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¿Hay un antes y un después de la Presidencia de Obama?

Hay administraciones que transforman radicalmente el juego político en EEUU. Barack Obama aspiraba a que la suya fuera una de esas, y lo ha conseguido

Foto: Barack Obama junto al Papa Francisco durante la visita de este último a Washington, en septiembre de 2015 (Reuters)
Barack Obama junto al Papa Francisco durante la visita de este último a Washington, en septiembre de 2015 (Reuters)

En una entrevista durante la campaña de 2008, Barack Obama explicó que Ronald Reagan había cambiado la trayectoria de América de un modo que no hicieron Richard Nixon y Bill Clinton. Claramente, Obama aspiraba a ser un Presidente transformador como Reagan. En este punto, es justo decir que lo ha logrado. Miren lo que le ha ocurrido durante su ejercicio al país, a su partido y, lo más revelador, a su oposición.

La primera línea en la biografía de Obama tendrá que ver con quién es, el primer Presidente afroamericano. Pero lo que ha hecho también es significativo. Tras el colapso financiero de 2008, Obama trabajó con la Administración saliente de Bush, con el director de la Reserva Federal Ben Bernanke y con miembros de ambos partidos en el Congreso para responder enérgicamente a la crisis en todos los frentes: fiscal, monetario, regulatorio. El resultado es que los EEUU salieron de la Gran Recesión en mejor forma que ninguna otra economía importante.

El principal logro de Obama es la salud pública, donde fue capaz de promulgar una ley que ha conseguido que el 90 por ciento de los estadounidenses tengan ahora un seguro médico. Aunque la ley tiene sus problemas, ha conseguido un objetivo articulado por primera vez por Theodore Roosevelt hace cien años.

Obama aspiraba a ser un Presidente transformador como Ronald Reagan. Es justo decir: lo ha conseguido

Además está la transformación de la política energética de EEUU. La Administración ha hecho inversiones y dado varios incentivos para poner a los EEUU al frente de la emergente revolución energética. Solo un ejemplo: a lo largo del mandato presidencial de Obama, los costes solares se han desplomado en un 70 por ciento, y la generación de energía solar ha crecido un 3000 por ciento.

Finalmente, Obama ha seguido una nueva política exterior, informada por las lecciones de las últimas dos décadas, que limita la implicación de EEUU en el establecimiento del orden político en Oriente Medio, concentrándose en su lugar en el antiterrorismo. Esto ha liberado a la Administración para perseguir nuevos enfoques con países como Irán y Cuba, y para dirigir la atención y los recursos hacia Asia y el Pacífico, que en unos pocos años acogerán a cuatro de las cinco mayores economías del mundo.

Igual que Reagan solidificó la posición ideológica del Partido Republicano –alrededor del mercado libre, el libre comercio, una política exterior expansiva y una visión optimista- Obama ha ayudado a empujar al Partido Demócrata a una mayor disposición a usar el Gobierno para conseguir propósitos públicos. Y su partido ha respondido.

En aquella entrevista de campaña de 2008, Obama señaló que Reagan no quería cambiar el país él solo: se aprovechó de un cambio en el espíritu nacional. Lo mismo podría decirse de América hoy. Años de oleadas de estancamiento, la creciente desigualdad y la crisis financiera han creado una nueva atmósfera política, una a la que Obama ha ayudado a dar forma.

El mayor impacto de su presidencia, sin embargo, se puede ver en su oposición, el Partido Republicano, que está en medio de una ruptura ideológica. Investigado este escenario, Daniel Henninger, el columnista conservador, escribe en “The Wall Street Journal” que Obama “está cerca de destruir a sus enemigos políticos –el Partido Republicano, el movimiento conservador americano, y el legado de políticas públicas de Ronald Reagan”. El éxito de Obama en este sentido, si se le puede llamar así, es pasivo. Ha dejado que sus oponentes se autodestruyeran, y nunca ha forzado la situación.

Desde el primer mes de su presidencia, el Partido Republicano decidió que Obama era un socialista radical al que había que oponerse, sin importar cómo. Obama no entró al trapo, gobernando desde el centro-izquierda. Consideren su primera Administración, que incluía ultra-centristas como Timothy Geithner y Lawrence Summers en política económica; un antiguo general, James Jones, como asesor de Seguridad Nacional; Hillary Clinton como Secretaria de Estado; y un republicano incondicional, Robert Gates, como su Secretario de Defensa.

Mientras Obama mantenía su sangre fría, el Partido Republicano se hundía en políticas identitarias que han provocado su implosión ideológica

No eran solo gestos. Durante las negociaciones presupuestarias Obama hizo una concesión en la reforma de la Seguridad Social mayor que ningún otro demócrata, aceptando reducir el incremento anual automático de beneficios, enfureciendo a las bases demócratas. Los republicanos lo rechazaron, algo de lo que sin duda se arrepentirán, dado que probablemente nunca les será ofrecido de nuevo por los demócratas (ni por los republicanos si gana Donald Trump).

Tal vez incapaces de presentarle como un socialista, tal vez por otras razones, la retórica de muchos Republicanos sobre Obama pronto se volvió personal, con insinuaciones sobre sus orígenes, raza, religión, fe y lealtad hacia el país. De nuevo, Obama evitó responder de forma visceral, demostrando disciplina incluso a medida que su oposición se volvía más salvaje.

Mientras Obama mantenía su sangre fría, el Partido Republicano se hundió aún más en las políticas de la identidad, flirteando con agravios raciales, religiosos y étnicos, y apartándose de sus principios fundamentales de limitar el Gobierno, los mercados libres y el libre comercio. El resultado ha sido una implosión ideológica, y no está claro qué es lo que emergerá de los escombros.

Obama ha sostenido repetidamente que uno de sus principios en política exterior es: “No hagas tonterías”. Parece que funciona también en política nacional.

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