. Desde ahí, con sus pequeñas píldoras, comprenden y se forman una opinión de lo que pasa en su país, China, Kenia, Rusia o Brasil. Eso ha sido posible porque las redes son una de las ramas de algo mucho más complejo y fascinante: internet. Internet es el mayor globalizador de conocimiento, un maravilloso milagro, una revolución equiparable a la industrial y la agrícola. Y todo este complejo engranaje ha acabado por generar una nueva forma de enfrentar la realidad. Cuando ves a un pastor masai o a un himba con una 'tablet' en las manos entiendes la magnitud del cambio.

El huracán Malema: "Bastardo, basura…"

Cuando llegué a Sudáfrica en 2010 tropecé con un personaje que era un huracán y del que yo previamente no sabía nada: Julius Malema. Uno abría cualquier web sudafricana o miraba los tabloides en las calles y semáforos y su nombre aparecía por todas partes. Su éxito rápido se internacionalizó y, con el Mundial de Fútbol a punto de comenzar, la prensa internacional nos volcamos en un personaje que decía un montón de inexactitudes, cometía un montón de excesos, era provocador, radical, agresivo y confirmaba muchos miedos y estereotipos. Por tanto, era un producto formidable para los medios, porque nos permitía poner llamativos titulares, y para los lectores que consumían esos llamativos titulares porque les permitía enfrascarse en muchas batallas. ¿Quién potencia a quién?

Johannesburgo. (EFE)
Johannesburgo. (EFE)

Malema se autodefinía como un 'freedom fighter' (luchador por la libertad) que iba a acabar la revolución que sus padres y abuelos no supieron terminar. Nelson Mandela y su generación de líderes carismáticos eran unos meapilas que habían aceptado el trato de pacificación con los blancos porque estaban adiestrados. Él, que nació en 1981 y apenas vivió el 'apartheid', iba a dignificar la lucha que él no tuvo que luchar, no como esos abueletes carismáticos que se habían pasado 27 años en la cárcel y habían tragado con pasar página.

La meteórica carrera mediática de Malema sorprendía. Él se definía como un hombre del pueblo, de izquierdas, y protagonizaba a la vez fiestas en clubes de lujo donde comía sushi sobre los cuerpos de mujeres blancas semidesnudas, era detenido conduciendo un lujoso BMW a 215 kilómetros por hora, cantaba en los mítines del partido como entretenimiento para la masa una vieja canción de los tiempos del 'apartheid' que se titula 'Shoot the boer' (Mata a los Boers), o protagonizaba una reveladora anécdota al confrontar la libertad de expresión y las críticas. En una rueda de prensa de abril de 2010 se puso a despotricar contra el partido de la entonces líder Hellen Zille, Alianza Democrática, por tener su sede en el lujoso barrio de Sandton, Johannesburgo, y no en los barrios populares donde vive el pueblo llano.

El periodista de la BBC, Jonah Fisher, le recordó entonces que él, el propio Malema, tenía su casa en Sandton; y el político, sin dejarle acabar la pregunta, le llamó "bastardo, basura, agente sangriento blanco…" y lo echó de la rueda de prensa. Vean la escena, está en Youtube, ¿les recuerda a algo o a algunos? ¿Les suena el nombre de Jorge Ramos?

¿Y qué pasó con Malema tras ese suceso? ¿Se marcharon el resto de periodistas de la rueda de prensa? ¿Debían hacerlo? ¿La prensa debe censurar este tipo de actos autoritarios? Lo que pasó es que el tipo se volvió una celebridad, que le dimos páginas y páginas de espacio en los periódicos. Tres años después, acabó saliendo del ANC por sus repetidos enfrentamientos con el entonces presidente, Jacob Zuma, que hasta entonces lo había protegido y reído sus gracias y desmanes como las de un niño travieso, y hoy lidera el Economic Freedom Fighters, con 44 de 400 parlamentarios en Sudáfrica y mantiene su mensaje racista y violento que sigue ocupando espacio por todos partes.

Malema tiene en su cuenta de Twitter 3,3 millones de seguidores. El 'Mail&Guardian', una semanario sudafricano de prestigio, tiene 211.000; el periódico 'Times Live', 1,5 millones, y el 'Sowetan' 967.000.

Sanef, la asociación de editores de medios sudafricanos, sacó un comunicado en noviembre de 2018 en el que mostraba preocupación por los ataques de Malema a periodistas. "Malema puede criticar medios, pero la forma en que lo hace, nombrando periodistas específicos, es muy peligrosa", decían. Por entonces, el rebelde Julius había publicado en redes sociales el teléfono de una periodista, Karima Brown, incitando a sus seguidores a que la atacaran. La periodista recibió amenazas de muerte y de violación en su teléfono. Malema después se disculpó y ella acabó ganándole una demanda que le presentó por los hechos.

Trump: "Siéntate, nadie te ha llamado. Fuera"

En 2015 me instalé en Ciudad de México. Ya he contado alguna vez aquí que en junio de 2015 me fui 17 días a Nueva York, justo cuando Donald Trump lanzaba su campaña; y yendo en un taxi escuchamos por la radio su bizarro discurso de presentación como presidente diciendo que "era muy rico". El taxista, afroamericano, soltó un "está jodidamente loco", y todos nos echamos a reír. Y no paramos de reírnos los siguientes meses hasta que dejó de tener gracia ver que algunos, además de reírse, le votaban en las primarias republicanas. No la tenía no por sus ideas que, salvo algunas vaguedades racistas, el proteccionismo y llamadas a la patria, no eran claras, sino por sus formas, que tienen mucho que ver con lo que el miércoles 6 de enero pasó en el asalto al Capitolio. Escribí algunas piezas sobre su figura y una escena que se me quedó grabada al inicio de unos de sus mítines. Un actor que se caracterizaba como Donald Trump pegaba una paliza a numerosos actores vestidos de mexicanos, con sus sombreros grandes, entre las risas de cientos de seguidores que aplaudían. Ese era el entretenimiento previo que ofrecía a sus votantes el destinado a ser hombre más poderoso del mundo.

Un hombre con la bandera confederada dentro del Capitolio de Estados Unidos. (EFE)
Un hombre con la bandera confederada dentro del Capitolio de Estados Unidos. (EFE)

Trump podía defender, y tiene todo el derecho de defender, sus propuestas de aranceles, de abandonar la lucha del cambio climático o de eliminar el famoso Obama Care. La izquierda, desde el púlpito intelectual en el que a veces convive, lo miraba más con desprecio que con miedo. No lo entendía, le parecía un bufón y se limitaba a pensar que caería solo. Y no cayó porque ganó legítimamente sumando los suficientes votos. Y cuando eso pasó, una parte del mundo despertó y se preguntó cómo seguía allí el dinosaurio. Y entonces muchos se dieron cuenta de que llevaban meses hablando de Trump a todas horas, citándole a cada minuto, regalándole todo el espacio mediático con la sensación de que el neoyorquino magnate no necesitaba desmontarse desde lo intelectual, desde las ideas, sino que caería por ley gravitatoria.

Y mientras él usaba toda esa energía de tanto ataque para desmontar a sus adversarios, a Trump habrá que reconocerle el mérito de ganar las elecciones con poco más que la cadena Fox y su cuenta de Twitter, embarrándolo todo. Empezó a desacreditar a los medios de comunicación que le atacaban y puso de moda el término 'fake news' (noticias falsas). Y empezó a saltarse reglas que parecían básicas en la sacrosanta democracia americana. En 2015, en su cuenta de Instagram, publicó una carta que le había mandado el periodista de Univisión Jorge Ramos donde salía el número de teléfono del móvil del informador. Luego pidió disculpas. Semanas después, el 25 de agosto de 2015, Ramos interpeló a Trump en una rueda de prensa en la que acabó siendo expulsado por el magnate neoyorquino. "Siéntate, nadie te ha llamado. Fuera", le dijo. ¿Cuál fue la reacción de los medios? ¿Se marchó algún periodista de la sala? ¿Debían haberlo hecho? ¿Recuerdan el nombre de Jonah Fisher?

Los nazis matan a judíos, Goebbels lo niega

Los eventos de Malema, el ultraizquierdista, y Trump, el ultraconservador, son casi idénticos. El juicio de buena parte de los ciudadanos ante esos hechos puede que sea muy distinto. La realidad pasa primero por los intestinos como una depuradora. El votante del EFF, africano, negro, pobre, que sufrió el 'apartheid' y que vive en una pobreza endémica, seguro que encuentra justificaciones a los excesos de Malema porque, al final, ataca el poder corrupto de las grandes empresas propiedad de los blancos y defiende los intereses de los legítimos sudafricanos. 'Shoot the boer' es además justa, histórica, los boers eran malos. El estadounidense blanco, pobre, que ha sufrido los estragos de la globalización en la vida rural y que se asoma a una pobreza endémica, defiende a Trump porque le planta cara a las grandes empresas en poder de los intelectuales demócratas de la Gran Manzana y Silicon Valley y porque defiende los valores patrióticos de la verdadera América. Pegar mexicanos antes de un mitin era divertido, socarrón, mister Trump ajusticia a violadores y vendedores de droga. Lo curioso es que el sudafricano seguidor de Malema tiene claro que Trump es un racista dictatorial y viceversa.

Esta es la posverdad, la facultad de opinar de eventos similares de forma diversa apelando a tus creencias y no a los simples hechos. Entre las cosas espeluznantes que veo en redes, la que más me llama la atención es la de lectores y seguidores que amenazan con dejar de leer o seguir a un medio o periodista porque dice o escribe algo que no les gusta. No hay que contar la verdad, hay que contar la verdad de una forma que agrade, aunque moldee la realidad, a un cliente determinado que puede ser patriótico, medioambientalista, feminista, religioso…

Los políticos saben que la batalla hoy del poder pasa por controlar la información masiva. El exsandinista Daniel Ortega, presidente de Nicaragua, ha creado con su familia una red de medios de comunicación afines y ha ido cerrando todos los medios opositores que puede con diversos tipos de coacciones: agresiones físicas y multas. "Eso no me gusta mucho, se están enriqueciendo sus hijos y su mujer, pero lo importante es la revolución", me decía con la voz chica un sandinista con el que trabajé en las elecciones de 2016 en Managua. ¿Qué habría dicho ante los mismos hechos si los hubiera protagonizado, por ejemplo, el Gobierno de Violeta Chamorro?

El reto desde el periodismo es ser capaz de ofrecer una información veraz, no manipulada, pero esa batalla tiene el problema de no caer en el relativismo. Que todo no sea negro y blanco, que generalmente no lo es, no significa que la solución sea posicionarse con que todo tiene el mismo tono de grises. En México leí un ejemplo fantástico de este problema que apuntaba a un titular tipo del periodismo relativista hoy: Los nazis matan a millones de judíos, Goebbels lo niega. El texto añadía que el deber de un periodista no es publicar ambas cosas, es averiguar cuál es la verdadera.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

¿De dónde han surgido los Chávez, Morales, Erdogan, Orban, Duarte, Bolsonaro, López Obrador, Duda, Trump…? Del voto de la gente. Democracia. Lo que hay que decidir ahora es qué sistemas democráticos queremos y si se puede permitir que, usando la democracia, se cambien las reglas del juego o esas son inamovibles pese a ocasionales mayorías. Hitler y Mussolini también ganaron las elecciones y una de sus primeras decisiones fue tomar el control total de la información para desmontar el sistema.

¿Puede un presidente democrático usar su tribuna para constantemente estar señalando a la prensa crítica? ¿Hace falta la prensa como contrapeso del poder político? ¿Queremos una prensa libre y plural? ¿Compran o consumen ustedes algún medio que contradice sus ideas preestablecidas? A Trump le han cerrado sus cuentas en redes sociales, ¿es acertada la medida? ¿La libertad de expresión es un bien máximo aunque produzca un golpe de Estado? Llevado a España, por comparar con un ejemplo que quizá sí les toque: ¿Qué les parece que un político empiece los mítines cantando "mata a los fachas" o con un personaje disfrazado que se dedica a pegar palizas a los rojos?

La globalización ideológica es profunda. Ha habido una constante huida del centro electoral los últimos años en países de enorme peso que cuestionan algunos de sus dogmas como la libertad de prensa o el equilibrio de poderes. Los políticos han aprendido que no necesitan a los medios y que ellos mismos, desde su propio teléfono, pueden comunicarse sin filtros con sus votantes ¿Cuántos seguidores tendría hoy Goebbels en sus redes sociales? Parte del legado que deja Trump no son ideas, es algo mucho más tangible, deja una nueva forma de enfrentar la realidad. A él le valió para dominar cuatro años el país más poderoso del mundo y luego para cosechar un sonoro fracaso del que se va dejando abierta la espita de una inmensa y descontrolada bombona de gas butano: la posverdad en tan solo 280 caracteres.

Crónicas de tinta y barro