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Los ancianos y sus inservibles vidas: ¿elefantes o búfalos?
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Javier Brandoli

Crónicas de tinta y barro

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Los ancianos y sus inservibles vidas: ¿elefantes o búfalos?

La vejez no puede ser un estorbo, ni un simple cariñoso abrazo, ni la pena del preludio de la muerte… La vejez es un valor, vida por vivir, corta o larga, sin matices

Foto: Una mujer sirve una cena en un Ryokan japonés. (Foto: Javier Brandoli)
Una mujer sirve una cena en un Ryokan japonés. (Foto: Javier Brandoli)

La vejez sin vejez se mira de reojo. En mi niñez, para ser viejo había sólo que cumplir años. Con 70 años eras viejo. Hoy con 70 años eres un saco de cosas por hacer porque sólo eres viejo cuando te faltan las fuerzas y no cuando adelgaza el calendario. La vida se alargó porque la ciencia nos regaló tiempo de vida. Eso cuando hay suerte, que la vida sólo se presupone. Mi abuela nació en 1901 y murió con 103 años. Fue como una madre. No tiraba nunca comida, así que cuando ya anciana no quería comer por pereza le decíamos que las sobras irían a la basura y ella rebañaba hasta el plato. Lo hacía por el hambre entera de una generación que aprendió que la pobreza era una enfermedad y no un vicio. Mi abuela fue afortunada, no era pobre ni rica, y salió dos veces de España, con su hija Elena y su yerno Esteban, que la llevaron junto a mi abuelo una vez a París y otra a Andorra. El resto de su vida no viajó ni con la mente, porque en su generación el sueño de viajar era poder estarse quieto. Viajó por España de jovencita, huérfana, cargando cinco hermanos pequeños. Su madre falleció pariendo a su séptima hija (la niña corrió la misma suerte unas semanas después) y once años después murió su padre. Siempre vio la vida como una obligación en la que tenía una enorme familia a la que cuidar. Nunca dejó de querer hacerlo, hasta cuando no oía y apenas podía moverse.

Mi abuela es una abuela más de otros tiempos, como los padres y abuelos de muchos de los lectores de este texto. Al menos los de aquella generación, los que pasaron una guerra o una posguerra, los que levantaron un país hecho escombros, los que sus vacaciones eran ir al pueblo y nos regalaron una larga adolescencia que ellos no tuvieron para presumir de que sus hijos eran universitarios. No merecían irse así con esta pandemia, merecían un esfuerzo algo mayor de todos en cumplir algunas normas, de contener nuestras ganas y libertades. La vejez no puede ser un estorbo, ni un simple cariñoso abrazo, ni la pena del preludio de la muerte… No lo es en muchos lugares. La vejez es un valor, vida por vivir, corta o larga, sin matices.

Foto: Los monjes mendigos de Luang Prabang. (Foto: Javier Brandoli) Opinión

En los años que viví en África aprendí que los elefantes protegen a los miembros de la manada que están viejos o enfermos, mientras que los búfalos los expulsan porque ralentizan al grupo y los ponen en peligro. ¿Preferimos ser una sociedad de elefantes o de búfalos? ¿La respuesta depende de si se es el búfalo joven o el elefante viejo? Con mucha suerte todos acabamos siendo ambos.

Ahmad y las ruinas de Baalbek

La vejez es memoria. Lo malo del valor de la memoria es que sólo se entiende su importancia cuando se está perdiendo. Sin memoria no hay ayer y sin ayer no hay cimientos. Hay lugares que se sostienen, al menos su esencia, en la cabeza de alguien. Las piedras son algo más que piedras cuando hay recuerdos. Es el caso de Ahmad Kassab y su hotel Palmyra frente a las ruinas de Baalbek, Líbano.

El hotel, cuando estuve en 2019, tenía 145 años. Se inauguró en 1874 cuando occidente descubrió de golpe que a la sombra del Monte Líbano había unos alargados mármoles romanos que se sujetaban en pie por un sortilegio entre el viento y el hombre. No creo que haya, yo no las he visto, ruinas romanas más bellas que Baalbek. 80 años después de que se abrieran las puertas de tan distinguido hotel, en 1954, Ahmad, con 12 años, se subió a un taburete para alcanzar la mesa de la cocina y no se bajó más de allí. “Un amigo de mi padre me dijo que si podía ir dos horas a echar una mano en la cocina advirtiéndome que no podían pagarme. Vine. Me subí a un taburete para alcanzar la mesa. Llegaron las tres de la tarde y pregunté si podía irme. Se acercó el dueño y me pidió que me quedara... y hasta hoy”, me contó con la voz baja para no quebrarse el aliento.

placeholder Un cliente abandona el Palmyra Hotel. (Foto: Javier Brandoli)
Un cliente abandona el Palmyra Hotel. (Foto: Javier Brandoli)

Ahmad ha trabajado toda su vida en el Palmyra Hotel, un hotel que durante décadas recibía a los más distinguidos huéspedes de todo el globo que venían a contemplar los templos romanos de Baalbek. Por allí pasaron Albert Einstein, el Kaiser alemán Guillermo II, Rainiero de Mónaco, el Sha de Persia, Charles de Gaulle… Ahmad los sirvió a todos con el orgullo de trabajar en la que fuera una gran cocina, “había 60 camareros y yo mataba 40 gallinas al día”, recuerda él con satisfacción, hasta que en el año 75 llegaron las bombas y la muerte de la guerra del Líbano y una cortina de polvo cayó encima de ruinas y alojamiento.

Hoy el Palmyra es un viejo edificio que se cae a pedazos en algunas habitaciones, con salas repletas de muebles antiguos llenos de caspa de tela, un bar con botellas vacías en los estantes, cuartos con persianas resquebrajadas y baños donde gotea, con suerte, el agua caliente. A nosotros nos pareció desde el primer segundo un lugar cargado de encanto, pero abandonado y roto, hasta que en el desayuno apareció Ahmad y su memoria y entonces entendimos la magnitud de aquel espacio lleno de anécdotas increíbles de personajes increíbles. Hablaba del Palmyra y de sus ruinas de Baalbek en primera persona porque él era ambas cosas. Cuando él se vaya todo eso se irá ya consigo y pocos recordarán que el Palmyra y Baalbek eran tierra de sabios y príncipes a los que atendía el viejo Ahmad. “Mi final será aquí”, me dijo durante la entrevista cuando le hablé de retirarse. Y miraba el hotel y las ruinas con la responsabilidad de saber que ambos, de alguna manera, dependían ya sólo de su memoria.

Los caminos del Viejo Pereira

La vejez es enseñanza. El Viejo Pereira, así lo llamaban, soñaba por las noches los caminos de un viejo parque nacional abusado por los humanos con sus cosas de venganzas y guerras. Masacraron allí tanta vida que a la naturaleza no le quedó más remedio que esconderlo todo entre ramas y raíces para intentar que no volviera más por allá el hombre. Pero lo que escondió fue un cementerio, porque los animales eran una colección de cadáveres a los que guerrilleros y soldados se habían comido o arrancado sus colmillos. Por las muchas veces que fui a aquel lugar acabé queriéndolo más que ningún parque africano, entre otras cosas por historias como la del Viejo Pereira.

El parque se llama Gorongosa, en Mozambique, y en sus tiempos fue tan bello y famoso que los astronautas del Apolo XI se bajaron de la Luna y esté fue uno de los lugares que escogieron en su tour de gloria por todos los continentes cuando les ofrecieron pasearse un planeta que ellos habían visto desde más lejos que nadie. Así era, un sitio lleno de elefantes, leones, cebras y búfalos, hasta que 30 años de guerra acabaron con todo y el Parque se cerró por defunción y olvido.

placeholder El Viejo Pereira. (Foto: Javier Brandoli)
El Viejo Pereira. (Foto: Javier Brandoli)

Entonces, en 1995, alguien pensó en reconciliarse con la naturaleza y decidieron volver a intentar abrir el mítico Gorongosa. Lo que se encontraron es un muro verde que lo había tapado todo y nadie sabía cómo meterle mano. “Me pidieron que reconstruyera los viejos caminos de Gorongosa. Tras 16 años de abandono no había ningún rastro de ellos, la selva se lo había comido todo. No había ningún documento de los mismos”, explicó años después Pereira a su compañero aprendiz, Domingos Muala, cronista que a su vez me contó su historia cuando su maestro falleció en 2013. Pereira había trabajado en Gorongosa desde chico: “Cuando era niño Pereira se había maravillado muchas veces viendo al señor Paranga Famba, viejo conductor del parque, bajarse del coche rodeado de leones”, explica Domingos sobre el inicio de ese amor del 'ranger' por su parque. Pereira se hizo un mito, de hecho, por ahuyentar a unos leones, que pretendía atacar a su grupo en un alto en el río, mirándolos a los ojos y dando palmadas. Él aprendió eso de su maestro y se lo enseñó a sus discípulos. Ese ciclo de vida es básico, los viejos enseñan a los jóvenes para no olvidar el conocimiento adquirido. En la vida, creo, es importante poder correr rápido, pero más importante es saber cuando correr. Eso se aprende habiendo corrido mucho.

Pero en ese 1995, el parque se llenó de gentes y manos que debían volver a abrir senderos, llegar a las viejas instalaciones, recuperar pistas… y nadie sabía cómo. “Le dije a cada grupo por donde pasaban los viejos caminos tras soñar por las noches con ellos. Sólo acepté cortar el primer árbol cuando el señor Traquino Chitengo realizó el 'kutyra wazimu' (un ritual en que se pide a los antepasados que protejan a los hombres contra los ataques de las bestias). Incluso yo realicé el ritual cuando vi algún león merodeando cerca y no estaba Traquino”, contaba un Pereira que desbrozó una selva cumpliendo con las reglas de sus ancestros. “A Cabo Toalha o Paulino Chinai los mataron un elefante y un leopardo respectivamente. Algunos trabajadores no seguían las leyes de la selva y perdían la vida. No teníamos armas, sólo lanzas. No obedecer las reglas significaba morir. A ellos les gustaba la nipa (bebida local) y las mujeres de otros. Yo me he tropezado con leones, búfalos, elefantes, mambas... y nunca me ha pasado nada. Respeto las tradiciones que aprendí de mis antepasados”, decía él.

placeholder El Viejo Pereira. (Foto: Javier Brandoli)
El Viejo Pereira. (Foto: Javier Brandoli)

Pereira falleció con 65 años, y le llamaban viejo, porque en África la vejez llega antes porque llega antes la muerte, pero sobre todo porque viejo en África es una señal de respeto. Porque viejo significa sabio y Pereira era sabio y todos los jóvenes que trabajaban en el parque lo consideraban un maestro. Eso era el Viejo Pereira, un maestro, algo que en nuestro mercantil vivir parece difícil de entender. Nosotros medimos la sabiduría en fuerza, en producción, en adaptarse a las nuevas tecnologías… En África los viejos son sabios, en Mozambique los llamaban madalas, y los madalas eran sagrados porque sueñan caminos que ya anduvieron y saben ahuyentar a los leones dando palmas. Y son también abrigo, como entendí en Sudáfrica, donde el Sida se llevó por delante a una generación de padres que dejaron miles de huérfanos que cuidaron sus abuelos. ¿Y dónde no pasa eso?

Las ancianas de la vida galante

La vejez es fortaleza. El periodismo me ha regalado un montón de vivencias, la Casa Xochiquetzal es una de las más impactantes. Era una casa de acogida en Ciudad de México para trabajadoras sexuales ancianas. Algunas eran ancianas en años y todas, casi desde niñas, eran ancianas en heridas. Fui varias mañanas, la primera a presentarme y ganarme su confianza, y las siguientes a escucharlas por turnos y a solas. “Ellas no quieren que el resto de compañeras sepan de sus vidas y hablarán mejor contigo a solas”, me indicó Jésica Vargas, la joven directora. A veces se peleaban entre ellas, se echaban en cara que alguna, que aún ejercía en la calle, compraba las tortitas del desayuno al resto, o se dañaban recordándose cicatrices. Pero luego, cuando había un drama se unían todas y se lloraban con la tristeza de reconocerse muriéndose desde hace tiempo. Cuando llegué a la casa me fijé que había una foto con unas velas. “Era una compañera a la que sus hijos ya adultos descubrieron por casualidad que se prostituía y la raparon el pelo, la pegaron una paliza y la echaron de casa. Murió en la Casa Xochiquetzal un año después de pena”, me contó Jésica. Todas la lloraron con tristeza porque todas eran un poco ella.

Tras escucharlas entendí que sus vidas no eran vidas, eran supervivencias, que es otra cosa, y en la madurez, cuando se quedaron quietas, lo entendieron ellas también y se consumían entre perdonarse los errores o perdonarse haber nacido entre tanto mal parido y mal parida que les quebró la vida con una saña inmunda. Entendí que me mentían a veces cuando narraban ciertos detalles de sus vidas, especialmente los que tenían que ver con sus hijos que era la herida por la que todas sangraban. Eran mucho más fuertes y listas, en la calle ese requisito es básico, que la mayoría de personas que he conocido.

placeholder Las integrantes de la Casa Xochiquetzal. (Foto: Javier Brandoli)
Las integrantes de la Casa Xochiquetzal. (Foto: Javier Brandoli)

Elia me contó que un cliente la rajó hasta sacarla las tripas. Soledad, que su madre alcohólica la colgaba a los 10 años de una viga y le pegaba con una vara hasta hacerla sangrar porque le recordaba al hombre que la había abandonado. En una borrachera se durmió la mamá y la hermana pequeña la descolgó del techo, le metió en un hatillo algunas cosas y le dijo que se fugara para que la persona que la había parido no la hiciera trizas. Comenzó entonces una vida en la que en alguna ocasión hasta sintió que hubiera sido mejor seguir colgada de aquella viga. Norma perdió un ojo, le dispararon, y tuvo cuatro hijos que han desaparecido (se los quitaron, los abandonó, se fueron…). Intentaba reconciliarse con la mayor, la hija que cuidó su madre, y se le llenaban los ojos de líquido si profundizaba en esa historia. Marbella fue violada con 8 años por un familiar muy cercano y decirlo le costó ser echada de casa por su madre. Su pena era intentar recuperar a un hijo con el que empezaba a hablar de vez en cuando por la intermediación de la Casa. El hijo se avergonzaba de ella y ella se avergonzaba de provocarle eso a su hijo. Angélica era la única que aún ejercía. La habían violado hace un mes dos chicos. Su último marido le obligaba a practicar un sexo tan violento que decidió abandonarlo y volver a una esquina para traficar su orgullo pero conservar la piel.

En edad, ellas cinco eran de las más jóvenes de la casa de acogida, la mayor tenía 69 años. La mujer de más edad del auspicio tenía entonces 84 años. Sus vidas eran un dolor asimilado porque todas habían sido unas infelices ejerciendo la vida galante, como la definió Elia.

Foto: Donald Trump. (EFE) Opinión

Su vejez me pareció un ejemplo de fortaleza. Todas si volvieran atrás no cometerían algunos errores que las llevaron a aquel asilo de meretrices. Se apenaban de eso, de lo que dependió de ellas. No entendí hasta donde esa eximente la admitían. Ellas ya no pueden echar atrás, pero quizá algunas cuantas personas jóvenes que las escucharan sí. No se victimizaban, no se lloraban. Les jodieron la vida y se jodieron ellas mismas. Saber convivir con ambas cosas es un signo de la sabiduría de la vejez en la que uno se convierte un poco en espectador de su propia historia. La vejez es la fortaleza de ciertas vidas en las que el único éxito es haber resistido.

¿Quién merece vivir?

¿Se puede decidir que una persona tenga menos derecho a poder curarse que otra porque haya vivido más o tenga menos expectativa de poder hacerlo? Esta pandemia nos ha colocado ante esa disyuntiva. Hubo que elegir en un momento a quien poner un ventilador y a quién no. La mucha edad o ser un enfermo grave jugaba en contra por una ecuación entre la posibilidad de éxito y los recursos disponibles. Perder un anciano o un doliente grave parece siempre que es perder menos vida. Le quedaban quizá unos meses o pocos años, pensamos la sociedad. Para el afectado lo que quedaba era su vida, toda, sin particiones.

¿Hubiera sido más justo hacer otra cosa? La vida tiene la complicación de, a veces, tener que tomar decisiones entre lo malo y lo peor. “Que nos dejen morir a los viejos y se salven los jóvenes”, me dijo una anciana en Italia. Quizá el último gesto de aquella generación que vivieron guerras mundiales, hambrunas y carencias de todo, hasta de derechos que hoy damos por consolidados, ha sido irse sin hacer ruido en residencias, casas particulares donde viven a solas, camas de hospital donde entraron sin saber si toser era un delito.

Foto: El corresponsal Ángel Sastre en Nicaragua (cedida) Opinión

Un buen país para entender el valor de los ancianos es Japón. Al contemplarlos parecen precisos, sabios y buenos. Quizá sea un estereotipo de un país muy ordenado lleno de viejillos de aspecto muy tranquilo. Un 28% del total de su población tiene más de 65 años. Y de ellos, más del 50% superan los 75. En concreto, en 2018, había en Japón 17,7 millones de personas que superaban los tres cuartos del siglo en el país más envejecido del mundo.

Los contemplábamos y fotografiábamos con una cierta devoción. Se mueven con pausa, miran con pausa. Una mujer “casi mayor” nos sirvió la cena en un Ryokan (casa tradicional) en el que nos alojábamos en la localidad de Takayama. Usaba un traductor del teléfono al que hablaba en japonés y repetía el mensaje en inglés. Empezó muy lentamente a colocar diferentes platillos en la mesa baja del tatami y cuando acabó, sin que cayera nada ni tropezara nada en un perfecto orden, le hice gestos de que tenía mucha hambre con impaciencia. Ella se acercó al teléfono y aquel aparato tradujo: “Coman despacio, dormirán mejor”. Y sonrió. Y se fue.

La vejez sin vejez se mira de reojo. En mi niñez, para ser viejo había sólo que cumplir años. Con 70 años eras viejo. Hoy con 70 años eres un saco de cosas por hacer porque sólo eres viejo cuando te faltan las fuerzas y no cuando adelgaza el calendario. La vida se alargó porque la ciencia nos regaló tiempo de vida. Eso cuando hay suerte, que la vida sólo se presupone. Mi abuela nació en 1901 y murió con 103 años. Fue como una madre. No tiraba nunca comida, así que cuando ya anciana no quería comer por pereza le decíamos que las sobras irían a la basura y ella rebañaba hasta el plato. Lo hacía por el hambre entera de una generación que aprendió que la pobreza era una enfermedad y no un vicio. Mi abuela fue afortunada, no era pobre ni rica, y salió dos veces de España, con su hija Elena y su yerno Esteban, que la llevaron junto a mi abuelo una vez a París y otra a Andorra. El resto de su vida no viajó ni con la mente, porque en su generación el sueño de viajar era poder estarse quieto. Viajó por España de jovencita, huérfana, cargando cinco hermanos pequeños. Su madre falleció pariendo a su séptima hija (la niña corrió la misma suerte unas semanas después) y once años después murió su padre. Siempre vio la vida como una obligación en la que tenía una enorme familia a la que cuidar. Nunca dejó de querer hacerlo, hasta cuando no oía y apenas podía moverse.

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