Todo lo que Bush hizo mejor que Obama en Oriente Medio

La política de la Casa Blanca en Yemen nos hace recordar que el diagnóstico de la Administración Bush en Oriente Medio fue el correcto, por muy desastroso que resultase después el remedio impuesto

Foto: La pareja Bush junto a la pareja Obama en Alabama (Reuters)
La pareja Bush junto a la pareja Obama en Alabama (Reuters)

El descenso al caos de Yemen, con grupos yihadistas abalanzándose para llenar el vacío de autoridad, ha captado la atención de muchos observadores. Sólo algunos meses atrás, la Casa Blanca elogiaba al país y lo destacaba como un ejemplo modélico por su campaña antiterrorista.

Sin embargo, la trayectoria de Yemen no debería sorprender a nadie. Sigue un patrón familiar en el mundo árabe, algo que probablemente volveremos a ver. Y es posible que en países más grandes e importantes, como Egipto.

Yemen fue gobernado por un dictador laico llamado Ali Abdullah Saleh durante 33 años. Reprimió despiadadamente a grupos de la oposición, en especial a aquellos con una orientación religiosa o sectaria (en este caso, los hutis que son chiitas"). Después del 11 de septiembre, cooperó incondicionalmente con la guerra contra el terror lanzada por Washington, lo cual significó que obtuvo dinero, armas y entrenamiento de EEUU.

Pero la represión propició que la disidencia creciera con el tiempo. El régimen se enfrentó a la oposición política y militar hasta que, finalmente, fue obligado a renunciar durante su particular primavera árabe.

A partir de ahí, tanto en Yemen como en Washington prometieron un gobierno más representativo. Para ello se estableció a un antiguo diputado de Saleh, Abed Rabbo Mansour Hadi, quien rompió pronto las promesas de inclusión política y participación, y comenzó a gobernar de manera tan represiva como su predecesor.

Tal como escribió el verano pasado Farea Al-Muslimi en un ensayo en la revista Foreign Affairs, "el número de funcionarios electos en Yemen se fijó eficazmente en cero".

Pronto aumentó la oposición y la insurrección. Para comprender cómo funciona el poder político que a menudo se oculta tras la oposición religiosa y sectaria, tengamos en cuenta lo siguiente: Saleh es chiita.

Sin embargo, Mansour Hadi tomó medidas contra los chiitas hutis al principio de su mandato. Y, una vez destituido, se alió con ellos para intentar regresar al gobierno.

Se trata del mismo patrón que ha desencadenado el terrorismo en el mundo árabe. Regímenes represivos, seculares, apoyados por el Occidente, se convierten en ilegítimos. A medida que transcurre el tiempo, se tornan más represivos para sobrevivir. Y la oposición se va haciendo más extrema y violenta.

El espacio para el compromiso, el pluralismo y la democracia desaparecen. Los insurgentes y los yihadistas tienen en su mayoría una agenda en principio local. Pero, debido a que Washington apoya al dictador, sus metas son cada vez más antiestadounidenses.

Como nunca hemos aprendido esta historia, la estamos repitiendo. La Administración Obama elogia al presidente de Egipto, Abdel Fatah al-Sissi, quien posiblemente gobierna de una manera aún más represiva que el derrocado Hosni Mubarak.

De acuerdo a Human Rights Watch, el régimen de Sissi asesinó a cientos de manifestantes y encarceló a decenas de miles, miembros de la oposición política en su mayoría. También ha censurado a la prensa y encarcelado a periodistas.

Soldados estadounidenses en Irak (Efe).
Soldados estadounidenses en Irak (Efe).

Elogios a los tiranos

Y no es solamente la Administración Obama. Algunos intelectuales como Ayaan Hirsi Ali elogian al General por su deseo de obtener una versión moderada del islam. El senador Ted Cruz alaba a Sissi por su valentía al criticar a los islamitas, contrastándolo con el presidente Obama. Louie Gohmert del Partido Republicano, lo compara al General con George Washinton por su determinación singular.

Sin embargo, es extremadamente común que un dictador militar árabe desee una versión moderada del Islam. De hecho, esa era la norma. El primer gobernador militar del Egipto moderno, Gamal Abdel Nasser habló con regularidad en contra de las visiones atrasadas y oscurantistas de la Hermandad Musulmana mientras encarcelaba a sus miembros. Su sucesor, Anwar Sadat, intensificó esta campaña. En este clima de represión, en las cárceles de Egipto en 1970, nació Al Qaeda.

Hubo un presidente estadounidense que comprendía el peligro del apoyo ciego hacia los dictadores árabes, sin importar si eran admirablemente laicos en sus actitudes, si estaban dispuestos a encarcelar a los yihadistas o a permanecer en paz con Israel. Alguien que dijo: "60 años de naciones occidentales excusando y acomodando la ausencia de libertad en el Oriente Medio no nos dio seguridad en absoluto".

Su secretaria de Estado fue más clara y repitió que en el mundo árabe "virtualmente no había canales legítimos para la expresión política. No obstante, esto no significó la ausencia de actividad política. La había en escuelas coránicas y mezquitas radicales. Y fue allí, en las sombras, donde Al Qaeda encontró almas desazonadas, las convirtió en sus presas y las explotó como soldados de infantería en su guerra milenaria contra el enemigo lejano".

Las citas pertenecen a George W. Bush y Condoleezza Rice. El hecho de que la Administración Bush se equivocase en el remedio (cambio del régimen y ocupación de Irak) no significa que su diagnóstico no fuese el correcto. El mundo árabe, atrapado hoy entre dictadores represivos y demócratas intolerantes, no ofrece respuestas simples, lo que tampoco significa que sea correcto apoyar ciegamente a los autócratas.

Mientras nos aliamos cada vez más con los dictadores de Yemen y Egipto y nos metemos en acciones militares conjuntas con la monarquía absoluta de Arabia Saudita, deberíamos preguntarnos qué está sucediendo en las sombras, las mezquitas y las cárceles de estos países.

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