Por qué los votantes republicanos ya no se fían del partido

El Partido Republicano hace frente a dos revoluciones internas, la de Donald Trump y la de Ted Cruz. La formación lleva más de medio siglo prometiendo cambios radicales que no puede llevar a cabo

Foto: Un partidario del candidato republicano Donald Trump habla ante una multitud en un acto de campaña en Waterloo, Iowa, el 7 de octubre de 2015. (Reuters)
Un partidario del candidato republicano Donald Trump habla ante una multitud en un acto de campaña en Waterloo, Iowa, el 7 de octubre de 2015. (Reuters)
Para entender por qué la actual crisis conservadora confunde tanto al 'establishment' republicano, hay que reconocer que el partido está haciendo frente por separado a dos revueltas simultáneas, una liderada por Ted Cruz, la otra por Donald Trump.

La primera ha sido bien descrita por E.J. Dionne Jr. en su nuevo e importante libro, 'Why the Right Went Wrong' (un juego de palabras, traducible como 'En qué se equivocó la derecha'). Durante seis décadas, explica, los conservadores prometieron a sus votantes que iban a hacer retroceder al gran aparato gubernamental. En los años cincuenta y principios de los sesenta, fueron contra el New Deal (Seguridad Social). Después fueron contra la Gran Sociedad (Medicare). Hoy es el Obamacare.

Pero en realidad nunca llegaron a hacer nada. A pesar de nominar a Goldwater y elegir a Nixon, Reagan y dos Bush, a pesar de una revolución en el congreso encabezada por Newt Gingrich, estos programas echaron raíces, y se crearon otros nuevos.

Mientras los estadounidenses pueden oponerse en teoría al Estado del bienestar, en la práctica les gusta

El simple motivo es que mientras los estadounidenses pueden oponerse en teoría al Estado del bienestar, en la práctica les gusta. Y el grueso del gasto gubernamental es en la clase media, no en los pobres. La Seguridad Social y el Medicare suponen más del doble del gasto discrecional no dedicado a Defensa en el presupuesto federal. Una exención de impuestos de la clase media -para un sistema de salud basado en los empleadores- le cuesta al Gobierno federal más de tres veces el total del programa de vales de comida.

Fuese cual fuese la realidad, los republicanos siguieron prometiendo algo a sus bases pero nunca lo hicieron realidad. Eso ha conducido a lo que Dionne llama la “gran traición”. Los activistas del partido están enfadados, se sienten estafados y ven a los de Washington como una banda de corruptos siempre dispuestos a llegar a un trato. Quieren a alguien que pueda finalmente convertir en realidad la promesa de rechazar y reducir el Gobierno.

Partidarios del candidato Ted Cruz, en un acto electoral en Des Moines, Iowa, el 31 de enero de 2016. (Reuters)
Partidarios del candidato Ted Cruz, en un acto electoral en Des Moines, Iowa, el 31 de enero de 2016. (Reuters)

Véase Cruz. ¿Cómo un senador en su primer mandato, despreciado en el seno de su partido tanto en Washington como en Texas, ha podido llegar tan lejos de forma tan rápida? Prometiendo hacer algo con las élites del partido y estrangular al Gobierno de una vez. Cruz ha dicho que rechazará el Obamacare, abolirá el actual sistema fiscal y propondrá una reforma constitucional para equilibrar el presupuesto, lo que implicará un recorte de cientos de miles de millones de dólares en el gasto.

Los partidarios de Trump, por otro lado, son liberales económicos al viejo estilo. En un poderoso análisis, basándose en una encuesta reciente de la Corporación Rand, Michael Tesler muestra que el votante de Trump es muy diferente del votante de Cruz. “Cruz supera a Trump en aproximadamente 15 puntos entre los republicanos más conservadores desde el punto de vista económico”, escribe. “Pero Cruz pierde frente a Trump por más de 30 puntos entre el cuarto de republicanos que tiene posturas progresistas en salud pública, impuestos, el salario mínimo y los sindicatos”. Trump es muy consciente de este hecho, lo que ha explicado que haya dicho repetidamente que no tocará la Seguridad Social o el Medicare, haya hablado positivamente del sistema canadiense de un solo pagador, haya denunciado los salarios de los altos ejecutivos, haya prometido construir infraestructuras y oponerse a los acuerdos de libre comercio.

Por eso los votantes de Trump representan una revuelta totalmente distinta. Desde los años sesenta, algunos miembros de las clases blanca trabajadora y media de los EEUU se han sentido incómodos con los cambios a ras de suelo en el país. Estaban inquietos con las revoluciones sociales de los sesenta, consternados por las protestas negras y la violencia urbana, y furiosos por el creciente flujo de inmigrantes, muchos de ellos hispanos. En los últimos años han expresado hostilidad hacia los musulmanes. Es este grupo de estadounidenses -muchos de ellos demócratas registrados e independientes- quienes componen el grueso del apoyo a Trump. (Obviamente, hay cierta superposición entre los partidarios de ambos candidatos, pero las divergencias son llamativas).

El patrón del apoyo a Trump es "similar a un mapa por regiones de la tendencia al racismo", según Nate Cohn

En su análisis, Tesler muestra que, estadísticamente, “a Trump le va mejor entre los estadounidenses que expresan un mayor resentimiento hacia los afroamericanos e inmigrantes y que tienden a evaluar a los blancos de forma más favorable que a los grupos minoritarios”. Nate Cohn, del 'New York Times', señala que el apoyo de Trump geográficamente es casi el contrario al del último gran hombre de negocios que se presentó a presidente, Ross Perot. A Perot le fue bien en el oeste y Nueva Inglaterra, pero mal en el sur y el norte industrial. El apoyo a Trump sigue un patrón diferente aunque familiar. Cohn escribe: “Es similar a un mapa por regiones de la tendencia al racismo”. Por decirlo claro, mucha gente apoya a Trump por motivos sin relación con la raza, la religión o la etnia, pero las correlaciones mostradas por los académicos son chocantes.

¿Se podían haber impedido estas revueltas? Tal vez, si el Partido Republicano hubiese sido honesto con sus votantes y les hubiese explicado que el Estado del bienestar estaba ahí para quedarse, que los mercados libres necesitan regulación gubernamental, y que el empoderamiento de las mujeres y las minorías era inevitable y beneficioso. Su papel era gestionar estos cambios para que se desarrollasen de forma orgánica, no fuesen excesivos y mantuviesen unos valores estadounidenses enraizados. Pero ese es el papel de un partido genuinamente conservador, antes que radical.

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