El fin de las mujeres

El feminismo se ideó para erradicar el estatus social diferenciado de los sexos. Ahora se reafirma bajo el nombre de “género”. Como si para acabar con el patriarcado fuese necesario acabar con las mujeres

Foto: Manifestación del 8 de marzo de 2018. (EFE)
Manifestación del 8 de marzo de 2018. (EFE)

“Reclama las calles. Marcha nocturna de mujeres, bolleras y trans”. Así rezaba el año pasado un cartel dedicado a las reivindicaciones del 8 de marzo. Ese día que algunos todavía llamamos Día de la Mujer Trabajadora. No era una parodia.

Mujeres, bolleras y trans.

Mis amigas Eva, Merche, Yoyo, Lucía o Pili usan sin complejos el término de bolleras para referirse a ellas mismas, lesbianas. Pero para todas ellas habrá sido la primera noticia de que ya no son mujeres. Que hay mujeres y aparte hay lesbianas.

Les sorprendería mucho, pero probablemente les recordaría, a las de más edad, ciertas épocas en las que las bolleras eran marimachos, o sea no del todo mujeres, al igual que a los gais se les llamaba elegantemente afeminados: no eran del todo hombres. Épocas franquistas, se puede resumir en España, aunque toda Europa vivió algo muy similar hasta mucho después de los años sesenta. Épocas en las que el patriarcado gozaba de plena salud e imponía sus normas de cómo debe ser un hombre y cómo debe ser una mujer.

Ahora ya hay para elegir: se puede ser hombre, mujer o alguna de las otras cuatro o cinco categorías. No sé el número exacto, pero a la vista de que las siglas del movimiento LGBTQ incorporan nuevas letras cada pocos años, no seré el único que no tiene muy claro en cuántos subgrupos nos dividimos ahora la especie prematuramente llamada humana. Supongo que todo era más fácil cuando éramos monos o ornitorrincos o peces pulmonados, con solo dos sexos. Pero es lo que tiene la evolución, hay que fastidiarse.

Si a mí me toca encuadrarme en la subclase de hombre cis hetero blanco, el consenso es que no puedo opinar sobre el 8 de Marzo ni sobre los derechos de las mujeres

Lo que no ha evolucionado desde las épocas franquistas es el afán de establecer categorías según el sexo y definir qué actitud social y sexual se debe observar cada para poder formar parte del colectivo. Tampoco, que a cada categoría le correspondan unos derechos específicos que otros no tienen, o unas competencias en un área u otra. Por ejemplo, si a mí me toca encuadrarme en la subclase de hombre cis hetero blanco (lo de blanco no viene en la bandera del arcoiris, pero se emplea como categoría extra, y cis es cualquiera que no sea trans), el consenso es que no puedo opinar sobre el 8 de Marzo ni sobre los derechos de las mujeres, porque para eso son suyos. En exclusiva. Un set de derechos aparte, en el que los hombres (al menos los cis hetero blancos) ni pinchan ni cortan.

Lo curioso es que esta ideología de compartimentos con derechos determinados según el sexo se está vendiendo hoy día como feminismo.

El feminismo era la ideología que abogaba por la igualdad de sexos y reivindicaba el derecho de las mujeres a hacer lo que les saliera del coño, sin plegarse a las normas del patriarcado que determinaban cómo deberían ser y con quién deberían o no deberían follar. Abogaba por abolir la diferencia en derechos y deberes y permitir que mujeres y hombres, todos, tuvieran derecho al voto y a expresar su opinión en el Parlamento. O fuera de él. Al margen de su sexo y al margen de su preferencia sexual.

Manifestación masiva durante el Día Internacional de la Mujer en Madrid, el 8 de marzo de 2018. (Reuters)
Manifestación masiva durante el Día Internacional de la Mujer en Madrid, el 8 de marzo de 2018. (Reuters)

Lo digo en pasado, porque a la vista está que esto ya no es así. Que el feminismo de Clara Campoamor ya no tiene relación con lo que hoy se difunde bajo el mismo concepto. Corren rumores de que el 8 de Marzo hay quien prefiere, aconseja o reivindica que no participen hombres en la marcha. Al menos no hombres cis hetero. Ignoro si los gais están invitados. Las trans, sí: no pasa nada por ser una mujer con pene. Dicen que durante la marcha se pide no juntar las manos en forma de rombo, gesto antes habitual para simbolizar el coño y, con ello, la condición y fuerza de la mujer. Pero si ahora se deja de hacer no es para no contrariar a espíritus sensibles eclesiásticos, sino para no ofender – eso dicen – a las transexuales que participen en la marcha y que carecen de tal órgano. Pero que son mujeres.

No sé si se lo ocurrió a un trol de las redes, pero doy fe de que hay quien se lo toma en serio. Lo de ofender, digo. Porque podemos estar todos de acuerdo en que las trans sean mujeres, y listo, se modifica el carné, no hay más preguntas, señorías, nadie necesita mirarles las bragas. Lo que no tiene sentido es pedir la igualdad de derechos para las trans y luego reivindicar que sean distintas y que el resto de la categoría “mujer” debe adecuar su simbología y expresiones a ellas. Eso no es pedir que las trans tengan derecho a considerarse mujeres, eso es exigir que las mujeres se consideren trans.

A eso hemos llegado: a una sociedad compartimentada en categorías sexuales con diferentes niveles de ofensores y ofendidos. Categorías sexuales y raciales: ser blanco quita puntos, ser negro sube. Como lo oyen: hay quien acusa a las modelos 'blancas' que se hacen un look afro o se broncean más de la cuenta de querer pasarse a la categoría de 'negras' y así pillar negocio con empresas que buscan 'diversidad'. Juro que no es un mal chiste: tecléen el término “blackfishing” en internet. En eso se ha quedado la lucha por los derechos de las minorías: en un negocio por exhibir tal o cual identidad.

Otra opción para hacer negocio es la religión: si usted es mujer blanca, cis y hetero, la manera más rápida e indolora de pasar a la categoría de minoría ofendida con derecho preferente a figurar en prensa, entrevistas y pancartas es colocarse un velo islamista. Es más eficaz que un 'look' afro, más rentable y da más derecho a sentirse ofendida por cualquier crítica, verbigracia esta columna.

Para que estas categorías funcionen, cada colectivo debe exhibir una imagen fácilmente identificable. Para figurar en el cartel como musulmana es imprescindible llevar el velo. Si no ¿cómo se podría ver que las musulmanas están incluidas? En otras palabras: es necesario reproducir y asumir plenamente el estereotipo más espantoso sobre el islam, el más sexista, el más machista, el del velo. Solo así se puede representar la categoría de “musulmana”.

Mujeres musulmanas durante una concentración para condenar el atentado de Las Ramblas, en Fuengirola. (Reuters)
Mujeres musulmanas durante una concentración para condenar el atentado de Las Ramblas, en Fuengirola. (Reuters)

Otro tanto ocurre entre las trans: es necesario colocarse kilos de silicona en las tetas, llevar tacones que ninguna mujer en su sano juicio se pondría en la vida, minifalda en días de frío y maquillaje en capas gruesas. Hay que reproducir el estereotipo que las revistas “para hombres” han promovido como la imagen de la mujer atractiva, sexual, hecha para el disfrute del varón. Hay que encarnar todo aquello contra lo que feminismo siempre ha luchado.

Dicen que las personas que necesitan cambiarse de sexo, con o sin operación, perciben que han nacido en el cuerpo equivocado y que se sienten rotundamente identificadas con el sexo que según la biología no es suyo. Ignoro a qué se debe esta sensación, pero es algo totalmente respetable y merece toda la aceptación de la sociedad. Firmo donde sea. Lo que no merece tanto aceptación es la convicción de que solo se puede ser mujer teniendo unas tetas modeladas según la portada de 'Playboy'. Eso no es feminismo. Eso es machismo.

Esto no es una crítica a las trans. Es una crítica a la sociedad patriarcal que les ha vendido un modelo de mujer tetona, maquillada, entaconada, como si no hubiera otro. No es que meterse maquillaje sea malo: lo hacían los guerreros sioux y lo hace cualquier actor. Lo malo es considerarlo la vía para ser mujer. Tal vez hay quien debería aclararse si su ilusión en la vida es ser mujer o maquillarse. No tiene que ser lo mismo. No lo era. Las mujeres de los años veinte del siglo XX que llevaban pantalones, fumaban en público y pedían whisky en la barra no se consideraban hombres. Ni siquiera si se acostaban con otras chicas. Se consideraban mujeres libres.

Tal vez una parte del fenómeno trans se deba al estrépitoso fracaso del varón de salirse de las normas que le ha impuesto el patriarcado y actuar como hombre libre. Con falda, tacones y pintura. Acostándose con otros chicos. Sin necesidad de dejar de ser hombre por ello. Esta es una revolución que falta por hacer. En su lugar se recurre a copiar estereotipos para crear compartimentos, casi sociedades paralelas, fáciles de convertir en modelo de negocio. Un negocio que es la continuación directa del patriarcado, coloreado de arcoiris para hacerlo más vendible en los catálogos de las grandes marcas. Dinero rosa, dinero verde, dinero morado.

Dee-Lite, una concursante de EEUU en el concurso de belleza trans Miss International Queen 2012, en Pattaya. (Reuters)
Dee-Lite, una concursante de EEUU en el concurso de belleza trans Miss International Queen 2012, en Pattaya. (Reuters)

Explotar comercialmente los tabúes sexuales patriarcales no es feminismo, ni aunque se presenten bajo el rótulo de “identidades sexuales”. No sé quién fue el genio que les colocó la etiqueta de “género”, y si no fuera porque en el mundo anglosajón nos llevan una enorme ventaja en este negocio identitario pensaría que fue por un error de traducción tan burdo como escribir “género” donde en inglés ponía “gender” (término que describe el sexo biológico, sea de personas, animales o plantas). Luego tocó construir una teoría sobre la diferencia entre “sexo” y “género” y definir el “género” como un constructo social no vinculado al sexo biológico, expresión de todo lo que en español siempre se ha llamado “las labores propias de su sexo”. En otras palabras, el estereotipo sexista creado por una sociedad patriarcal.

Lo llamativo es que el feminismo, ideado para combatir los estereotipos sexistas creados por la sociedad patriarcal, ha acabado por elevaro ese mismo “género” a rango de identidad a elegir. Para pertenecer al sexo mujer hacía falta nacer con chichi. Para pertenecer al género mujer, ya no. Ahora, ser mujer es una actitud.

Si ser mujer es una actitud, es porque todas las mujeres actúan iguales. Y de manera distinta a los hombres. Este es el mensaje. Son y deben ser distintas. No a la igualdad.

¿Se afiliaría usted a un feminismo que lucha contra la igualdad de sexos? No hace falta que se lo piense. Ya nadie se afilia al feminismo. Un hombre no puede ser feminista: ha de llamarse “aliado”. La condición de feminista ya no se elige, ya no es fruto de una reflexión, una postura, una visión del mundo. Ahora es cuestión de nacer con chichi. Por lo mismo, las mujeres serán consideradas feministas, con independencia del ideario o la ley que defiendan. Llamar machista a una mujer es un sacrilegio. Como mucho podría ser una víctima alienada del patriarcado, digna de compasión, pero nunca podría tener un ideario machista por reflexión, elección, decisión propia. ¿Una mujer que elige una visión de la sociedad? Las mujeres solo pueden tener el ideario que les marca su sexo. Ese es el mensaje. Su cerebro no da para más, se añadía en otras épocas, cuando se les negaba el voto.

Ahora es el colectivo de hombres (cis hetero blancos) que oprime a otros colectivos. Así, los hombres no pueden ser feministas, y las mujeres no necesitan hacer nada para serlo

Lo próximo será considerar que un hombre feminista es un alienado que no cumple correctamente con su función biológica, que es oprimir a las mujeres. Cómo máximo se le pide ahora “renunciar a sus privilegios”. Perpetuando el mito patriarcal de que el patriarcado otorga privilegios al varón. Cuando basta con mirar a Marruecos o Egipto para darse cuenta de que un hombre en una sociedad patriarcal, si se le compara con un hombre en una sociedad más igualitaria, está puteado, explotado y oprimido por los roles sexuales. Obviamente, la mujer está todavía muchísimo más puteada, explotada y oprimida. ¿Es un consuelo? No tener que fregar los platos no compensa, créanme, la imposibilidad de relacionarse con una mujer de forma humana. Entre iguales.

En lo que hay se llama feminismo, ya no es el patriarcado el que oprime a toda la sociedad. Ahora es el colectivo de hombres (cis hetero blancos) que oprime a otros colectivos. Así, los hombres no pueden ser feministas, y las mujeres no necesitan hacer nada para serlo. Con esta jugada maestra ha quedado abolida la lucha de mujeres y hombres por la igualdad de sexos.

La lucha ideológica se ha sustituido con un enfrentamiento de sexos. Y lo grave es que este cambio de paradigma se utiliza para atacar y derribar todos los avances conseguidos por el feminismo durante un siglo.

Manuela Carmena entrega el XIII premio Clara Campoamor a la catedrática de Sociología María Ángeles Duran con motivo de la celebración del Día Internacional de la Mujer. (EFE)
Manuela Carmena entrega el XIII premio Clara Campoamor a la catedrática de Sociología María Ángeles Duran con motivo de la celebración del Día Internacional de la Mujer. (EFE)

Durante años, la violencia machista, culpable del asesinato de entre 50 y 60 mujeres al año en España, se ha camuflado tras el neologismo de “violencia de género”, como si no alcanzara por igual a cualquier tipo de mujer, por el hecho de haber nacido mujer. Al margen de la “identidad de género” que elija. Ahora circulan autobuses de la extrema derecha que, bajo guisa de atacar el neologismo de “género” piden erradicar la tan duramente conquistada conciencia de que esta violencia es machista, patriarcal, y corresponde a un ideario concreto. “Doméstica” quieren llamarla. Como si la culpa fuera de la casa.

Así hemos llegado a este 8 de Marzo, con dos grandes debates que versan sobre dos modelos de compraventa del cuerpo de la mujer: el alquiler de vientres y la prostitución. Como si la utilización del cuerpo de la mujer como máquina reproductora al servicio de otros no fuese la esencia misma del patriarcado. Y como si la prostitución fuese posible sin la segregación de sexos patriarcal, esta frontera erigida entre mujeres y hombres en la que se cobra aduana. Como si la falta de libertad sexual no fuese condición imprescindible para la prostitución, como si luchar a favor de esa libertad no fuera uno de los pilares del feminismo. Yo hago con mi coño lo que me da la gana, es feminismo. Yo hago con mi coño lo que me da la gana siempre que un hombre me pague por ello, no lo es.

Gran parte de la humanidad cometió en algún momento de la historia la tremenda injusticia –sin justificación biológica alguna: no me valen profesores norteamericanos que nos vienen a hablar de langostas– de asignarle a los machos un estatus social superior al de las hembras. Por el hecho de nacer macho o hembra.

El feminismo se ideó para luchar contra esta injusticia y erradicar el estatus social diferenciado de los sexos. Ahora se le ha dado la vuelta: se reafirma el estatus social bajo el nombre de “género” y se niega el hecho de nacer con uno de los dos sexos. Como si negar la biología fuera más fácil que negar un estatus social. Como si para acabar con el patriarcado fuese necesario, primero, acabar con las mujeres.

El catálogo de identidades “de género”, identidades sexistas, no es feminismo. Es un gigantesco, espantoso, terrorífico sabotaje al feminismo.

El cartel del 8 de Marzo del año que viene rezará, aventuro, “Mujeres, bolleras, trans y putas” o quizás “Mujeres, bolleras, trans, putas y musulmanas”. El catálogo aumentará cada año. Hasta que no queden mujeres.

De Algeciras a Estambul
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